La viajera

La viajera
Sr. García .

De noche, cuando se sienta a cenar, miles deojos la observan desde lo alto. Cada uno deesos ojos tiene un nombre

José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

Lucía está pasando el verano encerrada en casa. A la hora del desayuno viaja todas las mañanas sobre el mantel individual que contiene el mapa del mundo. Da un sorbo al café y cruza el océano Atlántico hasta instalarse unos segundos en la Tierra del Fuego. No le importa cruzar de nuevo el estrecho de Magallanes y perderse a solas por esos caminos solitarios que recorrió un mes de noviembre de hace bastantes años. Luego, en un abrir y cerrar de ojos, vuela a menos de medio metro sobre el nivel del mar y atraviesa la estepa rusa. De pronto, una gota de aceite de la tostada cae sobre el Mar Egeo. Se detiene un instante en Oia y recuerda aquella mañana de primavera que pensó que no le importaría morir en ese lugar. Se asomó a los acantilados y divisó el mar azul brillante, inmenso y silencioso. Ahora bebe zumo de naranja y el vaso deja un cerco en los Estados Unidos. Se fija en Arizona. Vuelve a conducir el Toyota con cambio automático que la llevó por aquellos paisajes plagados de volcanes hasta llegar a Monument Valley. La tierra tenía el mismo color que el zumo de naranja que eclipsa América del Norte. Levanta la mirada y divisa un avión cruzando el cielo. Abajo se encuentra el mapamundi que ella coloca todas las mañanas para desayunar en la terraza y encima de su cabeza se extiende el universo infinito. De noche, cuando se sienta a cenar, miles de ojos la observan desde lo alto. Cada uno de esos ojos tiene un nombre, Lucía los reconoce y pasa lista en voz baja, como si tuviera delante un mantel del firmamento.

Le gusta desayunar en la terraza con el mapa que siempre le acompaña. De pequeña, se cubría de noche con la sábana, desplegaba el Atlas Universal sobre la cama, alumbraba los países con una linterna y viajaba a solas como sigue haciendo todos los días. Desde entonces sabe que los viajes estimulan la imaginación. Existe un mundo misterioso que ella ha ido descubriendo a medida que los nombres del mapa mudo iban desvelando su identidad. Esboza una sonrisa cómplice al cruzar la mirada con Vietnam. Los viajes siempre le hacen feliz. Al terminar, se seca los labios. Recoge el plato, el vaso, la taza. Los objetos monumentales del desayuno. Luego limpia el mundo doméstico que se ha quedado vacío. Un mundo de colores sin fronteras que guarda en el mismo sitio todas las mañanas. Después va de un lado a otro de la casa pensando en sus cosas. Abre las puertas de las habitaciones como si estuviera explorando las tierras vírgenes del porvenir. Hasta que llega a su destino. Lucía dice que los buenos viajeros, por muy lejos que vayan, siempre se sienten en casa.

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