Jiménez Millán, la lucidez entre el desorden

Jiménez Millán, la lucidez entre el desorden

Convencido de que en la literatura y en la vida no hay que creerse «los fuegos de artificio», el autor de 'La mirada infiel' escribe contra la desmemoria y la especulación sin límite

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Cuando velaba el cuerpo de su padre, Antonio Jiménez Millán recordó un verso de Miguel Hernández: «Tanto penar para morirse uno». Era un día soleado de diciembre, como relata en 'Tan de repente': «Tanto trabajo y tanto sentido del deber / para acabar en un vacío / más desolado incluso / que una guerra perdida, / aunque mi padre la ganara». El poema forma parte de 'Biología, historia', su último libro, donde el escritor granadino, residente en Málaga, vuelve a rebelarse contra las tragedias comunes: «Tú nos dijiste que la decadencia, / el desgaste, la muerte, / eran cuestión de pura biología. / Importaba la historia, sobre todo». La enfermedad, los recuerdos, el síndrome de abstinencia por haber abandonado el alcohol y el tabaco («Y todos, al final, / hemos pagado caro los excesos») y la ausencia de amigos y maestros como Juan Carlos Rodríguez acentúan la tendencia a la introspección, a una indagación personal que en la obra de Jiménez Millán, una de las voces más honestas de su generación, adquiere forma de reivindicación colectiva.

Convencido de que «en la vida y en la literatura / hay que saber guardar las distancias, / no creerse los fuegos de artificio», el autor de 'Casa invadida', nacido en 1954, estableció pronto un compromiso ético alejado de la pompa que rodea a algunos de sus colegas. Comenzó a escribir durante los últimos coletazos de la dictadura, un contexto que continúa marcando su trayectoria. Primero cuestionó la educación recibida, un desafío que abrió un conflicto familiar del que da cuenta en varios de sus poemas, y más tarde se opuso, a través de sus libros pero también de su labor como docente, a la especulación y el capitalismo sin freno. Aunque él mismo fija el inicio de su obra en 'Restos de niebla' (1983), publicado como parte de la mítica revista Litoral, tiene dos libros anteriores: 'Último recurso' y 'Poemas del desempleo'.

Las reuniones secretas contra el franquismo en su etapa como estudiante, el amor y su reverso, el agujero que abre la incertidumbre y un profundo bagaje cultural conforman la arquitectura interior de Jiménez Millán, los temas centrales de una obra que desoye el murmullo de la poesía ensimismada, perdida entre grandilocuencias, para integrarse en el paisaje urbano. Porque el autor andaluz ha crecido entre 'Ciudades', título que escogió para su antología, y por sus versos, curtidos en calles y plazas, bibliotecas y librerías, cruzan inspiraciones tan diversas como García Lorca, Baudelaire, Caballero Bonald, Ángel González, Gil de Biedma o Vázquez Montalbán.

El cambio de milenio lo encontró especialmente lúcido. 'Inventario del desorden', publicado en 2003, incluye algunos de sus poemas más brillantes. En 'Dominio de la herrumbre', dedicado a la memoria de su padre, deja constancia de la brecha generacional: «Ni tú ni yo hemos sido nunca héroes, / aunque tú no dejaras de creer / en verdades sagradas / que ya eran, para mí, palabras sin sentido, / bagajes inservibles, / armas abandonadas / en el dominio ciego de la herrumbre». La primera muestra de ruptura, el cambio del Giménez paterno por Jiménez, ya evidencia la imposibilidad de sintonía entre padre, alférez del ejército franquista, e hijo: «No estoy hablando ahora de apariencias: / empezó a no gustarme / aquel estilo rancio de burgueses / con tufo a sacristía, / sumisos, obedientes, cautelosos».

«Caligrafía del pasado»

Al mismo título pertenecen 'El día de la muerte de Allen Ginsberg' («Después de muchos años, / también puedo decir que he visto / alguna inteligencia consumida / por el alcohol y el tedio, / no sé si los mejores / cerebros de mi generación, / pero sí unos cuantos ilusos») y 'Desde una biblioteca antigua', dedicada a su madre, bibliotecaria en la Universidad de Granada, con quien desaparece la antigua necesidad de ajustar cuentas: «Quién me iba a decir / que esa letra tan clara, / fijada para siempre y repetida / sobre una cartulina amarillenta / podía ser, después de muchos años, / una forma de asombro, / una caligrafía del pasado / que me habla desde el fondo de mí mismo».

En 'Clandestinidad', publicado en 2011 y reconocido con el Premio Generación del 27, echa la vista atrás para evitar que algunos recuerdos queden enterrados bajo polvo: el miedo, las persecuciones, la represión. «Ha guardado la llave del desván / que esconde un manifiesto / con cubierta roja, / los pasquines, / la prensa clandestina», escribe en el poema que da título al libro, inspirado en 1974. Catedrático de Literaturas Románicas en la Universidad de Málaga, Jiménez Millán es también autor de ensayos y ediciones críticas, además de profesor invitado en Rennes y Aix-en-Provence. En uno de sus poemas sobre la docencia, confiesa: «Quise decirles / que el arte no es distinto de la vida / y a veces nos reserva, / en medio de la noche más cerrada, / una pasión antigua, un gesto cálido / igual que el sol de octubre / a principio de curso». Ahora, cuando le ha visto los colmillos a la muerte, Jiménez Millán reivindica la memoria y este imprevisto sol de invierno: «Me llega una luz cálida: / Hoy sólo quiero celebrar la vida».

ANTONIO JIMÉNEZ MILLÁN

Dominio de la herrumbre (Fragmento)

Pero aquel día soleado de diciembre
sólo trajo ceniza,
la densa oscuridad que sigue a los derribos,
y yo no pude abrir ventanas viejas,
armarios con olor a naftalina
donde cuelgan los trajes usados y vacíos
que nos dejó la muerte de recuerdo.

Y por última vez quisiera preguntarte
cómo nombrar un mundo que no existe,
cómo explicar ahora este desorden.

El día de la muerte de Allen Ginsberg (fragmento)

Después de muchos años
hay otras guerras,
y los depredadores
siguen en su lugar de siempre,
y han inventado drogas de diseño,
y Ginsberg estará en los manuales
igual que un viejo zorro disecado.

En vano se lamenta el hombre de su suerte,
de su empeño tenaz en destruirse.

En la televisión aparecían
políticos sonriendo,
noticias de atentados,
niños con disfraz de adultos.
Alguien trataba de explicar
los ritos de las sectas más extrañas
y yo pensé en el rostro vacío del suicida,
el día de la muerte de Allen Ginsberg.

Riada

Así termina a veces el amor.
Una corriente turbia lleva fotos antiguas,
muñecas sin vestido,
muebles desvencijados.
No se notan las grietas al principio,
pero el muro es más débil cada día.
Y de pronto el silencio
se parece a una nube de tormenta,
y el futuro les dice que ya es tarde,
que van a la deriva
sentimientos mezclados con el barro,
afectos y traiciones
hundiéndose en un mar color de olvido.

Doce de septiembre

Ayer cumplí sesenta años.
La muerte ronda inevitablemente
en la pantalla del televisor,
nos va dejando imágenes de cercos y alambradas,
unas manchas de sangre en el desierto,
la rosa que aparece entre las ruinas,
el veneno escondido en esos labios
que vuelven a mentir.

La misma voz de siempre me susurra al oído:
lo que acabas de ver está muy lejos,
no te roza la piel ni se instala en tu cuarto.
Olvídalo,
igual que se abandona un lastre inútil
o se rompe una fotografía
que trae malos recuerdos.
Pero el miedo se impone
más allá de la rabia o la impotencia,
y sientes que la vida se repliega
y tiene más pasado que futuro.

Ayer cumplí sesenta años.
Hace ya tanto tiempo que me ronda la muerte,
como una vieja enamorada y sola.