Carmen Conde, la pionera atormentada

Carmen Conde, la pionera atormentada

Hace 40 años, cuando las mujeres «sólo podíamos ser reinas o putas», se convirtió en la primera académica de la RAE, un icono del feminismo y la resistencia: «Vinieron hambrientos y se fueron con hambre»

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Ocurrió hace ahora cuarenta años. Entre aplausos, Carmen Conde subió al estrado del salón de sesiones y se acercó al micrófono para lanzar un razonado reproche a las decenas de escritores encorbatados y autoridades que abarrotaban la Real Academia Española: «Vuestra noble decisión pone fin a tan injusta como vetusta discriminación». Acababa de convertirse en la primera mujer que ingresaba en la institución lingüística, donde ni siquiera había baño para ellas: «Pues tendrán que hacer uno». Horas antes, saboreando la victoria, había declarado: «Ya no son los días en que Concepción Arenal decía que la mujer sólo podía ser estanquera, reina o puta. Ahora también podemos ser académicas». Aquel hito ha ensombrecido su vasta obra poética y su labor como fundadora de la Universidad Popular de Cartagena, donde nació en 1907, pero Conde fue mucho más que la ocupante del sillón K, vacante por la muerte de Miguel Mihura.

El acceso de las mujeres a la RAE, entonces presidida por Dámaso Alonso, cayó como un jarro de agua helada sobre la testosterona de algunos colegas. «Habrá problemas. Por ejemplo, no sé de qué irán vestidas», vaticinó uno de los académicos al periódico El País. Conde no se achantaba: «Lo consultaré con los modistos. Lo que sí es seguro es que no pienso llevar frac, ni tampoco espadín». La poeta murciana estaba acostumbrada a lidiar con el machismo, que esperó de ella sumisión pero obtuvo versos inyectados por el justo veneno de un feminismo incipiente: «¡Oh, mi alma suave y sometida, / dulce fiera encerrándose en mi cuerpo! / Rayos, gritos, helor, y hasta personas / acuciándola a salir. Y ella, oscura».

Las contradicciones azotaron pronto su mundo interior. Profundamente religiosa, Conde acudía a misa con la misma diligencia con que escondía pasiones bajo la alfombra. Convivió durante décadas con Amanda Junquera, esposa de un catedrático franquista, después de que ambas enviudaran. Siempre negó que aquella relación traspasara la amistad, aunque el biógrafo José Luis Ferris, como otros investigadores, tienen claro que entre ellas hubo una historia de amor que desató en la poeta «una lucha íntima que hubo de librar hasta el final de sus días». Conde se había casado en 1931 con el escritor Antonio Oliver. Tuvieron una hija que nació muerta, un zarpazo del que nunca se recuperaron: «Declaro que se ha muerto y que su tumba / está dentro de mí; soy su mortaja». Años después se dieron de bruces con el inicio de la Guerra Civil, que los separó. Por entonces Conde ya había publicado títulos como 'Júbilos', prologado por Gabriela Mistral, que ganaría el Premio Nobel años después.

Formó parte de la Asociación de Mujeres Antifascistas y del inspirador Lyceum, donde se daban cita Las Sinsombrero, como eran conocidas las autoras del 27 por iniciativa de Maruja Mallo, que explicaba así el origen del apodo: «Todo el mundo llevaba sombrero, era algo así como un pronóstico de diferencia social, pero nos pareció que estábamos congestionando las ideas y nos los quitamos. Nos apedrearon, llamándonos de todo». Tras la victoria franquista, Conde decidió quedarse en España, algo que siempre consideró un acto de resistencia frente a la tentación del exilio. Vivió prácticamente escondida durante años, primero en casa de Amanda y después, con ella, en El Escorial. Publicó algunas obras con seudónimos y alcanzó su cima poética con 'Mujer sin Edén'. Antes había escrito, en referencia a su reclusión: «Años cuarenta aquí, debajo de tu olvido. / Nadie comió de mí, / nadie tomó mi sombra... / Vinieron hambrientos y se fueron con hambre».

Casa de Aleixandre

Acabó instalada, junto a Junquera, en casa de Vicente Aleixandre, esa mítica vivienda familiar de calle Velintonia que había servido como guarida y bar para poetas como Lorca o Cernuda. Su poesía había evolucionado, como ella, desde los versos sometidos de 'Brocal' («Yo no te pregunto a dónde me llevas. / Ni por qué. / Ni para qué. / ¿Tú quieres caminar? Pues yo te sigo») hasta la rotundidad de sus últimos libros, como 'Desde nunca': «Ávida es la trampa que el cuerpo aprisiona, / delirantísima trampa que todo lo consume. / Ay, si le dijeran que su libertad huiría, / a veces voluntaria y siempre fatalmente». La muerte de Amanda, en 1987, marcó el inicio de su propio ocaso y la sumió en una tristeza irreversible. Enferma de Alzheimer, Conde murió en una residencia madrileña en 1996.

Décadas antes, durante su discurso de ingreso en la RAE, la poeta recordó a «nuestras grandes escritoras desaparecidas, a quienes nunca se les concedió este puesto», como María Moliner, Concepción Arenal o Emilia Pardo Bazán. Al acto acudieron autoras como Carmen Martín Gaite o Ernestina de Champourcín, con quien a finales de los años veinte había mantenido una intensa relación epistolar. Todas ellas creyeron estar ajustando cuentas con la historia, amortiguando su golpe machista. Y lo hicieron, aunque el camino esté siendo más largo de lo que seguramente imaginaban: por los sillones añosos de la Academia sólo han pasado once mujeres frente a más de 470 hombres.

Carmen Conde

En la tierra de nadie

En la tierra de nadie, sobre el polvo
que pisan los que van y los que vienen,
he plantado mi tienda sin amparo
y contemplo si van como si vuelven.

Unos dicen que soy de los que van,
aunque estoy descansando del camino.
Otros «saben» que vuelvo, aunque me calle;
y mi ruta más cierta yo no digo.

Intenté demostrar que a donde voy
es a mí, sólo a mí, para tenerme.
Y sonríen al oír, porque ellos todos
son la gente que va, pero que vuelve.

Escuchadme una vez: ya no me importan
los caminos de aquí, que tanto valen.
Porque anduve una vez, ya me he parado
para ahincarme en la tierra que es de nadie.

Parto de la muerte otra

Para nacerte otra vez,
quiero que vayas delante
de mis pasos por la tierra,
que, aunque pequeña, es muy grande.

Aquí estás acompañada
con mi presencia diaria,
pero huérfana de ti
yo sería, si quedaras.

Por esto quiero que andes,
pasito a pasito paso,
delante y siempre delante,
sin prisas y sin descanso.

Así, cuando yo me asome
al otro lado de aquí,
estarás tú preparada
para volverme a parir.

¿Qué fue lo de vivir con tal empeño...

¿Qué fue lo de vivir con tal empeño
de hallar el cumplimiento más rendido;
qué fue aquel mantener tenaz del sueño
mejor y más veraz que lo vivido?

Renuncio a mi presencia indiferente
en este mundo hostil, y tan ajeno,
que ignora —y lo comprendo— el accidente
de seres que no son acierto pleno.

Me iré sin que vosotros, los que andáis
costado a mi costado, retengáis
el soplo desigual de mi andadura.

Y aquí se quedará lo que al futuro
dirá que estuve aquí, con un seguro
destino de pobreza y de amargura.

Dominio

Necesito tener el alma mansa
como una triste fiera dominada,
complacerle con púas la tersura
de su piel deslumbrada en mansedumbre.

Es preciso domarla, que su fiebre
no me tiemble en la sangre ni un minuto.
Que la aneguen los fuegos del aceite
más espeso de horror, y que resista.

¡Oh, mi alma suave y sometida,
dulce fiera encerrándose en mi cuerpo!
Rayos, gritos, helor, y hasta personas
acuciándola a salir. Y ella, oscura.

Yo te pido, amor, que me permitas
acabar con mi tigre encarcelado.
Para darte (y librarme de esta furia),
una quieta fragancia inmarchitable.