La tradición como rebeldía

La tradición como rebeldía

Con ocho años aprendió que las palabras «podían funcionar de otra manera» y a los quince ya sabía que quería dedicarse a la escritura, un oficio que Aurora Luque cultiva uniendo pasado y presente con hilo mitológico, convencida de que la poesía «cambia el mundo de forma subterránea»

ALBERTO GÓMEZ

A menudo la poesía acude «como una oración». Por eso Aurora Luque (Almería, 1962) se emociona cuando su madre, enferma de Alzheimer, recita a Machado de corrido pese a su memoria herida: «Campo, campo, campo. / Entre los olivos, / los cortijos blancos». Destinada a heredar la farmacia familiar, a la pequeña Aurora, que pasó su infancia en el municipio granadino de Cádiar, en plena Alpujarra, le interesaban más los clásicos griegos que las fórmulas magistrales. Con ocho años, durante la lectura de 'Platero y yo', aprendió que las palabras «podían funcionar de otra manera». Devoró aquel libro una y otra vez «hasta que me dio vergüenza que pudieran pensar que estaba loca, así que empecé a releerlo a escondidas». Poco después, a los quince, ya sabía que quería dedicarse a la escritura, una vocación respaldada en casa «aunque no había antecedentes y era una decisión arriesgada».

Tras estudiar Filología Clásica, obtuvo plaza como profesora en Álora antes de instalarse definitivamente en Málaga, una ciudad que la atrapó «porque era abierta y refrescante, con gente de todos los países y sin los clanes literarios que había en otras capitales». Publicó su primer libro, 'Hiperiónida', en 1982, ya con referencias a Juan Ramón Jiménez o Cernuda pero también a Hölderlin, aunque no fue hasta 'Problemas de viaje', editado en 1990, cuando desplegó algunas de las obsesiones que acabarían marcando su obra: el deseo, el erotismo, el tiempo, el mar y la propia poesía. «Fluir en la corriente sagrada de los versos / de una noche a otra noche / y ser atropellada, ser mordida / por la negra belleza que estalla en las palabras», escribe en 'Del descifrar'.

Ya entonces recurre a la crítica tamizada por la ironía («Perfumada de Armani / la nada es altamente soportable») que exprimiría al máximo en el más reciente 'Personal & político' y deja asomar la columna vertebral de su escritura: Grecia, siempre Grecia. En 'Carpe noctem' reconoce que el país heleno se ha convertido para ella en una droga de la que «dependo de por vida». A diferencia de otros autores, Luque no recurre a los dioses y mitos clásicos para adorarlos, sino para dar testimonio del hueco que tienen entre lo cotidiano: «Contiene la mordaza, ya suelta, de Pandora, / venenos para dar a las palabras / que usurparon el trono tantos siglos, / ese brillo del no, / el cinismo de Hermes».

'Transitoria' y 'Camaradas de Ícaro' confirman a la poeta andaluza como una de las voces más sugerentes de su generación, rebelada ya contra la robotización de la vida: «Os pido, dioses, / sólo sueños portátiles, menudos / cinta para medir el horizonte / y días que no engañen desde lejos». La muerte de su padre, en 2007, supone un zarpazo inesperado al que planta cara con música de Rossini y versos de Manrique, convencida de que la poesía «es un sustituto de la religión». Un año después, coincidiendo con el lanzamiento del premiado 'La siesta de Epicuro', aceptó el cargo de directora del Centro Cultural del 27, una experiencia con luces («Nunca olvidaré cuando conseguimos traer a Ana María Matute») y sombras: «Sé que cobré menos que mis colegas hombres, aunque tampoco presioné. Me pareció un buen sueldo recibir lo mismo que cobraba como profesora».

Poesía «subversiva»

Luque alterna la gestión pública, tarea que finaliza en 2011, con la poesía, la traducción y el rescate de autoras cuyas obras han quedado sepultadas bajo la desmemoria y el machismo, como Isabel Oyarzábal o María Rosa de Gálvez. El pluriempleo agravó la grieta abierta años antes: «La sociedad nos encarrila y falta silencio para preguntarnos qué queremos hacer con nuestra vida. La poesía también ayuda a hacernos preguntas, por eso genera desconfianza. Es subversiva, cambia el mundo de forma subterránea». Esa reivindicación cobra fuerza en su obra: «Los días venideros no llegaron. / Se agotaron, fulgentes, en los brindis. / Lo por venir ya estaba caducado / a la hora de soñar».

El cáncer y la muerte de su marido agitan su mundo como nunca antes. Luque se resiste a ceder más terreno a la oscuridad: «No he querido dejarme arrastrar por la tristeza, entregarme al dolor». Se aferra entonces a la náutica, sacándose el título de patrón de embarcación de recreo, y al teatro, una pasión recién descubierta, además de intensificar su trabajo como traductora. Pero no regresa a la enseñanza, una etapa que considera cerrada: «A veces tratamos a los jóvenes como tontos, les echamos las cosas trituradas, cuando en realidad tienen la inteligencia intacta. He estado treinta años dando clase, creo que ha sido suficiente, y traducir es otra forma de enseñar». 'Los dados de Eros', antología de poesía erótica griega lanzada con Hiperión, forma parte de los planes de estudio universitarios.

Segura de que la poesía «no es digerible por el mercado, por eso las editoriales han inventado poemas 'best-seller' de sentimentalismo profuso, sin exigencia verbal ni rigor», Luque continúa explorando nuevas disciplinas sin desatender el eco de la tradición griega, cosiendo pasado y presente con hilo mitológico.

AURORA LUQUE

Lesbia hoy

A vivir y a gozar, que son dos días
y uno sale nublado, mi Catulo.
Pasemos del acoso de chismólogos:
sus ladridos no valen medio euro.
Se enciende cada día el espectáculo.
Nuestros focos, en cambio, firman breves
contratos con la luz. Y luego llega
el apagón molesto de la muerte.
Dame mil besos, hazme mil caricias,
te haré luego otras mil, y luego ciento,
dame un millón de besos, luego otro,
diez mil abrazos, mil noches enteras.
Que sean tantos que a los paparazzi
les revienten las cámaras de fotos.

Tocarse la calavera

Ven a jugar al juego de encontrar
tu propia calavera.
Si miras tercamente en un espejo
el centro de tus ojos
—sin parpadeos: hablo de minutos—
los músculos, la piel, los rasgos cotidianos
acaban por volverse translúcidos y tenues.
Te juro que tus huesos se asoman descarnados
a esa imagen que tiembla, siniestra, frente a ti.

Ya sabes el aspecto que tendrás.
Juguemos a otra cosa.

Variación sobre un tema muy antiguo

Muerta quisiera estar cuando ya no me importen
el sabor de los vinos conversados, la lasitud que sigue
al fervor de un abrazo, las diferentes túnicas azules
que va estrenando el mar;
cuando deje de amar a las palabras
como esas diminutas criaturas sorprendentes
y danzantes que son;
cuando olvide los dones de una risa
filósofa y burlona
o el olor de una higuera goteante de mieles;
cuando se hayan gastado las ganas de pisar
las olas del verano.
Cuando pierda memorias y deje de saber
que eran fardos envueltos de un tesoro.

El antiguo decía que los dioses
hicieron la vejez así de dura.
Muerta quisiera estar
cuando ya no me importen estas cosas.

Los días venideros

Los días venideros no llegaron.
Se agotaron, fulgentes, en los brindis.
Lo por venir ya estaba caducado
a la hora de soñar.
Os pido, dioses,
sólo sueños portátiles, menudos,
cinta para medir el horizonte,
y días que no engañen, desde lejos,
como veleros gráciles
cargados de ataúdes.

Selfie de Nochevieja

¿Te has sentado alguna vez a pensar…?
(Life’ s a funny proposition,
banda sonora de Boardwalk Empire)

-Sí, me senté una noche
en una silla aparte, un poco retirada
del fragor de la fiesta
y me puse a pensar en su carácter
retorcido y simpático. Qué jocosa es la vida,
qué chistes negros cuenta en horas grises,
con qué finas maneras corruptas te extorsiona,
con qué celestineos casi imperceptibles,
con qué piraterías
camufladas en altas elocuencias.
Y le miré esa mueca pícara de quien ríe
con desprecio elegante
y oí la carcajada de los coros
cuando le da en tender zancadillas sutiles
y te deja, ridícula, caer
sobre lo más rasposo del asfalto.

La noche se hizo vieja
y la vida se fue, dando brincos obscenos,
a reír a otra parte.