Conmoviendo a los muertos: Andrés Neuman

Conmoviendo a los muertos: Andrés Neuman

Sabe que, en la pelea contra la robotización de lo cotidiano, la poesía gana siempre. Ahora presenta 'Vivir de oído', donde excava en tres de sus obsesiones: familia, amor y lenguaje

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Deletrea su apellido con modestia de recién llegado, como si Bolaño nunca hubiera dicho de él que es «un poeta verdadero tocado por la gracia», pero Andrés Neuman («N-e-u-m-a-n, sin uve doble», insiste, como traumatizado por una antigua confusión) ha publicado más de una veintena de libros y apenas sopla cuarenta velas. Ahora, seis años después de lanzar su último poemario, regresa a las estanterías con 'Vivir de oído', donde sigue excavando en tres de sus obsesiones: el amor, la familia y el lenguaje. «La poesía es una de las cosas que podemos y debemos hacer lentamente, porque genera un ritmo alternativo que nada tiene que ver con las urgencias que nos rodean», explica para justificar la tardanza, aunque lo cierto es que su carrera está marcada por la promiscuidad literaria, abierta también a la novela (este año ha publicado 'Fractura', sobre un superviviente de Hiroshima) y los cuentos.

«No recuerdo quién dijo que escribimos para conmover a nuestros muertos. Creo que es profundamente cierto. La palabra es un modo de comunicarnos con gente que ya no está, e incluso que nunca estuvo», reflexiona. Así lo hizo en 'Palabras a una hija que no tengo', uno de los poemas de 'El tobogán', publicado por Hiperión en 2002: «Acepta golosinas de los desconocidos / —no está el mundo como para negarse— / pero apréndete esto en cuanto puedas: / más frecuente es lo amargo, o que te ignoren, / y no los caramelos». Aquellos versos ya revelaban el interés de Neuman por estrujar el tiempo más allá de los quehaceres diarios, como plasmó en 'Hablar solos', la novela a tres voces de una misma familia editada en 2012. «Cuídate como si supieras que no siempre vas a ser joven, aunque no vas a saberlo y está bien», escribe el protagonista a su hijo antes de sentenciar: «El verdadero amor por los padres es póstumo».

En 'Vivir de oído', publicado por la exquisita editorial La Bella Varsovia, que dirige la poeta cordobesa Elena Medel, Neuman vuelve a rebelarse contra la inercia de lo cotidiano. «La gestión de nuestro tiempo diario es paradójica; sabemos que no existe una partitura que predetermine nuestras acciones, pero si nos paramos a pensar en cómo vivimos nos daremos cuenta de que somos un conjunto de planes, compromisos, agendas y notificaciones», sostiene el escritor nacido en Buenos Aires y afincado desde hace décadas en Granada. En esa pelea contra la robotización, la poesía gana siempre: «La literatura es el laboratorio de las vidas que podríamos tener o de las que tuvimos y perdimos, por eso tiene un valor inmenso. Cumple una función delicadísima en el ecosistema de nuestras emociones».

El canto a los recuerdos familiares (también amistosos, como en el poema titulado 'Ese viento obstinado', que comienza así: «En un amigo caben / —como en ese cajón donde se encuentra / de pronto algo perdido— / la linterna sin pilas / y la costilla rota, / el fósforo quemado / y el páncreas para nada, / los anteojos que ya no pueden ver / o tu propia pupila») da paso a una segunda parte marcada por el deseo: «Me interesa la poesía de amor porque es un territorio propenso a la cursilería y resulta un desafío intentar escribir algo emocionante sin caer en la cursilería, entendiendo la cursilería como retórica vacía que repite el eco del eco de lenguajes trillados». En 'Morir en paralelo' escribe: «Sólo quiero apagarme / cada noche a su lado, / en espera del día».

Sociedad «ruidosa»

Neuman reivindica la capacidad de escuchar a los demás como «el arte más difícil y urgente», una habilidad adquirida durante su infancia porteña: «Mi madre era violinista. Mi padre, oboísta. Mi hermana es guitarrista. Viviendo rodeado de músicos me di cuenta de que la parte más delicada de su trabajo tenía que ver con la importancia de conjuntarse con otros instrumentos. Hay una pequeña metáfora en eso: somos una sociedad inmensamente ruidosa que insiste en la libertad de expresión, que por supuesto es sagrada e inalienable, pero no sabemos armonizar, escuchar a otros diciendo lo que les dé la gana». Siguiendo con la herencia familiar, el autor de 'Hacerse el muerto' rinde especial homenaje a su madre en 'Inventos a los que llegamos tarde': «Era adicta al café y nunca llegó a conocer estas máquinas de expreso que tenemos en casa. Cada vez que me hago uno siento que ella se lo bebe dentro de mí, celebrando ese invento al que llegó tarde».

La migración («Una de las peculiaridades de los exilios es que la cercanía emocional no se corresponde con la distancia física») y la defensa de paradigmas alternativos de belleza («Estamos en plena dictadura de la imagen photoshopeada, y la poesía debería cantarle a lo imperfecto y oponerse a la reproducción de un modelo publicitario de belleza») constituyen otras piezas del complejo puzle neumaniano. Sin uve doble, aunque ya todos lo saben.

ANDRÉS NEUMAN

CONVERSACIÓN EN TRES TIEMPOS

Al niño que yo fui le diría en voz baja:
esa rabia se puede dibujar,
los muñecos que robes harán ruido,
un hemisferio tuyo va a ser huérfano.

Al joven que ya dejo le diría:
no creas que en el tiempo hay un mensaje,
correr es impuntual,
elijamos camisas de colores absurdos.

Al viejo que seré le pediría
que me recuerde así, arrugando papeles
para tantear su cara,
que por favor me cuente si va a venir despacio.

INVENTOS A LOS QUE LLEGAMOS TARDE

No conoció mi madre
las máquinas que espuman.
Soy pensado por ella
al servirme una taza de mañana.

Como si, más al fondo de las venas,
mi madre cafeína
celebrase en voz negra los inventos
a los que llegó tarde.

RETABLO CON CHICA CORRIENTE

No intenta ser epítome de nada
ni tiene espalda mítica.
Pero la puntuación del pie colgante
mientras lee no sé qué novelista,
el tenue titubeo en la sandalia,
los dedos lastimados
por haber dicho sí,
su forma exacta de tomar asiento,
su quietud de paréntesis,
el resplandor digamos de retablo
en torno a su cabeza despeinada,
los cabellos que son una opinión,
ese insistir de ojeras estudiosas,
la posible miopía que condensa
su campo de interés,
la reducción del ruido al observarla,
su peso que es un énfasis,
el tiempo que maneja con las manos.

Todo eso nos ha reunido aquí,
en cruce accidental,
en esta poca cosa de nosotros.

EL KILÓMETRO EXTRA

No puedo comer el espacio,
y me pesa.
Cuando miro adelante
el futuro me elude
como una lagartija.

Todo lo ocupa eso
que me queda lejano.

El kilómetro extra.
El horizonte en marcha.

LOVE TRAINING

Me eleva en peso, digo.
Con sus brazos que cantan voluntades.
Su ascensor muscular,
los raptos newtonianos
con esta humilde masa que transporto,
demuestran que lo frágil
es un gimnasio donde cada alma
multiplica la fuerza que comparte.

LA OTRA VÍA

Un poema no acude
a un solo andén.

En la estación que sabe demasiado
lo que quiso decir,

descarrilan los trenes.

(poemas de ‘Vivir de oído’, La Bella Varsovia, 2018)

PROPÓSITOS DEL VIAJE

Amar sin desconfianza
los cambios que me traiga la quietud
así como la paz del que se mueve
y se transforma en tránsito. Partir
inaugural, no ingenuo.
Despedirme aunque ahora no me vaya.
Celebrar que uno ignora su destino.
Tomar un día libre
entre tanto trabajo de la muerte.

(poema de ‘Mística abajo’, Acantilado, 2008)

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