Wendy Guerra: «Sigo viviendo en Cuba porque es un acto de rebeldía»

Wendy Guerra, en su última visita a Málaga en 2011. /:: c. moret
Wendy Guerra, en su última visita a Málaga en 2011. / :: c. moret

La autora de 'El mercenario que coleccionaba obras de arte', que mañana se asoma a La Noche de los Libros, reclama su lugar en la isla, pese a que su obra está prohibida en su país natal

Francisco Griñán
FRANCISCO GRIÑÁNMálaga

La obra de Wendy Guerra (La Habana, 1970) no se entiende sin Cuba. Y tampoco sin su propia biografía tamizada por la mirada de dentro afuera de la autoficción. Razones más que poderosas para que esta escritora latinoamericana se resista a abandonar la isla, pese a que la oficialidad del régimen se empeñe en ser padrastro con su hija pródiga. Traducida en trece países y premiada allá donde se lee 'Domingo de Revolución', 'Nunca fui primera dama' o 'Todos se van', esta poeta y novelista tiene vetadas las imprentas y las librerías de su propio país natal. Pese a ello, Guerra renuncia a tomar el camino de salida que le señalan y resiste desde dentro el desdén público que ya se ha convertido en difamación. «Sigo viviendo donde nací porque es un acto de rebeldía», explica esta mujer criada en la revolución que mañana será uno de los grandes atractivos de La Noche de los Libros, que se celebra en la Térmica.

Su isla –«Cuba es de todos», acota sin querer apropiarse de lo que otros sí consideran suyo– no faltará tampoco al encuentro mañana con los lectores en Málaga, a los que también hablará de su último libro, 'El mercenario que coleccionaba obras de arte'. Aunque en esta conversación con SUR no tarda en aparecer su país. «La Cuba en la que vivo hace chistes con la miseria como método de resistencia», afirma Wendy Guerra que no oculta la situación límite a la que han vuelto sus compatriotas tras la radicalización mutua de la política con EE UU.

La escritora cubana trabaja en un proyecto con el cineasta Alejandro González Iñárritu del que no puede revelar detalles

A ello se une el aislamiento que sufre de manera personal y que en los últimos tiempos se ha convertido en descrédito e insulto. «Se ha desarrollado un sofisticado método que consiste en mandar jóvenes, muchos de ellos blogueros para que hablen mal de ti y de tu literatura», explica Guerra, que asegura que las «vejaciones» alcanzan además un alto contenido machista. «A Cuba no ha llegado el #MeToo por desgracia y se pasan la vida mortificándote con el único propósito de hacerse un nombre y conseguir un nicho político en la isla», lamenta la escritora, que añade que esas críticas no se centran en los libros, sino en la vida privada con lo que supone de coste personal.

Una situación que le ha llevado a Wendy Guerra a una especie de exilio interior para no renunciar a sus raíces. «Viajo mucho, hasta tres veces al mes, pero tengo mi casa en Cuba porque amo la comida, los olores, la forma de vivir y el sexo», afirma esta guerrera de apellido y vocación que no obstante reconoce que también es humana: «¿Cuánto tiempo más? No sé cuanto voy a aguantar».

La línea que separa la izquierda de la derecha

Alumna aventajada de García Márquez –«Fue un regalo que me dio la vida y la persona que cambió la literatura latinoamericana», asegura con vehemencia contagiosa–, la prosa de Wendy Guerra bebe de la poesía y viceversa, aunque por el camino también se encuentra una guionista que siempre tiene puesto el ojo en el mundo audiovisual. De hecho, la escritora trabaja en estos momentos en un proyecto con Alejandro González Iñárritu para HBO, del que no puede hablar por las cláusulas de confidencialidad de este tipo de grandes producciones. «No te lo puedo negar, pero tampoco puedo contestar», se disculpa la autora.

De lo que sí puede hablar es de 'El mercenario que coleccionaba obras de arte' (Anagrama), una obra en la que hay autoficción, aunque de la que «se roba a los amigos y vecinos». En este caso, Wendy Guerra indaga en la vida de un personaje real, que en la novela toma el nombre de Falcón, un mercenario ligado a las contras y las revoluciones en el siglo pasado que acaba en su etapa final trabajando para el lado opuesto, la CIA. «Todos somos humanos y al final hay una pérdida de la línea que separa lo bueno de lo mano, la izquierda de la derecha, lo simple de lo complicado, la estructura de lo díscolo y este libro habla de esa pérdida», relata la escritora, que reconoce que la investigación y escritura de esta novela ha sido «dolorosa» porque «he tenido que reconciliarme con la figura del protagonista, pero también con sus contrarios». Un mundo bipolar que hoy día ha derivado hacia «los extremos que representan Trump y Maduro». «Sigue estando vigente», se lamenta.