Paloma Ulacia Altolaguirre: «Concha Méndez no fue una víctima, siempre hizo lo que le dio la gana»

Paloma Ulacia presentó en el CAL 'Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas'./Félix Palacios
Paloma Ulacia presentó en el CAL 'Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas'. / Félix Palacios

Fue novia de Buñuel, esposa de Altolaguirre y amiga de Cernuda, pero ante todo era una poeta que luchó por llevar las riendas de su vida. Su nieta lo reivindica en un libro

Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

Paloma Ulacia Altolaguirre está feliz, acaba de llevarse una «sorpresa preciosa» paseando por Málaga. En una librería ha encontrado un libro de su abuela, 'Lluvias enlazadas'. Pero no es eso lo que le hace sonreír de esa manera. «Estaba junto al libro de Gerardo Diego, el primero que antologó a la Generación del 27, y no la incluyó. ¡Y el de él costaba 15 euros menos!», exclama. Un acto de justicia para Concha Méndez (Madrid, 1898 - México, 1986). Fue poeta e impresora, una mujer libre, con carácter, campeona de natación en su juventud y miembro de 'Las Sinsombrero', un grupo de pensadoras y creadoras que se rebelaban ante los convencionalismos. Pero con demasiada frecuencia se cae en la anécdota, en su noviazgo con Luis Buñuel, su amistad con Luis Cernuda –que vivió diez años en su casa de México– o su matrimonio con el malagueño Manuel Altolaguirre.

El libro 'Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas', escrito por su nieta tras horas de conversaciones con su abuela a los 80 años, la reivindica como creadora y desvela la «vida intensa de una mujer insólita en su tiempo», en palabras de Juan José Téllez, director del Centro Andaluz de las Letras (CAL). Allí presentó ayer junto a Manuel Aznar la reedición de esta obra por la editorial Renacimiento.

Novia de Luis Buñuel, amiga de Cernuda, esposa de Manuel Altolaguirre… Pero Concha Méndez era mucho más que eso.

–Claro, principalmente era poeta. Mi abuela trabajó muchísimo. Decía que para ser escritora había que amarrarse a una silla y así lo hacía.

Cuando Gerardo Diego no la incluyó en la antología del grupo poético del 27 le dijo: «Tú nos excluirás, pero yo debajo de la falda llevo un pantalón». Era una mujer fuerte.

–Sí (risas). Era una mujer con carácter, entendiendo el carácter como un saber a dónde ir en la vida. Y saber también que si la vida no te va a dar lo que quieres, como fue la ruptura con Luis Buñuel, tú tienes que hacer que tu vida como mujer tenga un propósito independiente al matrimonio.

«Concha Méndez no sólo se quitó el sombrero, también transgredió el idioma»

¿Su abuela se resignó a vivir a la sombra de Manuel Altolaguirre?

–No creo que ella viviera a la sombra de él. Era un hombre que tuvo que llegar a México exiliado, y eso debe ser tremendo. Salvo que seas un académico y te puedas insertar en la universidad, cosa que no le pasó a Manuel Altolaguirre, llegar a un país siendo un impresor, un obrero, hacía las cosas muy difíciles.

Amigos escritores

Contaba su madre que, cuando alguien llegaba a casa, siempre preguntaban por sus amigos escritores en lugar de por ella. ¿No le molestaba a su abuela?

–No, ella estaba muy orgullosa de haber tratado con ellos. No se sentía menos. Ella descubre que es poeta gracias a conocer a Alberti y a García Lorca. Estaba muy agradecida.

Pero fue víctima de su tiempo, un tiempo en el que las mujeres tenían un papel secundario en la cultura.

–Ella no fue una víctima, siempre hizo lo que le dio la gana, muy a pesar de todo. Fue víctima en cuanto a que no tuvo la escolaridad que le hubiera gustado. No pudo estudiar Filología, Literatura o Administración porque en su familia no había tradición de cultura, eran nuevos ricos. Su padre no era abogado, era maestro de obras. Ahí hay una sutileza. Se enriquecieron en la Primera Guerra Mundial pero ella se vestía con Chanel. Posiblemente no era guapa, pero sí iba muy bien vestida. Hizo lo que le dio la gana.

¿No cree que la historia sería diferente de haber vivido ahora? Quizás se conociera a Altolaguirre como el esposo de Concha Méndez...

–Yo creo que no. Ella le quería profundamente y cuando eso sucede puedes compartir el éxito. Fue una mujer que cuando se emancipa se dice: «Voy a ser yo misma». Porque lo que le quedaba después del abandono de Luis Buñuel era decir 'pues yo me quedo como una típica burguesa solterona'. Se le había pasado la edad. Pero ella quiso huir de ese destino. Se fue a Londres y allí aprendió a cocinar. Era como bajar de una vida burguesa para ser una mujer democrática. Era feminista en el sentido de que aprendió a ser una mujer práctica.

«Sabía que su vida como mujer tenía que tener un propósito independiente al matrimonio»

Hubiera disfrutado con esta ola de feminismo que vivimos hoy.

–Claro. Ella lo que te diría es: «Sigue tu instinto». Y es muy importante para la mujer ganar su dinero, es la única forma de poder ser feminista.

¿Le duele ese olvido en el que ha estado su obra?

–A mí me duelen ahora otras cosas de las que me dolían de joven. Sí me dolía mucho ver a una persona sola. Porque ella, que era una mujer tan energética y con tanto poder de comunicación, se encontró en un país donde la gente era muy recatada. Era una sociedad de gente que habla poco. Mi abuela, en su juventud, no solamente se quitó el sombrero sino que transgredió el idioma. Decía muchas palabrotas, pero en el mundo de los mexicanos ya no pudo. Empezó a tratar a gente muy fina que tocaba el arpa e iba a la ópera, y se reeducó.

Se adaptó a las circunstancias...

–Esa es la clave de la felicidad. Uno no puede ser joven infinitamente.

¿Le frustraba no haber llegado lo lejos que querría en la literatura?

–No. Tuvo la inteligencia de ayudar a su hija única y cuidar de sus nietos. Se resignó. Nunca la vida va a ser una fiesta 90 años, ella tuvo sus momentos y hasta los 35 años tuvo un gran empuje. La cuestión política y la romántica la llevaron a la realidad.

¿Cuál diría que es su mayor logro?

–Ese, el adaptarse a las circunstancias. Tuvo un periodo de depresión muy grande. Se rompió una rodilla y una cadera y tuvieron que ponerle unas prótesis, que no eran como las de ahora. Perdió la movilidad y se deprimió. No le deprimió casi nada salvo la limitación física. Y trató de suicidarse con 77 años.

Más que el dolor del exilio o la ruptura con Altolaguirre, lo que pudo con ella fue la limitación física.

–Claro. Ella había sido campeona de natación, era una mujer que le gustaba ir al centro, que hacía mucha jardinería. Empezó a psicomatizar y no podía alzar una jarra o le molestaba el ruido de un papel. Pero fue al hospital psiquiátrico, le dieron unos medicamentos y salió de aquello.

¿Qué recordaba de Málaga?

–De Málaga habló muy poco. Cuando se casó vino de luna de miel a Málaga y yo creo que lo pasó muy bien. Era una mujer a la que le gustaba mucho fumar, bebía, comía... No era puritana, como yo (risas).

Y su abuelo, ¿se acordaba de su tierra?

–Muchísimo. Ayer fuimos a la Catedral, que es una belleza, y me di cuenta. Él se muere después de haber filmado 'El Cantar de los Cantares', una película religiosa que llevó a Cannes. Vino a presentarla a España con su segunda mujer, chocó con su coche y se murió. En esta película se filman muchísimos conventos e iglesias mexicanas. Me di cuenta de que realmente la película se une a su infancia. Él debía de haber estado impresionado con la belleza de la Catedral de Málaga. Entré en la iglesia y me dije: 'Ya lo comprendo, estaba buscando esto en otro país, su infancia'.

¿Cuándo fue consciente de la importancia de sus abuelos?

–Crecí en una casa que tenía muchos libros y muchos cuadros. Mi madre sufrió mucho la muerte de su padre, solamente tenía 23 años, y nunca se recuperó. La figura de Manuel Altolaguirre era una presencia constante. Y a mi abuela la conocí pronto como escritora. Te paseaba por el jardín y te animaba a que compusieras tus propios poemas sobre las flores.

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