Alejandra Pizarnik, el ángel maldito

Alejandra Pizarnik, el ángel maldito

Presa de complejos y rechazos arrastrados desde su adolescencia, Alejandra Pizarnik se mató un poco en cada poema. Hoy es una de los autoras más imitadas e idolatradas del siglo XX

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

En la pizarra que coronaba su cuarto de trabajo, antes de ingerir medio centenar de barbitúricos y enmudecer para siempre, dejó escrito sus últimos versos: «No quiero ir / nada más / que hasta el fondo». Alejandra Pizarnik tenía 36 años cuando encontró la muerte que tanto había buscado, presa de complejos y ansiedades. Sus problemas de peso, el acné, la tartamudez y el asma abrieron durante su adolescencia un agujero de inseguridades del que nunca llegó a salir. Hija de inmigrantes judíos en el Buenos Aires de los años treinta, se sentía extranjera en todas partes, una coleccionista de rechazos que fue demasiado lejos en la soledad: «Y supo –tuvo que saber– / que de allí no se vuelve». Ni siquiera la escritura funcionó como alivio; su compromiso honesto y desgarrador, lejos de versos edulcorados, la mataba un poco en cada poema. Su obra, como escribió Octavio Paz, «no contiene una sola partícula de mentira».

Las comparaciones familiares con su hermana, «delgada, rubia y perfecta», según la biógrafa Cristina Piña, agravaron la angustia de Alejandra, que no tardó en descubrirse como un ser distinto, incapaz de saltar el muro que la separaba del resto: «Ellos se casan, / procrean, / veranean, / tienen horarios, / no se asustan por la tenebrosa / ambigüedad del lenguaje». Zambullida en la lectura, bebió de Rimbaud, Mallarmé o Juarroz, pero también de la filosofía existencialista y el rock de Janis Joplin, con quien se sentía identificada, ambas niñas acomplejadas y luego artistas poderosísimas con vocación suicida: «Hay que llorar hasta romperse / para crear o decir una pequeña canción». Comenzó a forjar su halo de poeta maldita con libros como 'La última inocencia' (1956) o 'Las aventuras perdidas' (1958), donde ya bordea la oscuridad que marcará su trayectoria literaria y vital: «¿Cómo no me extraigo las venas / y hago con ellas una escala / para huir al otro lado de la noche?».

El psicoanálisis le permitió ahondar en la subjetividad, tema central de su obra, y reparar parte de su autoestima, aunque por entonces ya se cobijaba en anfetaminas, antidepresivos y somníferos. Aquella joven subversiva y dolida, capaz de animar cualquier reunión con su habitual ironía y una euforia de botiquín para ahogarse una hora después en la soledad de su viejo cuarto, acabaría revolucionando la poesía escrita en español del siglo XX. Pocos autores han sido tan imitados e idolatrados como ella, aunque las copias desprendan una impostura que Pizarnik jamás se permitió. «Quisiera hablar de la vida. / Pues esto es la vida, / este aullido, este clavarse las uñas / en el pecho, este arrancarse / la cabellera a puñados, este escupirse / a los propios ojos, sólo por decir, / sólo por ver si se puede decir: / ¿es que yo soy?, ¿verdad que sí?, / ¿no es verdad que yo existo / y no soy la pesadilla de una bestia?», escribió en 'Mucho más allá'.

En 1960 viajó a París, donde permaneció cuatro años. Tradujo poemas de Artaud, Michaux, Bonnefoy o Césaire, exploró su sexualidad con desesperación sin importarle el género de sus amantes, exprimió las madrugadas con cadáveres exquisitos y escribió 'Árbol de Diana', una de sus mejores obras. De ese árbol, que no ofrece sombra, florecen las ramas de la soledad y el lenguaje, la noche y las cenizas. Pizarnik advierte sobre los peligros de sí misma: «Cuídate de mí, amor mío». Y más: «He dejado mi cuerpo junto a la luz / y he cantado la tristeza de lo que nace». Anticipa su final diez años antes de materializarlo: «alguna vez tal vez / me iré sin quedarme / me iré como quien se va».

«Sólo te acepto viva»

En su voluntario exilio francés conoció a Cortázar, con quien fraguó una amistad basada en afinidades literarias y personales. Alejandra llegó a reivindicarse como La Maga de 'Rayuela'. De vuelta a Buenos Aires, la relación continuó con un tremendo cruce de confesiones epistolares. Pizarnik ya entraba y salía de psiquiátricos, dominada por su hipersensibilidad y la adicción a los fármacos. «Julio, fui tan abajo. Pero no hay fondo», le escribió. Cortázar, que en París la sermoneaba «por su peligrosa manera de abandonarse al azar de las circunstancias», respondió tajante: «Yo te quiero viva, burra. Sólo te acepto viva».

En medio de ese caos emocional, la poeta argentina todavía fue capaz de parir algunos de sus libros más hipnóticos: 'Los trabajos y las noches' (1965), 'Extracción de la piedra de la locura' (1968) y 'El infierno musical' (1971). Sacudida por la muerte de su padre, con quien había sido durísima, la literatura comienza a quedarle pequeña. Busca una poesía «que se hace sin lenguaje», capaz de recoger su desdoblez («temo dejar de ser / la que nunca fui»), y acaba despojándose del yo, desnombrándose, empeñada en volver a mirar con inocencia, «como si no pasara nada, lo cual es cierto».

En 1972, durante un permiso hospitalario del psiquiátrico donde había sido internada por un cuadro depresivo y dos intentos de suicidio, escribió por última vez y preparó cincuenta pastillas de Seconal. El ángel ya tenía muerte en que vivirse.

ALEJANDRA PIZARNIK

Exilio

Esta manía de saberme ángel,
sin edad,
sin muerte en que vivirme,
sin piedad por mi nombre
ni por mis huesos que lloran vagando.

¿Y quién no tiene un amor?
¿Y quién no goza entre amapolas?
¿Y quién no posee un fuego, una muerte,
un miedo, algo horrible,
aunque fuere con plumas,
aunque fuere con sonrisas?

Siniestro delirio amar a una sombra.
La sombra no muere.
Y mi amor
sólo abraza a lo que fluye
como lava del infierno:
una logia callada,
fantasmas en dulce erección,
sacerdotes de espuma,
y sobre todo ángeles,
ángeles bellos como cuchillos
que se elevan en la noche
y devastan la esperanza.
La carencia
Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas

Árbol de Diana
13

explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome

16

has construido tu casa
has emplumado tus pájaros
has golpeado al viento
con tus propios huesos

has terminado sola
lo que nadie comenzó

23

una mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo

la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos

Cuarto solo

Si te atreves a sorprender
la verdad de esta vieja pared;
y sus fisuras, desgarraduras,
formando rostros, esfinges,
manos, clepsidras,
seguramente vendrá
una presencia para tu sed,
probablemente partirá
esta ausencia que te bebe.

Moradas

En la mano crispada de un muerto,
en la memoria de un loco,
en la tristeza de un niño,
en la mano que busca el vaso,
en el vaso inalcanzable,
en la sed de siempre.

Cold in hand blues

y qué es lo que vas a decir
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo

El despertar

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.

Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada

Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde

Señor
Arroja los féretros de mi sangre

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo

 

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