Pinchazos

Pinchazos
Ilustración: Sr. García

Ester y yo estuvimos hablando de nosotros como si fuéramos máquinas

José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

Ayer me encontré con Ester en una calle escondida por la que ni ella ni yo habíamos pasado nunca. Una doble casualidad si tenemos en cuenta que los dos habíamos dejado el coche en el mismo taller para reparar sendos pinchazos. Ester dijo, con una sonrisa irónica, que últimamente tenía la sensación de haber perdido un tornillo de la cabeza y resulta que, de pronto, apareció clavado en la rueda del coche. Yo desconocía el motivo del pinchazo. «Cualquier traspié, supongo», argumenté. No recordaba la última vez que me había pasado algo igual, ella sí. «Fue el día que me entregaron el coche, nada más salir del concesionario una rueda trasera hizo ¡puf! y comenzó a perder aire. Lo llevé de vuelta a su casa». A menudo suceden pequeños problemas imprevisibles que nos dejan descolocados. Un pinchazo es una tontería, las cometemos a diario. Nada ni nadie es perfecto, ni siquiera los automóviles alemanes.

Ester y yo estuvimos hablando de nosotros como si fuéramos máquinas. Ella domina mil veces mejor que yo esta jerga profesional, además adora las herramientas. Se siente en el paraíso cada vez que entra en una ferretería. En alguna ocasión hemos ido juntos a comprar objetos cuyos nombres evocan monstruos antediluvianos y he visto su cara de felicidad al encontrar justo lo que buscaba, como si fuera la pieza exacta que repara y da vida al objeto artístico. El arte cotidiano. Ayer le dije que mi juego favorito de niño era el mecano, y ella respondió que el suyo también. Le agradaba encajar piezas y construir ciudades. A los dos nos sigue atrayendo este juego, aunque de manera distinta. Yo me dedico a construir ciudades de fantasía. Ester considera que la ciudad es una gran obra en construcción. «Hay ciudades cuyas calles están pavimentadas con cultura», dijo ayer mientras el mecánico terminaba de echar aire a la última rueda.

Aunque los pinchazos se arreglaron en pocos minutos, dejamos los coches en el taller y fuimos a tomar cerveza en un bar con nombre de vehículo de lujo: MERCEDES. Nos pusimos a hablar del estado en el que actualmente se encuentran algunos amigos comunes y sus parejas. No nos habíamos propuesto convertir las relaciones personales de los otros en vehículos a motor, pero sin darnos cuenta empezamos a comentar que a uno le fallaba el sistema de freno y que a otro le faltaba la seguridad que ofrece el airbag, que si a tal se le habían fundido las bombillas y que si a cual le fallaban los soportes. Reconocimos con nostalgia el inexpugnable paso del tiempo que produce la corrosión de la carrocería y los filtros de partículas que provocan graves enfermedades en la sala de máquinas de nuestros cuerpos. Ester insistió en el peligro de las fugas en la dirección asistida y el tubo de escape que contiene ciertos gases tóxicos capaces de aniquilarnos. La mecánica de la vida no es una tarea fácil. Llegados a cierta edad la ITV se hace imprescindible. Hay demasiada gente que ha perdido el sentido y no reúne las condiciones técnicas necesarias para circular por la rutina diaria.

Pedimos otras dos cervezas. Me pregunté en voz alta cuántos pinchazos habíamos sufrido desde que tenemos uso de razón y carné de identidad. «Quizá no tantos», contestó ella, y se quedó pensando como si pasara revista a la tropa de incidentes a los que había ido plantando cara a lo largo de los años. Luego mencionamos los coches que habíamos tenido como si fueran parejas. De repente, cambiaba la cara de la persona que iba sentada a nuestro lado. Los dos buscábamos, incluso sin darnos cuenta, la compañía perfecta para emprender el viaje. Hay coches que duran toda una vida y otros que nos da pena abandonarlos aunque ya no funcionen. Hasta ayer, nunca antes había imaginado lo que dan de sí dos pinchazos, un encuentro, la rueda del azar.