Jesús Arroyo, el primer bailarín español en el ballet Mariinsky de San Petersburgo: «Hay muchos prejuicios»

Cuerpo de baile. Jesús Arroyo, durante una actuación junto a otros bailarines de la compañía rusa Mariinsky. /R. C.
Cuerpo de baile. Jesús Arroyo, durante una actuación junto a otros bailarines de la compañía rusa Mariinsky. / R. C.

«Es un sueño cumplido», afirma el joven granadino

Susana Zamora
SUSANA ZAMORA

Fascinado con la película 'Billy Elliot', pidió a sus padres que lo apuntasen a una academia de danza. Jesús Arroyo (Granada, 1994) tenía ya diez años, pero se entregó con pasión. Del Conservatorio de Danza de Granada, pasó al Profesional Mariemma de Madrid, y su talento le catapultó solo cinco años después a Europa. En Londres y Munich completó su formación y en EE UU tuvo su primera oportunidad laboral. Allí lo descubrió el director del mítico Ballet Mariinsky de San Petersburgo. «Te vienes conmigo», le dijo hace tres años el coreógrafo, admirado por un estilo propio de la escuela rusa y que el bailarín aprendió en Munich de la mano de su profesor Kirill Melnikov. Desde entonces, este joven de 25 años hace historia en una de las compañías más emblemáticas del mundo.

– ¿Qué queda de aquel niño de diez años que soñaba con ser Billy Elliot?

– Sobre todo, la humildad para seguir trabajando y aprendiendo, con el objetivo de ser mejor cada día.

Pero, a diferencia de la película, usted siempre tuvo el apoyo de sus padres...

– Así es. Lo mejor que me ha podido pasar en mi vida ha sido contar siempre con mis padres; gracias a ellos he podido construir las alas para poder volar.

– ¿Sigue habiendo aún demasiados prejuicios sobre la danza?

– Sin duda. Si preguntase ahora a alguien sobre el ballet clásico, seguro que me dirían: '¿Y tú también te pones tutú y bailas en punta?'. Esa percepción no tiene nada que ver con lo que yo hago.

Le ofende...

– No. Realmente, me produce indiferencia. El estereotipo es fruto de la ignorancia, y una persona que no sabe no me produce ningún sentimiento negativo.

– ¿Qué atmósfera se respira en un ballet por el que han pasado enormes figuras como Rudolf Nuréyev?

– Mucho respeto por el trabajo. Pese a que tenemos ensayos larguísimos, de hasta de cuatro horas sin parar, lo único que se percibe es entrega para intentar ser mejor; es un ambiente muy competitivo. Trabajar en este teatro implica, quizá, una presión y responsabilidad mayores.

Después de todo el día danzando, ¿cómo se relaja uno en la fría Rusia?

– Me encanta ir al cine. Suelo salir con mis amigos y también disfruto de la vida nocturna cuando las actuaciones nos lo permiten.

– ¿Y no mataría por un pionono de su tierra cuando llega derrotado a casa?

– (Risas) Hay mucha leyenda negra sobre la dieta de los bailarines. En realidad, comemos de todo, aunque sea de acuerdo a lo que necesitamos. De hecho, cuando llego a Granada no me privo de nada y como eso que tanto echo de menos cuando estoy en Rusia, como el jamón, el fuet y un buen puchero y unas lentejas de mi madre. Eso sí, por contrato, tienen mi compromiso de que el primer día de trabajo estaré al cien por cien.

Un subidón con Putin

– ¿Le temblaron las piernas cuando actuó frente al presidente Putin?

– Es un subidón de adrenalina. Suele felicitar a todos los miembros de la compañía personalmente, aunque a mí no me afecta tanto porque no es mi presidente. En general, no me pasan factura los nervios. Creo que hay que ser profesional sea quien sea el público.

– ¿Qué ha ido dejando por el camino?

– La vida de un niño de 15 años, hacer amigos que podrían ser para toda la vida, las travesuras de adolescente, ir al instituto... Me encantaba estudiar y me hubiera gustado cursar una carrera. Soy consciente de lo que he dejado atrás, pero no ha sido un sacrificio; es lo que he elegido.

Personal

Formación.
Jesús Arroyo Navarra (Granada, 1994) dio sus primeros pasos en la danza en una academia local. Fue Alejandro Donaire, profesor del Conservatorio de su ciudad, quien vio su potencial.
Políglota.
Además de español, Jesús habla otros diez idiomas: inglés, francés, italiano, alemán, portugués, japonés, árabe, ruso, noruego y sueco
Mariinsky.
Cuna del ballet clásico, en el Mariinsky han actuado figuras como Anna Pávlova, Rudolf Nuréyev y Mijaíl Barýshnikov.

– ¿Qué hubiera hecho de no haberse cruzado aquella película en su camino?

– Seguramente, Traducción e Interpretación. Desde que estuve en Londres, descubrí mi facilidad para los idiomas. Son como un juego.

Ya, pero, ¿cómo es posible dominar diez idiomas a los 25 años y con el ajetreo de vida que lleva?

– Cuando llegué a Londres con 15 años no sabía ni inglés, pero en la escuela había compañeros de otros países que me hablaban en su idioma y me quedaba con la copla. Luego leía libros, miraba tutoriales, escuchaba la televisión¡..., y así fui aprendiendo de forma autodidacta. Tengo una facilidad extraordinaria para los idiomas; en seis meses puedo aprender cualquiera. El último ha sido el árabe.

Menudo cacao mental...

– (Risas) Un poco sí, la verdad. Con frecuencia, me ocurre que si hablo con alquien y hace referencia a otra nacionalidad, inconscientemente, cambio y hablo en ese idioma.

– ¿Qué haría falta para que el ballet en España tuviera la misma consideración que en Rusia?

– Apoyo de las instituciones, creer en este arte. Talento, hay de sobra.

– ¿Se ve en Rusia mucho tiempo?

– No sé lo que me deparará el futuro. Lo único que tengo claro es que el día que no sea feliz, cogeré mi maleta y abriré otro capítulo en mi vida.