Málaga en Verano

Aquel verano de Pepo Pérez: Cabo de Gata, 1995

Libertad y desamor. Pepo Pérez no puede olvidar el verano del año 1995, cuando tenía 26 años./SUR
Libertad y desamor. Pepo Pérez no puede olvidar el verano del año 1995, cuando tenía 26 años. / SUR

El dibujante del cómic 'El vecino', cuya adaptación televisiva se emitirá el próximo año en Netflix, relata un viaje a Almería con sus amigos

MIGUEL ÁNGEL OESTE

Los veranos de Pepo Pérez se parecen a los de José Ramón, uno de los personajes principales de 'El vecino', que estudia oposiciones durante la canícula estival en la ciudad mientras los demás se van de vacaciones. Y es que para este dibujante y profesor de Derecho Administrativo los veranos han sido casi siempre períodos de trabajo o de estudio. Sin ir más lejos, hace un hueco en su apretada agenda laboral para hablar de un verano significativo para él, porque lleva todo el año ajetreado con las clases en la facultad, los congresos y el dibujo del nuevo volumen de 'El vecino', que se publicará pronto. Porque lo quiera o no, el hecho de que esta obra-cocreada con el guionista madrileño Santiago García- esté siendo adaptada a una serie para Netflix dirigida por Nacho Vigalondo implica una proyección mayor a todos los niveles.

«He pasado cantidad de veranos estudiando o trabajando. Desde segundo de carrera, en Derecho, me dejaba una asignatura para septiembre porque en junio no me daba tiempo a todas. En julio me lo pasaba con la novia o los amigos y, el 1 de agosto, me encerraba a estudiar. Después de la carrera, llegó el trabajo como becario en la universidad, más tarde la tesis doctoral, hace poco sacarme el Grado en Bellas Artes...», cuenta con una media sonrisa para remarcar que además, claro, «siempre dibujaba», porque en verano disponía de más tiempo. Se nota que Pepo Pérez vive un evidente momento de tensión creativa. Su mesa de trabajo está repleta de bocetos, lápices, libros e historietas. Sin embargo, eso no le impide ser la persona sensible, creativa, generosa, autoexigente y crítica que le caracteriza. Además, quienes le conocen saben que cada vez que vas a su casa te llevas algún cómic a la tuya.

José Ramón, el opositor de 'El vecino', puede tener algún rasgo de la personalidad de Pepo Pérez, no solo por su capacidad de trabajo, también porque tendrá un verano que no olvidará: aquel en el que conoce a Javier, Titán, ese superhéroe desastre con ecos de Spiderman y Daredevil, un cómic que habla de forma costumbrista del género de superhéroes, pero también de relaciones humanas y otras adicciones, y que también sirve para retratar la España reciente. De la España previa, Pepo no olvida el verano de 1995, cuando tenía 26 años. «Fue un verano de libertad pero de desamor. Sí, pasaba mal de amores. Y esos momentos permanecen. Para distraerme decidí irme de viaje una semana a Cabo de Gata con mis amigos. Fuimos con lo mínimo», cuenta con sosiego. Un viaje en el que fueron improvisando prácticamente todo. «Dormíamos en la playa. Fuimos al Arrecife de las sirenas, junto al Faro, a Las Negras, a la playa de San José, que era un reducto hippy en el que todo el mundo se bañaba desnudo. Pasábamos los días al sol, entre chapuzón y buceo. Volví negro como un conguito, todo el mundo me lo decía», confiesa entre risas. «Tuvimos que regresar precipitadamente porque uno de mis amigos, Quique Ayllón, sufrió un cólico nefrítico y hubo que hospitalizarlo. Ese final del viaje fue casi como un episodio dramático de 'Verano azul'».

«Yo me he criado en la playa malagueña. Aprendí a nadar antes que a montar en bicicleta. Mi padre me enseñó a nadar con tres años. Los veranos los pasábamos chapoteando en el rebalaje»

Pero lo que más recuerda de ese 1995, en el que ya trabajaba como becario de investigación en la Universidad, es la sensación de libertad. «No había mucho control. Pasábamos la noche en la playa, en los sacos de dormir, todo muy básico. Por supuesto, nadie tenía móvil. Comprábamos comida en los pueblos. La sensación era la de estar en otra época», evoca. Y como en todo verano de desamor, a Pepo se le presentó la oportunidad de la amistad. «Recuerdo un momento en la Cala de San José, caía un sol de justicia, llevaba mi viejo sombrero cuatro bollos de los Scouts, y me echó el ojo una joven, morena, muy guapa, veinteañera como yo. La chica se aproximó cuando me bañé y se quedó nadando al lado, pero no hice nada; la vieja timidez del niño que fui no se iba. Después, por supuesto, me arrepentí de no haber hablado con ella». Esas situaciones de la juventud pueden parecer banales pero, es evidente, permanecen en la memoria muchos años después.

Como los inolvidables días de infancia que pasaba en la playa junto a su familia. «Yo me he criado en la playa malagueña. Aprendí a nadar antes que a montar en bicicleta. Mi padre me enseñó a nadar con tres años. Los veranos los pasábamos chapoteando en el rebalaje con mis hermanos», afirma y continúa con esa media sonrisa que no abandona su cara. «Éramos una familia humilde, no teníamos dinero para viajar. Nuestras vacaciones consistían en coger el Portillo, que nos salía gratis porque ahí trabajaba mi padre de cobrador de autobús, para ir a la playa de Santa Ana en Benalmádena». Allí pasaban todo el día, comían la tortilla de su madre y su padre se unía a ellos al terminar su turno; a veces regresaban de noche. En ocasiones comían en algún chiringuito en el que ayudaban trabajando, ya más mayores. Esa convivencia la recuerda con ternura. Pepo se detiene. Me dice que no ha terminado con el verano de 1995, que también lo marcó porque uno de sus grandes amigos de la infancia, Miguel Ángel Ayllón -«un tío muy especial, líder natural, tenía una visión adulta desde niño, de ahí que me influyera tanto»-, fue asesinado por ETA en Córdoba, en 1996. Era sargento de infantería.

«El verano del 95 fue el último que pasé con él, porque a Cabo de Gata fui con Miguel y varios hermanos suyos; obviamente, nadie lo podía saber entonces. Al año siguiente, tras el atentado, su familia decidió esparcir las cenizas en Cabo de Gata, al final del Arrecife de las sirenas». El último sitio donde sintió que el mundo era libre y el verano, eterno. La época de su vida en la que todo se improvisaba: el viaje a Almería con sus amigos, el regreso para ir a un concierto de Mano Negra en Málaga, coger el coche y conducir sin destino. Ahora el destino lo marcan las aventuras de 'El vecino'. Y, también, claro, los recuerdos de juventud de aquellos veranos libres.