Sonámbulo

No sabía lo que iba a durar esa agradable sensación, pero tenía que agradecer el milagro de resucitar todos los días

Sonámbulo
Sr. García .
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .Ilustración

Gabriel se levantó sonámbulo, salió desnudo a la calle y despertó en comisaría. No llevaba encima la documentación, ni las llaves de casa, ni siquiera el pijama. Los agentes le habían echado una especie de manta por encima igual que las que cubren los cuerpos de los accidentados en las carreteras. Gabriel no recordaba lo que estaba soñando cuando se incorporó de la cama ni tenía la menor idea de cómo había llegado a comisaría, probablemente lo detuvieron en plena calle y lo condujeron en el vehículo policial en silencio, sin hacer sonar la sirena, para no causarle un susto de muerte.

A las seis y cuarto de la mañana despertó en una habitación extraña y un hombre uniformado le dio los buenos días con tono irónico e inmediatamente después le preguntó su nombre y dirección. Luego dijo que si quería llamar por teléfono a alguien para que le trajera algo de ropa que ponerse. Gabriel llamó a la única persona que tenía una copia de las llaves de su casa y le contó lo que había ocurrido. Unos veinte minutos más tarde llegó Victoria con una bolsa de deporte en la que llevaba los zapatos y las prendas de vestir. No pudo evitar una sonrisa al verlo sentado con una capa plateada sobre los hombros que le hizo recordar a Michael Jackson. El primer comentario de Victoria fue para recriminarle que se había dejado la puerta del piso abierta. Luego sacó del bolso la cartera de Gabriel con varias tarjetas, cuarentaicinco euros y el carné de identidad. También había cogido su teléfono móvil. Gabriel se retiró al cuarto de baño y mientras se vestía pensó que aquella era la primera vez que pasaba la noche en la comisaría con la sensación de estar alojado en una casa de huéspedes. El policía consultó la identidad de Gabriel en el ordenador y antes de dejarlo marchar señaló que había tenido suerte de no haber sufrido ningún percance. Le aconsejó que tomara alguna medida preventiva para no volver a pasar de nuevo por ese bochornoso trance y correr el peligro de ser acusado de exhibicionismo. Gabriel le dio las gracias y dejó el disfraz de Michael Jackson doblado sobre el respaldo de la silla.

Al salir del edificio la brisa fresca de la mañana le hizo evocar una antigua sensación de libertad que el paso del tiempo había conseguido borrar de la memoria. Entonces fue consciente de que aquella experiencia sólo había sido una pesadilla, nada más, ahora estaba despierto y el mundo seguía dando vueltas. Era un hombre vivo y feliz. No sabía lo que iba a durar esa agradable sensación, pero tenía que agradecer el milagro de resucitar todos los días.