El épico «monumento a la mujer» de Ángela Becerra

La escritor colombiana Ángela Becerra /J. P. Gandúl / EFE
La escritor colombiana Ángela Becerra / J. P. Gandúl / EFE

«El sometimiento machista ha castigado por igual a mujeres ricas y pobres» asegura escritora colombiana

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

«Son las historias las que te buscan, las que te encuentran y te atrapan». Lo dice con un punto de satisfacción Ángela Becerra (Cali, 1957), escritora colombiana radicada en España desde hace más de tres décadas y a quien cayó del cielo la peripecia de Betsabé Espinal, una bellísima y joven trabajadora que en el Medellín de 1920 plantó cara al abuso y al sometimiento machista liderando la primera huelga feminista de América Latina, una protesta en contra la esclavitud sexual y el abuso laboral de sus patronos.

Becerra no sabía nada de aquella joven heroína «que ayudó a cambiar el mundo» hasta que en una noche de insomnio dio zapeando con un documental sobre la arrojada pionera en la lucha por los derechos de la mujer trabajadora. Anotó su nombre, comenzó a investigar y se apasionó. «Fue un regalo», admite esta narradora de largo aliento que disfruta más «investigando y planificando» que escribiendo sus novelas.

El resultado es 'Algún día, hoy' (Planeta), un épico canto a la amistad entre mujeres en 800 páginas con el que obtuvo el Premio Fernando Lara 2019.

Seis años ha invertido en investigar y armar la historia que Becerra presenta como «un monumento a la mujer, a la amistad y al amor» y que enmarca en la lucha de clases en la muy desigual y machista Colombia y el cosmopolita París de principios del siglo XX.

La ausencia de datos contrastados sobre Betsabé ha permitido a Becerra «imaginar y llenar huecos» en la vida y la trayectoria de esa indómita luchadora de la que apenas se sabía dónde nació, que trabajó en una fábrica de tejidos, que impulsó una huelga histórica sin el apoyo de los hombres, cuándo murió y dónde está enterrada. Imagina Becerra que fue amamantada por la misma ama de cría que dio el pecho a Capitolina Mejía, la hija de un acaudalada y poderosa familia, lo que unirá los destinos de las hermanas de leche para lo bueno y lo malo y para toda la vida.

Una nació entre sábanas de seda y la otra en un entorno de miseria. La rica vivió entre algodones y la pobre se vio forzada a trabajar desde los trece años en condiciones infames y por un sueldo miserable, soportando abusos de capataces y monjas. «Pero el sometimiento machista ha castigado por igual a todas las mujeres, sean de la clase social que sean. Ricas o pobres han sufrido lo mismo», sostiene la narradora, que articula su novela en torno a la profunda e insobornable amistad entre Betsabé y Capitolina «a quien nacer en una familia adinerada y poderosa no liberó de las humillaciones y el sometimiento que también sufrió Bestabé».

«Una lucha contra la obediencia a unas reglas impuestas, el tedio y la inacción, y la otra contra su trabajo esclavizante y la falta de esperanza y de futuro», explica Ángela Becerra. Asegura que «la amistad entre mujeres es más fuerte y más profunda que la que se da entre los varones» y destaca como la que se profesan Capitolina y Betsabé en su relato «llega al sacrificio supremo».

Recrea la historia de Bestabé Espinal, un pionera en la lucha por los derechos de la mujer «que ayudó a cambiar el mundo»

«Sin mujeres como Betsabé no tendríamos lo que hoy tenemos las mujeres y no estaríamos hablando de la era de #Mee Too y los avances en la igualdad», asegura Becerra. Explica como Betsabé se alzó el 12 de febrero de 1920 contra la injusticia para evitar que las trabajadoras fueran esclavizadas como juguetes sexuales de su patrones, para que les permitirán ir calzadas al trabajo –debían trabajar descalzas para no ensuciar el suelo–, para poder ir a lavabo –debían ir al trabajo aliviadas– y para que se cumplieran los horarios si no se retrasaran los relojes de la fábrica para hacer interminables las jornadas laborales.

Sin vuelta atrás

«Gracias a mujeres como aquellas estamos donde estamos y las mujeres somos cada vez e más visibles; tanto que, esta vez, no hay vuelta atrás y el cambio es determinante», se felicita la escritora. Y eso que reconoce que aún queda mucho por hacer en muchas partes del mundo. Que los logros conseguidos en el rico mundo occidental todavía no han llegado a países como la India, Arabia Saudí y a otros muchos rincones de África, Asia y América.

Prefiere Ángela Becerra hablar de «idealismo mágico» antes que de «realismo mágico» para explicar su estilo, muy vinculado a la tradición fantástica y poética de su país y a la herencia de Gabriel García Márquez. Dice que, en su caso, «la magia está al servicio de las emociones» y utiliza «la naturaleza para engrandecer la acción», de modo que en su novela llueven flores en los días alegres y cae espesa nieve negra en los tristes.

Recrea la historia de Bestabé Espinal, un pionera en la lucha por los derechos de la mujer «que ayudó a cambiar el mundo»

Becerra abandonó una brillante carrera en el mundo de publicidad para apostarlo todo a la literatura. Se dio a conocer como poeta con 'Alma abierta (2001) pero es la narradora colombiana más leída después de su admirado García Márquez.

Vinculada desde sus inicios al Planeta, ha encadenado premios como el Azorín, el Planeta-Casa de América y hasta cuatro Latino Literary Awards, el galardón con el que los editores norteamericanos reconocen a los autores en lengua española, portuguesa e inglesa en EE UU. Los obtuvo por novelas como 'De los amores negados' (2003), 'El penúltimo sueño' (2005), 'Lo que le falta al tiempo' (2007), 'Ella' (2009) o 'Memoria de un sinvergüenza de siete suelas' (2013).