Sylvia Plath: la muerte le sienta tan bien

Sylvia Plath: la muerte le sienta tan bien

Arrastró demonios desde niña, pero la poeta estadounidense, elevada a mito tras su suicidio, construyó una obra personal y poderosa, capaz de desafiar el puritanismo del sueño americano

ALBERTO GÓMEZ

Era febrero de 1963. Sylvia Plath arropó a sus dos hijos y les dejó el desayuno junto a la cama antes de taponar la puerta de la habitación donde dormían. Ya en la cocina, abrió el gas y metió la cabeza en el horno. Había organizado su suicidio al modo en que escribía poemas, entre el arrebato y el cuidado por los detalles. Aquella muerte contribuyó a su fama mundial, pero también arrinconó su obra «en beneficio de los hurgadores de miserias en sensibilidades enfermizas», como escribió Ana María Moix. La autora de 'Ariel' llega a nuestros días convertida en mito, reivindicada de forma póstuma por el feminismo. Plath fue capaz de desafiar el sueño americano, ampliando las estrecheces de todo un país. Escupió su propio dolor en poemas personales y delicados y colocó un espejo frente a los sectores más puritanos para retratarlos. Incomodó escribiendo sobre maternidad y salud mental, sobre la inestabilidad y la pena. Priorizó la honestidad en un universo, el cultural, repleto de imposturas.

La muerte de su padre, cuando ella tenía nueve años, marcó el resto de su vida. Otto Plath, entomólogo, experto en insectos, era diabético. Una herida mal curada, derivada en gangrena, dejó en su hija un poso de tristeza y rabia del que jamás se libró: «Quizás te consideres un oráculo, / portavoz de los muertos o algún dios. / Yo llevo treinta años esforzándome / por limpiar de fango tu garganta / y no he aprendido nada». En 'Para un hijo sin padre', la poeta norteamericana advirtió sobre el desamparo: «Muy pronto notarás una ausencia / creciendo a tu lado, como un árbol». Pero es en 'Daddy' ('Papi') cuando se abrió en canal: «Yo tenía diez años cuando te enterraron. / A los veinte intenté suicidarme. / Para volver, volver a ti. / Creía que hasta los huesos lo harían».

Era una alumna brillante. Acumuló becas, éxitos académicos y premios literarios, pero cuando apenas superaba los veinte años sufrió una crisis nerviosa que culminó con su primer intento de suicidio y un tratamiento durísimo con electrochoques en un centro psiquiátrico. Fueron meses difíciles, pero Plath, exigente y orgullosa, hizo de su recuperación un reto. Salió del pozo y terminó la Universidad con honores tras escribir una tesis sobre el uso del doble en la obra de Dostoievski. Fue becada para estudiar en Cambridge. Allí, en una fiesta, conoció a Ted Hughes, también poeta. Le fascinó. Comenzaron una relación tormentosa que supuso el principio del final para Plath.

La autora de 'El coloso' desarrolló pronto una peligrosa dependencia emocional de Hughes, con quien se casó en 1956. De vuelta a Estados Unidos, en el campus de la Universidad donde impartía clase, Plath descubrió a su marido flirteando con una estudiante. Aquel episodio zarandeó su autoestima, pero siguió convencida de que Ted era «mi perfecta mitad masculina». Los celos empeoraron la relación, pero la poeta se quedó embarazada y la pareja regresó a Reino Unido. Se separaron un año después del nacimiento de su primera hija por una infidelidad de Hughes con la poeta Assia Well. El universo literario de Plath abrazó la angustia cotidiana a la vez que su escritura se volvía más personal y misteriosa. En vida, al contrario de lo que ocurrió tras la muerte de Sylvia, Ted sumó más reconocimientos literarios que ella, una sombra que terminó de hundir a la poeta.

Una voz propia

Ni el segundo hijo ni las continuas mudanzas amainaron la tormenta. Tampoco el calor que ofrecían amigos como Anne Sexton, otra poeta brillante de vocación suicida que, tras conocer el final de Sylvia, exclamó: «Esa muerte era mía». Había encontrado una voz propia en la fragmentación, una paradoja que trasladó a 'Tres mujeres', donde aborda la maternidad desde diferentes experiencias: la madre, la mujer que no puede ser madre y la madre que decide no actuar como se supone que actúan las madres. Plath descarga a su género de una mochila pesada, casi siempre cargada por los hombres. Comenzaba la leyenda feminista.

Sus últimos años fueron fructíferos. Publicó 'La campana de cristal', su única novela, con evidentes tintes autobiográficos: narra el descenso a los infiernos de una joven universitaria, insatisfecha crónica pero tenaz: «El silencio me deprimía. No era realmente el silencio. Era mi propio silencio». El monólogo interior destapa la depresión de la protagonista, alter ego de Plath, que padecía trastornos mentales. Tras su muerte, Hughes se convirtió en el editor de su legado literario y personal pese a que llevaban tiempo separados. Quemó las páginas finales de los diarios de Sylvia «para que nuestros hijos no tuvieran que leerlos», algo que críticos y admiradores nunca le perdonaron. Por eso la tumba de la poeta, donde figura como Plath Hughes, a menudo aparece pintada para tapar el apellido del marido infiel. Poco importa. Sylvia se guardaba la posteridad como última carta bajo la manga, lo único que no ardió en el horno de su desconsuelo.

SYLVIA PLATH

La veo en sueños, mi niña roja y terrible

La veo en sueños, mi niña roja y terrible.
Llora a través del cristal que nos separa.
Llora, está furiosa.
Sus gritos son ganchos que hieren como gatos,
captando mi atención.
Llora a la oscuridad, o a las estrellas
que brillan y giran lejos de nosotras.

Su cabecita parece tallada en madera,

en una madera roja y dura, ojos cerrados y boca abiertísima.
Y de la boca salen gritos cortantes
que arañan mi sueño como flechas,
que arañan mi sueño, penetrando mi costado.
Mi hija no tiene dientes. Su boca es grande.
Emite sonidos tan siniestros que no pueden ser buenos.

Solterona

Esta chica de quien hablamos
en un paseo de abril ceremonioso
con su último pretendiente
súbitamente se asombró muchísimo
del charlar de los pájaros
y las hojas caídas.

Así, afligida, ella
vio que los ademanes de su amante
agitaban el aire y se irritó
entre el caos de flores y de helechos
acres. Juzgó los pétalos
confusos, la estación ajada.

¡Cómo deseó el invierno!
Austeramente, en orden minucioso
de blanco y negro
de hielo y roca, todo deslindado,
de corazón a fría disciplina
sometió, exacto cual copo de nieve.

Pero he aquí: un capullo
de sus cinco sentidos de gran dama
una grosera confusión deduce:
traición intolerable. Que el idiota

se rinda al caos de la primavera:
prefirió retirarse.

Y rodeó su casa
de alambradas y muros impasables
contra el tiempo rebelde
tanto que nadie lo rompiera
con maldiciones, puños, amenazas,
ni con amor tampoco.

Lady Lazarus

Lo he vuelto a hacer.
Lo consigo una vez cada diez años.

(...)

Esta es el número tres.
Qué manera de tirar a la basura
Cada década.

(...)

De cualquier manera soy la misma, idéntica mujer.
La primera vez que me pasó tenía diez años.
Fue un accidente.

La segunda vez intenté
Llegar hasta el final y no volver más.
Me encerré

Como una concha de mar.
Ellos tuvieron que llamar y llamar
Y sacarme los gusanos como perlas pegajosas.

Morir
Es un arte, como todo lo demás.
Yo lo hago excepcionalmente bien.