María Victoria Atencia, la voz firme y serena

María Victoria Atencia, la voz firme y serena

Propuesta para el Premio Princesa de Asturias, la autora malagueña firma una de las obras más conmovedoras de la poesía española del siglo XX, marcada por la perfección formal y la emoción

ALBERTO GÓMEZ

Nació hace 87 años en el número uno de la calle del Ángel. Pronto quiso volar, haciendo honor a su destino. Y lo consiguió, primero al convertirse en la primera mujer en obtener el título de piloto de aviación («¿Dónde hemos de asentarnos si hay cinco orientaciones / cardinales y elijo con pasión la del vuelo?») y luego con sus poemas, una aspiración continua a la altura formal sin desatender la emoción. Los años de guerra y posguerra marcaron su infancia, entre mujeres a las que entendería, y de qué manera, poco después: «Si alguna vez pudieseis volver hasta encontrarme, / mujeres de la casa, / cómo os recibiría, ahora que os comprendo. / Quebraba vuestro sueño con sobresalto súbito, / y espantabais mi miedo deslizando las manos / por mis trenzas tirantes, me limpiabais los mocos / y endulzabais mi siesta con miel de Frigiliana».

En el colegio El Monte adquirió su sempiterno gusto por la pintura, que explota en muchos de sus poemas, cercanos al síndrome de Stendhal. Luego estudió piano y armonía en el Conservatorio, aficiones que también vuelca en su obra, marcada inicialmente por sonetos impecables de versos alejandrinos y endecasílabos, una musicalidad evidente ya en sus dos primeros libros: 'Arte y parte' y 'Cañada de los ingleses'. Después de su publicación entró en un periodo de silencio poco explicado que los críticos achacan a la muerte de sus padres y la maternidad, aunque parece que no fueron las únicas razones. Había descubierto a autores como Shakespeare, Dante o Rilke, cuyo impacto tarda en procesar, y se sentía lejos de la poesía social que practicaba la mayoría de sus coetáneos. Solo un «desequilibrio en mi vida amorosa», según confesaría años después, le devolvió el impulso de la escritura. El resultado fue 'Marta & María', uno de sus libros más poderosos, zarandeado por la pérdida y la necesidad de recomponer el gesto: «Y aunque un frío finísimo paralizó mi sangre, / estuvo a punto el té, como todos los días».

Era 1976. Atencia llevaba quince años sin publicar, pero su vuelta desborda cualquier expectativa: «Ahora que quiero hablar, dame todas las fuerzas / de las que he carecido. Pues se te fue la mano / en amor y dulzura». Atencia reaparece dotada de una intensidad asombrosa, tambaleante por la orfandad y por la despedida de Blanca, una de sus mejores amigas («El árbol de las venas bajo mi piel se pudre / y una astilla de palo el corazón me horada»), pero también firme, renacida en sus propios hijos y con la fuerza suficiente para mantenerle, si resulta preciso, la mirada a la muerte, como escribe en 'Con la mesa dispuesta': «Porque tengo hecho el ánimo y no ha de notar nadie / ningún cambio en mi rostro. Las risas de los niños / seguirán sobre el blanco mantel de los bordados / aunque sienta en acecho, mientras sirvo, tus ojos. / Tragar ya me es difícil. La garganta está helada. / Marcharé sin protesta allí donde me lleves».

Jorge Guillén la definió como «María Victoria Serenísima». Por entonces ya contaba con el respeto y la admiración de colegas como Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre o María Zambrano. Casada con Rafael León, editor y también poeta, que traslada a sus libros su elegancia tipográfica y con quien trabajó en la mítica revista Caracola, Atencia va abriéndose hueco como una de las voces más influyentes y reconocidas de la Generación del 50, aunque su década y media de silencio la convierta en un caso peculiar, alejada de las inquietudes comunes de su grupo poético. En 'Los sueños' y 'El mundo de M. V.' resuena el eco de los acontecimientos presentes en 'Marta & María: «Madre está enferma. Madre va enseñándome cosas / del armario con quieto silencio entristecido, / hasta que llega al traje color de rosa pálido, / y entonces se incorpora, renovada, a ponérselo / delante de mí misma, me coge de la mano / y saltamos felices. Su cara de muñeca / inglesa antigua evoca la cera levemente».

Cascada de distinciones

En los noventa comienza una feliz cascada de distinciones, como los Premios Andalucía y Nacional de la Crítica en 1998 por 'Las contemplaciones' («Se prohíbe la nostalgia. No hay más contemplaciones. / Atendedme sin embargo este canto final, y ya de abatimiento»), que continúa con el cambio de milenio. En 2014 se convirtió en la cuarta mujer, la primera española, en ganar el Premio Reina Sofía. Antes, en 2010, le habían concedido el Federico García Lorca, dotado con 50.000 euros. También fue postulada al sillón N de la Real Academia Española tras la muerte de Valentín García Yebra. En 2011 fue investida doctora Honoris Causa por la Universidad de Málaga, horas antes de la muerte de su marido.

Ahora, cuando lleva años sin publicar, consolidada ya como una de los mejores poetas de la segunda mitad del siglo XX, su nombre suena como candidata al Premio Princesa de Asturias de las Letras. «Tengo algunos achaques», confiesa escuetamente cuando le preguntan cómo está, antes de repartir en la casa, como en sus poemas, «amor y pan y fruta».

María Victoria Atencia

Heredarán los campos

Ahora que quiero hablar, dame todas las fuerzas
de las que he carecido. Pues se te fue la mano
en amor y dulzura, y así no me es posible
despojarme de un miembro en un momento dado.
Podré cortar con fuerza, construir, destruir
de nuevo si es preciso, sacar el alma a flote.

¿A quién he de temer, si la razón me asiste?
Mas ser el centro y eje donde todos se apoyan
hace que el cantearme me resulte más duro.
Los que nada poseen heredarán los campos
y serán levantados sobre viento y marea.

La salamandra

Era yo muy pequeña en aquel tiempo
de zozobra -pero no lo sabía-, y mis miedos
eran también pequeños, si llegaba a sentirlos:
coleccionaba piedras pequeñas de colores
y me quedé olvidada a la orilla del cauce
junto a unas piedras vivas idénticas al broche
que adornaba el vaivén del pecho de mi tía.

Mar

Bajo mi cama estáis, conchas, algas, arenas:
comienza vuestro frío donde acaban mis sábanas.
Rozaría una jábega con descolgar los brazos
y su red tendería del palo de mesana
de este lecho flotante entre ataúd y tina.
Cuando cierro los ojos se me cubren de escamas.

Cuando cierro los ojos, el viento del Estrecho
pone olor de Guinea en la ropa mojada,
pone sal en un cesto de flores y racimos
de uvas verdes y negras encima de mi almohada,
pone henchido el insomnio, y en un larguero entonces
me siento con mi sueño a ver pasar el agua.

Victoria

Estaba abierto el cielo y mi hijo en mis brazos,
tan indefenso y tibio y aterido y fragante
que lo sentí una obra sólo mía, victoria
de un cuerpo paso a paso ofrecido a su cuerpo.
Lo envolví con mi aliento y él tuvo el soplo tibio
en el que una paloma se sostenía en vuelo.

La marcha

Éramos gentes hechas al don de mansedumbre
y a la vaga memoria de un camino a algún sitio.
Y nadie dio la orden. -Quién sabría su instante.-
Pero todos, a un tiempo y en silencio, dejamos
el cobijo usual, el encendido fuego que al fin se extinguiría,
las herramientas dóciles al uso por las manos,
el cereal crecido, las palabras a medio, el agua derramándose.

No hubo señal alguna. Nos pusimos en pie.
No volvimos el rostro. Emprendimos la marcha.

Los sábados

Los sábados teníamos de par en par los ojos
enseñando las luces doradas del domingo,
mientras iban las horas resbalando su carga
de ilusión en nosotras.

Sentadas en pupitres, en filas o en recreos,
pensábamos el día perfecto cada una
con un sol, sus películas y su adiós en la calle
al niño que llevaba nuestro nombre en su frente.

Volar era la clave escrita en nuestro ánimo.
Soñábamos con puertas y con la interminable
escalera que parte el monte en dos mitades,
donde un coche esperaba nuestra vuelta más rápida,
llevándose un viaje de alegría hacia el centro.

Mas pasaba el domingo, y con él los proyectos
de toda una semana extrañamente larga;
y el resultado era arrastrar la nostalgia
seis días como puños.