Alcántara, poeta entre periódicos

Alcántara, poeta entre periódicos

Ensombrecida por su colosal labor como articulista, la obra poética de Alcántara descubre a un hombre «bueno y malo lo mismo que cualquiera» que halló en la escritura un refugio para sus obsesiones: «Miradme a los versos. No os engaño»

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Convencido de que la medida de un poeta debe tomarse antes de los treinta años, Manuel Alcántara se afanó en publicar su primer libro, 'Manera de silencio', en 1955. Por entonces ya llevaba una década en Madrid, curtiéndose en lecturas, cafés literarios y licores. Había llegado a la capital por el traslado de su padre, empleado en Renfe. El eco de su infancia en Málaga, donde nació en 1928, resuena en sus primeros poemas, que le permitieron volver a jugar con sus soldaditos de plomo y apartar por momentos la niebla densa de la posguerra. Tiempo después, en 'Niño del 40', escribiría: «No se estaba ya en guerra aquel verano, / mi padre me llevaba de la mano, / yo estudiaba segundo de jazmines».

Porque Alcántara fue, sobre todo, poeta. Aunque se dejase más de media vida en los periódicos, aunque su resplandeciente montaña de artículos de prensa ensombreciera su obra poética. Bebió de Quevedo, Góngora y Cernuda, pero también de colegas de generación como José Hierro o Ángel González. Trasladó aquella pasión a sus columnas, caracterizadas por la poda que ha de regir cualquier buen poema: ninguna palabra inútil, ningún adjetivo prescindible. Añadió su ironía para crear un estilo personalísimo basado en juegos de palabras socarrones que hacían digerible la actualidad e impusieron la feliz costumbre de comenzar a leer el diario por la contraportada.

«Un hombre hecho y deshecho / os habla. Soy distinto cada año. / Tengo un desconocido por el pecho. / Sí. Miradme a los versos. No os engaño», advirtió en 'Biografía'. Y era cierto; sin renunciar a su sentido del humor, Alcántara aparece libre de imposturas en sus poemas, nostálgico e irónico pero nunca moralista. Pronto cultivó el soneto, en busca de endecasílabos redondos, y los reconocimientos no tardaron en llegarle. En 1963 recibió el Premio Nacional de Literatura por 'Ciudad de entonces'. Antes había publicado 'El embarcadero' y 'Plaza mayor', que dejan al descubierto muchas de sus obsesiones, como el deseo de reencontrarse con sus orígenes: «Me hice a la mar, estando hecho al recuerdo, / por perderme otra vez como me pierdo / junto al que fui, cogidos de la mano».

A finales de los sesenta ajustó cuentas con su inseparable añoranza mediterránea al comprar una casa en Rincón de la Victoria. Ya llevaba más de veinte años con Paula Sacristán, con quien tuvo a su única hija, Lola, destinataria de uno de sus poemas más emocionantes: «Siempre tuve un pequeño presupuesto / para el amor. En la melancolía / se me fue lo demás. Si todavía / quedaba algo lo eché en vivir. El resto. / Más vale que lo sepas por mí. Era / bueno y malo lo mismo que cualquiera». Para Alcántara, la poesía era una forma de conocerse pero también de comprender, o intentarlo, el paso del tiempo: «El porvenir de ayer es ya recuerdo / y el niño nunca sabe dónde empieza / el día de mañana cada día».

Su obra pertenece a lo que Dámaso Alonso llamó «poesía desarraigada», marcada por una deriva existencial que el autor malagueño nunca abandonó y que podría resumirse en estos versos de 'Sur, paredón y después': «He venido a buscarme. / Hay un niño extraviado / en medio de la calle». También el escepticismo y cierto rencor, amortiguado con los años, contra una niñez de «hambre y guerra» recorren sus poemas: «Si otros no buscan a Dios, / yo no tengo más remedio: / me debe una explicación». Entre tanta incertidumbre, Alcántara halla refugio en la escritura: «Ahora juego a todo lo que obliga / la impuesta profesión de ser humano, / y a veces, al final de la fatiga, / enseño a andar palabras de la mano».

Silencio poético

Tras 'Ciudad de entonces', el escritor malagueño entró en un período de silenció poético que se prolongó durante más de dos décadas, hasta 1983, cuando publicó 'Anochecer privado', un cuaderno que incluye varias soleás que entroncan con el flamenco y la poesía popular andaluza, como «Mira qué cosa tan rara: / pasé la noche contigo / estando solo en mi cama» o su 'Telegrama a Bécquer': «Mis cuentas no están cabales. / Me falta una golondrina / y me sobran tres cristales». Poco después lanzó el mencionado 'Sur, paredón y después', título sacado de un tango que canta la nostalgia por el barrio perdido y que retrata los intentos de Alcántara por reencontrar las calles y plazas de su niñez: «Su cintura de corcho / en los Baños del Carmen / y el mar de aquel entonces / nadando en las postales».

Su destreza para los juegos de palabras, a menudo cercanos a la metafísica, seguía intacta, como confirmó en 'Este verano en Málaga', editado en 1985: «Y qué más quisiera yo / que quedarme siempre aquí. / Pero no lo quiere Dios». La muerte, de la que a veces se burló, que reclamaba en otras ocasiones, comenzó a ganar terreno en su obra. En 1992 entregó su último poemario inédito, 'La misma canción'. Allí dejó un aviso que ha tardado 27 años en cumplirse: «Y morirme de repente / el día menos pensado. / Ese en el que pienso siempre».

Manuel Alcántara

Excusas a Lola

Si yo no te dijera todo esto,
andando el tiempo, alguien te lo diría.
No te puedo mentir a ti, hija mía.
Mira mi corazón: lo llevas puesto.

Siempre tuve un pequeño presupuesto
para el amor. En la melancolía
se me fue lo demás. Si todavía
quedaba algo lo eché a vivir. El resto

más vale que lo sepas por mí. Era
bueno y malo lo mismo que cualquiera
pero sospeché un aire diferente

y ante ti a veces me sentí culpable
de que vivir no fuera navegable
y te pedí perdón desde mi frente.

En aquel tiempo

Yo tuve el corazón capaz de lluvia.
Ocurría febrero con sus alas
y el tiempo digital nos puso juntas
las manos y los ojos y los cuerpos:
toda la tierra que el amor excusa.

Igual que el viento en las banderas altas
se comportó en nosotros esta música.

Me fui quedando acompañado y cierto,
entendido en los bosques de mi jungla,
leñador orgulloso de raíces
que no debieron nunca estar ocultas.

Lo de siempre se puso a ser distinto:
el mar entero cupo en una urna,
el hielo de los vasos provenía
de una lejana nieve, nuestra y única,
mis manos migratorias se quedaron
a vivir en tu tierra más profunda
y en mi boca, de siempre descontenta,
dimitían de pronto las preguntas.

Presenciadas por dos cambian las torres,
la muerte aplaza sus gestiones últimas
y estar vivo se agita y condecora
igual que el mar sin árboles ni tumbas.
La muerte debe ser como un espejo
donde uno mira y mira sin ver nunca.
Ven cerca. Más. Que entre los dos no quepa
ninguna muerte ni ninguna duda.
Te hablo desde febrero y desde siempre:
sabemos del amor por lo que alumbra,
por lo que tuerce y acrecienta y rige,
por su forma de andar en la penumbra...

Y así, sobre semanas perseguidas,
izamos con esfuerzo nuestra alma.

Le gustaban pocas cosas

Le gustaban pocas cosas:
el alcohol y las ventanas,
el mar desde una colina,
el mar dentro de la playa,

el olor de los jazmines,
los libros de madrugada,
el sol, el pan de los pueblos,
Quevedo, recordar África,
las noches y los amigos,
el verano y tus pestañas.

No pensar nunca en la muerte

No pensar nunca en la muerte
y dejar irse las tardes
mirando cómo atardece.

Ver toda la mar enfrente
y no estar triste por nada
mientras el sol se arrepiente.

Y morirme de repente
el día menos pensado.
Ese en el que pienso siempre.