Julia Uceda, el compromiso irrenunciable

Julia Uceda, el compromiso irrenunciable

Rebelde y misteriosa, la autora sevillana levanta una de las obras más personales de la poesía española del siglo XX, entre el existencialismo y la crítica social: «Siempre fui una extraña»

ALBERTO GÓMEZ

Hay cierta leyenda en torno a Julia Uceda. La llaman «la dama extraña», como el título de uno de sus poemas. Está considerada una autora rara, inclasificable, ajena a las modas y los grupos. Cada vez que han intentado etiquetarla, ella ha escogido otros derroteros, llevando su obra consigo, como una casa personalísima a cuestas. Escribe contra la opresión y la desigualdad, pero se sacude el sello de poeta social acercándose a la metafísica.

Nacida en 1925, abre abismos con sus colegas de la llamada generación del cincuenta y tantos, más por una sincera vocación de libertad que por desapego. Estudió en la España de la posguerra, pero pronto se rebeló contra el estrechamiento del corsé franquista y acabó exiliada en Estados Unidos. Subversiva y misteriosa, la poeta sevillana desoyó los consejos familiares y se doctoró en Filosofía y Letras. En esa misma facultad hispalense impartió clase a comienzos de los sesenta. Por entonces ya había publicado su primer libro, 'Mariposa en cenizas', que bebe de Góngora y la métrica tradicional pero a la vez deja destellos de una independencia a la que nunca ha renunciado: «Siempre fui una extraña. / A veces me creía de la mano de todos, / entre luces y sombras, / mi voz entre las voces. / Una amistad de pájaro / empapaba mis manos».

En Sevilla escribió dos poemarios más: 'Extraña juventud' y 'Sin mucha esperanza'. No era un tiempo fácil para el crecimiento intelectual, especialmente para las mujeres. Uceda ya mascaba la idea de marcharse: «Alguien dijo: Partir. / Partir... Partir... / Huir del polvo y de las alas, / de las arañas, de los látigos, / de las palabras, de los puños». No fue una huida obligada, pero las cosas empezaban a complicarse. Había participado en un seminario sobre Cernuda, defendía a los poetas prohibidos del 27, compraba en una trastienda sevillana '¿Por quién doblan las campanas?' y otros libros censurados y rescataba a autores silenciados como Ramón José Sender. Sabía que su disidencia era un camino sin retorno, así que se instaló en Michigan, en cuya universidad dio clases de Literatura como profesora visitante. Quedó asombrada por la nieve y los paisajes norteños de Estados Unidos, tan diferentes a los de su ciudad natal, pero también por la reivindicación de los derechos de los negros y la lucha de clases. Aquellos estímulos dieron paso a 'Poemas de Cherry Lane', uno de sus libros más apabullantes: «Nada más natural que estos paisajes / y esta luz en mi mesa y esta casa / —posible ya que se ha perdido todo— / y este extraño país en el que estoy».

Uceda introduce en algunos de sus poemas a Charlie, un personaje con el que establece diálogos y que a veces los críticos han identificado con algún amigo o con el amor, aunque ella aclaró más tarde que se trata de una forma de nombrar la propia soledad. Tras un breve regreso a España, la poeta sevillana se marcha a Irlanda para trabajar como profesora en la Universidad de Dublín. Allí vivió junto a su marido, el psiquiatra Rafael González Palacios, hasta 1976. Fruto de aquella experiencia nace 'Campanas en Sansueña'. La visión de su país de origen se vuelve más áspera, igual de crítica, como revela el poema titulado 'España, eres un largo invierno': «Inútil preguntarse: apaguemos las luces. / Esto es sólo un invierno con su gusano». La Transición no frena el proceso de indagación de Uceda, que en 'Viejas voces secretas de la noche' continúa diseccionando la realidad sin perder lo que ella misma denomina «tensión ética». Muerto Franco, Uceda y su marido regresan a España, aunque, lejos de Sevilla, comienzan una nueva vida en Galicia, donde la poeta se afincaría de forma definitiva.

Cambio de siglo

El cambio de siglo consolidó el reconocimiento de Uceda como una de las mejores poetas españolas del siglo XX. La Fundación José Manuel Lara recogió su producción lírica hasta el momento en el volumen 'En el viento, hacia el mar', con el que ganó el Premio Nacional de Poesía en 2003, siendo la primera mujer que recibía este galardón. El contacto con las nuevas tecnologías inspiró 'Zona desconocida', que también aborda el rechazo de la autora a la guerra de Irak.

En su obra se alternan planteamientos existencialistas (¿Dónde / estaba yo antes de estar aquí?») con reflexiones sobre los límites del lenguaje y la verdad («Lo que no tuvo nombre ni presencia / ni fue reconocido ni vivido, se impone»), pero también se aprecia el rencor por la educación machista recibida («la primera, la sin memoria, / sin hoy / ni ayer / (...) sin otras / que la enseñaran» y la búsqueda personal: «Desde la calle / miré por la ventana: nadie había / advertido mi ausencia. / Caminé. Volví el rostro: / ninguno me seguía».

Ahora, con 93 años y sus posiciones éticas intactas, Uceda se lame la herida de la viudedad y no admite juicios condescendientes, convencida de la importancia de mantenerse cosida al mundo, a la sociedad, hasta el último aliento, tal vez para «no morir en un mundo sin palabras, / de voz en blanco y negro».

JULIA UCEDA

Un seguro apellido

El mundo es de los otros.
Se hizo para ellos y ellos lo poseen.
Cantan y se apacientan
dulcemente contentos.
Tienen mitos y dioses,
tienen hogar y hermanos
y un seguro apellido
y una calle con nombre.
Pueden tenerlo todo.
Todo pueden quitarnos:
hasta el silencio breve
que madura en los versos;
hasta el Dios que se asoma
temblando en nuestro fondo
(ese Dios al que obligan
a ser inteligente).
Guardan en el bolsillo
su entrada para el Cielo
-un lugar elegante,
de «gente conocida»-,
mientras otros estamos
de pie, haciendo cola.
Mientras nos empujamos,
mudos, ante la puerta.
Y hemos perdido todo,
y estamos como ciegos
frente a los luminosos
que anuncian la película.
Nadie nos mira nunca,
pero nos da vergüenza.

La fiesta (fragmento)

Charlie, esta alegría
no durará. Tener futuro
-un futuro pequeño, de unas horas-,
ver una puerta abierta, no: entornada,
no durará.
Un golpe de aire,
alguien que pase y sin querer...
Pero entretanto,
minuto por minuto, he de beberla,
y no hora a hora, Charlie, todo
lo sé ya...

Charlie, vamos a celebrar esta alegría.
Encontré una lata de cerveza
para brindar. Amigo,
mi despensa
no estaba prevenida para una
alegría en la tarde; para una
luz al fondo. Bebamos (…)

El pollo se ha enfriado. Mi cabeza
está triste y alegre al mismo tiempo.
Demasiada cerveza... Demasiado
soñar... Amigo, esta alegría
no durará: al último momento,
el teléfono, el aire, un distraído
paseante que cruce, con su mano
la cerrará (...)

Casas vacías

Alguien dejó puesta la llave
y se ha ido.
Nunca regresó.
El barro de unas botas de soldado
ha manchado la alfombra antes
de que el polvo del heno recién cortado
la cubra lentamente para dormir sobre ella
como un perro perdido.
El hueco desolado de las casas vacías,
donde, lejos, resuenan
fragores de batallas de otro tiempo,
arrastran el gemido de ruedas de cañones,
o el súbito silencio suspendido
que pende, interminable, de una rama
engastada en nieve. Silencio, el
vacío atravesado por fuegos lejanos,
por el lamento que vigila
el ojo adusto de la noche,
por el dolor de los que ignoran
por qué han de morir y por qué ellos
si el heno huele a hogares, a vodka,
a familias.