Tremendo Sacristán

El actor conmueve al Cervantes en su homenaje a Delibes con la adaptación de 'Señora de rojo sobre fondo gris'

José Sacristán, ayer en el Cervantes. /Ñito Salas
José Sacristán, ayer en el Cervantes. / Ñito Salas
Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

Solo él en escena. Solo su voz. Sin música, sin elenco, sin una escenografía efectista. Sacristán sin más. Pero el de Chinchón tiene el don de los grandes: él se basta y se sobra para llenar durante una hora y veinte minutos un escenario como el Cervantes y trasladar al público, sin apenas moverse, imágenes desgarradamente bellas de una vida que se apaga. Es mérito propio, sí, pero José Sacristán cuenta aquí con una ayuda inestimable: las palabras de Delibes. El actor protagoniza con un intenso, hermoso y doloroso monólogo la adaptación teatral de la novela 'Señora de rojo sobre fondo gris' del autor vallisoletano.

A los 81 años uno no se embarca en una empresa así sin una fuerte motivación detrás. Sacristán rinde de esta forma un sentido homenaje al «maestro y amigo» Delibes y a su mujer Ángeles de Castro, fallecida prematuramente. A ambos dedicó con emoción la larga y fuerte ovación con la que el Cervantes en pie le despidió anoche, en la primera de las dos funciones programadas en el 36 Festival de Teatro de Málaga.

Desde que hizo una lectura dramatizada de la obra, aún en vida del escritor, Sacristán había querido llevarla al teatro, y por el camino convenció a José Sámano. El actor hace suyo con una convicción aplastante un texto en el que Delibes volcó la inmensa pena por la repentina muerte de su esposa a mediados de los años 70. Cambió los roles –el protagonista en su escrito es un pintor al que se le va su mayor fuente de inspiración– pero los sentimientos son los mismos.

Hace suyo con una convicción aplastante el hermoso y desgarrador monólogo con el que el escritor retrató la enfermedad y muerte de su esposa

A lo largo de más de una hora, el espectador acompaña a Sacristán en todas las fases de un duelo: la incredulidad ante la enfermedad, la culpa por lo no dicho, la aceptación de la realidad, la nostalgia de otros tiempos. En ese divagar por lo más hondo del ser humano, los recuerdos de una existencia feliz se cortan de cuajo por la amenaza de la muerte. Y la sonrisa que provoca revivir determinadas situaciones cotidianas se congela cuando la mente de ese hombre derrotado vuelve a la habitación de la clínica. El actor pasa de un estado a otro sin más elementos que la personalidad de su voz, que imposta al reproducir diálogos, que quiebra cuando la tristeza asoma y que eleva cuando el momento lo requiere. Eso y la luz, que se cuela en esta obra como un elemento dramático más.

Ella es la gran protagonista ausente, una mujer «que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir». Una de las muchas frases sublimes que se deslizan en este texto, que devuelve a la memoria la capacidad de Delibes de construir con palabras imágenes de detalles tan nimios como el pasar de unas páginas del periódico o el andar de un individuo. Su lenguaje lúcido y certero aporta solemnidad al duro trance y consigue transformar el drama de la muerte en una celebración de la vida, del tiempo compartido juntos, de la alegría ante la adversidad, de la felicidad incluso en los silencios... Un silencio que ayer se rompía una y otra vez por el recital de toses tan propio de esta época. Si al actor le desconcentraba –como le sucedía a parte del público–, no se le notaba. Hasta para eso es tremendo Sacristán.