El año del terremoto

El año del terremoto
Sr. García .

No temblaba por culpa del metro, ni por los movimientos sísmicos, sino por la perversa voluntad de los seres inhumanos

José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

María me cuenta que tenía cuatro o cinco años cuando un adivino anunció en televisión que al año siguiente iba a producirse un terremoto de gran magnitud. No recuerda exactamente la fecha, cree que fue por Navidad. Su padre se lo tomó a risa y afirmó que nunca se había fiado de los agoreros que presagiaban desgracias para desviar la atención de los espectadores. Aquella noche, cuando la madre fue a su dormitorio para arroparla, María le preguntó qué era un terremoto. Cuando la Tierra tiembla, respondió escuetamente la madre. Dicho esto, apagó la luz y se fue a dormir. María confiesa que sintió un escalofrío. Al quedarse sola en la oscuridad vio temblar las aceras, los edificios, los puentes, los pájaros, los árboles y las personas. Tembló en la cama de miedo más que de frío al imaginar el terremoto acercarse a la ciudad, atravesarla de un extremo a otro hasta llegar a la casa donde vivían, entrar en silencio y abrir de golpe la puerta de su cuarto. Me pasé un año esperando el terremoto, dice, hasta que finalmente lo olvidé. A veces notaba un pequeño temblor, pero la madre la tranquilizaba echando la culpa al metro que transcurría como un gusano bajo la superficie de la tierra. Ella no sabía lo que era el metro, no había visto ninguno. Entonces no había metro en la ciudad. Y aun suponiendo que lo hubiera, ¿cómo iba a pasar por en medio del campo donde estaba la casa? Nunca comprendió el motivo que llevó a su madre a inventar tal historia. María sospecha que inventó esta mentira para quitarle el miedo sin ser consciente de que sus palabras iban a provocar el efecto contrario. Por las noches, le costaba conciliar el sueño. Imaginaba el gusano de hierro atravesando largos túneles con el fantasma del terremoto dormitando en cualquiera de los vagones hasta detenerse justo debajo de su cama. Un fantasma que amenazaba con destrozar la ciudad igual que había hecho en otros lugares. Lo supo una tarde que vio la película San Francisco en televisión y descubrió las consecuencias del terremoto.

La casa de los padres se hallaba en la ladera de una montaña a las afueras de la ciudad. Había una roca blanca que siempre permaneció quieta en el mismo sitio, aguantando la lluvia y el viento. María pasaba largos ratos con ella, le confiaba sus secretos y sabía que la protegería cuando llegase el terremoto. La roca no iba a temblar ante nada ni ante nadie.

A partir de aquel año, María comenzó a visualizar acontecimientos futuros como el adivino de la televisión. Pero su actitud era radicalmente opuesta a la del agorero que únicamente anunciaba fatalidades. Ella vaticinaba el número del Gordo de la lotería de Navidad, los plenos de las quinielas, las primeras gotas de lluvia tras meses de sequía. Era una niña inocente que profetizaba un porvenir optimista. Hasta que tiempo después, cuando la infancia era un lejano recuerdo, vio temblar la Tierra en innumerables ocasiones. No temblaba por culpa del metro, ni por los débiles movimientos sísmicos que ocasionalmente se producían en latitudes cercanas, sino por la perversa y malvada voluntad de los seres inhumanos. Todavía hoy, al ver las noticias, le entran ganas de hacer preguntas como cuando tenía cuatro o cinco años. Pero no conoce a nadie que ofrezca respuestas razonables. ¿Acaso alguien sabe por qué el mundo tiembla con todos nosotros dentro? ¿Por qué se destruyen ciudades? ¿Por qué nos seguimos dejando convencer por los agoreros que a diario salen en televisión anunciando grandes terremotos? ¿Cuándo vamos a desenmascarar a los tahúres que sólo buscan atemorizarnos con mentiras y amenazas? A veces, María recorre la distancia que hay entre la casa de sus padres y el presente. Abraza la roca que persiste en el mismo lugar de siempre; noble, fuerte, incorruptible. Cierra los ojos y siente palpitar el corazón de la Tierra.