Helena y Gabriel

Helena y Gabriel
Sr. García .

Le dije que el próximo domingo estaba previsto que saliera el sol y que las tonterías se derriten con el calor e inmediatamente se olvidan

José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

Fue precisamente la semana pasada cuando llamó por teléfono Gabriel para decirme que su relación con Helena estaba igual que el tiempo. Lo noté preocupado, como tantas otras veces. Miré a través de la ventana y vi la lluvia golpeando con fuerza los cristales, los árboles doblados por el viento, la espuma blanca de las olas arreciando contra la costa. Entonces comprendí que era preciso que ambos tomaran precauciones si deseaban convivir algún día en paz y concordia. Hasta ahora cada uno vive en su casa, solo un par de manzanas los separa. Aunque en realidad comparten casi siempre el mismo espacio, un día lo pasan en casa de Helena, otro día en casa de Gabriel. Un ir y venir, juntos pero no revueltos, hasta cierto punto separados. Soy tan amigo de él como de ella y al oír las palabras de Gabriel enseguida comprendí que los dos tenían que estar alerta para no ser arrollados por el vendaval de sentimientos y pasiones enfrentadas. Le dije que después de la tempestad viene la calma porque conozco el carácter de Helena y sé que tan pronto puede levantar olas de ocho metros de altura como recobrar la calma y sumirse en las aguas apacibles de la concordia. Una mujer espontánea. Le pregunté a Gabriel las causas de la borrasca y respondió que todo estaba tranquilo cuando de pronto surgió una desavenencia por causa de una soberana tontería que fue cobrando cada vez mayor magnitud hasta terminar arrollando todo lo que se hallaba sobre la mesa: platos, vasos, la botella de vino vacía y la botella de vino medio llena. Qué energía, pensé, qué ímpetu, qué personalidad, pero no le dije nada. Me quedé pensando en lo agotadoras que tienen que ser las peleas domésticas a nuestra edad. No me veo yo retirando de golpe el mantel y haciendo volar la cena por los aires del comedor mientras vemos una comedia ligera en la tele. Le aconsejé que se tranquilizaran, que dejasen pasar la borrasca que cada cual llevaba en su cabeza, que no tomaran decisiones precipitadas ni salieran de casa para visitar al otro y exponerse a los imprevisibles azotes del viento. Los conozco desde hace años y supe que al día siguiente o al otro retornarían las aguas a su cauce para volver a desbordarse dentro de unas pocas semanas. Una manera de vivir que yo no acabo de comprender cuando se está a punto de entrar en el sendero definitivo de la tercera edad. Qué lejanos quedan para la mayoría de las personas los ciclones de antaño, los que no dejaban títere con cabeza. Sin embargo, la vida continuaba. Le sugerí a Gabriel que se relajara, que descorchara un cava y dejase pasar el mal tiempo. Ella aceptaría la tregua y probablemente hiciera lo mismo en su casa. Le dije que el próximo domingo estaba previsto que saliera el sol y que las tonterías se derriten con el calor e inmediatamente se olvidan. Después de colgar reflexioné sobre los problemas de la gente que no tiene problemas. Los afortunados que rechazan la suerte que atesoran. Los que hacen un infierno de una estupidez. Detalles sin importancia que consiguen amargarles el presente que nunca regresa. Hay que tener siempre en cuenta que la vida pasa delante de todos nosotros una sola vez. De eso hay que ser conscientes, pensé mientras escuchaba soplar el viento y veía como empujaba de un lado a otro de la terraza los objetos más frágiles. Miré la noche inmensa y despejada. Imaginé a Helena y Gabriel asomados también a la ventana. Los dos deseando recorrer los escasos metros que los distanciaban, un camino de luz sobre abismos profundos, como el río de la luna.

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