De la escritora quemada al científico explosivo

Clarice Lispector./SUR
Clarice Lispector. / SUR

Tal día como hoy nacía Clarice Lispector, que habría de convertirse en la escritora brasileña más importante del siglo XX, y moría Alfred Nobel, que inventó la dinamita

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía Clarice Lispector, quien habría de convertirse en la escritora brasileña más importante del siglo XX, y moría Alfred Nobel, que inventó la dinamita mientras jugaba con la nitroglicerina y el mercurio como si no hubiera un mañana explosivo.

Clarice Lispector 10-12-1920 / 9-12-1977

El 10 de diciembre de 1920 nacía en Ucrania Chaya Pinkhasovna Lispector, que bajo el nombre ya reformado de Clarice habría de convertirse en la escritora brasileña más importante del siglo XX. Cuando Chaya intentaba dar sus primeros pasos ucranianos, la familia se fue a parar a Pernambuco, no metafórica sino literalmente, y allí fue donde la futura narradora dejaría de gatear al modo eslavo para caminar a ritmo de samba, y de balbucear ronroneos cirílicos para primero gorjear y acto seguido novelar en lengua romance flexiva.

Después se casó con un diplomático y a lo largo de cinco años trasladó su constante saudade nacional de Londres a París, de París a Berna y de Berna a Washington, hasta que envió al diplomático a freír tomates verdes y regresó a Río de Janeiro donde alternó la actividad periodística con un ejercicio de la literatura que en 1966 estuvo a punto de costarle la vida ya que mientras corregía uno de sus manuscritos se durmió, no sabemos si por el aburrimiento que le produjeron las páginas en fase de revisión o por hallarse exhausta como consecuencia de un licuado neuronal excesivo.

El problema no fue la cabezadita en sí, sino que el sueño la sorprendió cigarrillo en mano y su dormitorio ardió por completo y, a la vez que se despertaba bruscamente de la siesta se achicharraba en tercer grado en varios lugares de su cuerpo, incluyendo su mano derecha, que los médicos decidieron en primera instancia amputar e indultaron después, si bien la movilidad se había quemado definitivamente como consecuencia de la salvaje siesta y la no menos salvaje fiesta pirómana, y Lispector quedó mutilada por sus cicatrices epidérmicas y por las depresiones consecutivas aunque, como no hay mal que cien años dure ni cuerpo quemado que lo resista, una década más tarde un fulminante cáncer de ovarios le quitó la depresión y la respiración pocos días después de la publicación de su última novela. ‘La Hora de la Estrella’, finalmente.

Alfred Nobel 21-10-1833 / 10-12-1896

Veinticuatro años antes del nacimiento ucraniano de Clarice Lispector, moría en la italiana San Remo el sueco Alfred Bernhard Nobel, como consecuencia de una hemorragia cerebral que, a la vez que a él lo apoplejiaba en sucesivas embolias, detonaba su testamento tras haber detonado la dinamita que el sueco, haciéndose el ídem como el que más, había inventado mientras jugaba con la nitroglicerina y el mercurio como si no hubiera un mañana explosivo, a la vez que fabricaba cañones en cadena y escribía un poco de poesía considerada como escandalosa y blasfema para pasar el rato mientras esperaba en la oficina de patentes hasta un total de trescientas cincuenta y cinco veces para registrar sendos inventos.

A la posteridad le donó en forma de testamento, además de los académicos premios homónimos anuales que incluyen el paradójico galardón de la Paz pagado con peculio armamentístico, el undécimo elemento sintético de la tabla periódica bautizado, como no podía ser de otro modo, con el nombre de Nobelio, tras cuyo número atómico ciento dos y símbolo no se oculta un decaimiento de partículas alfa portadoras de un ion de helio doblemente cargado, lo cual dicho así podría provocar algún bostezo si no fuese porque, en el tiempo que tardaría usted en bostezar ya podría haber explotado de una forma absolutamente nobelesca y, si se dan las circunstancias apropiadas, hasta novelesca.

También donó el sueco profesionalmente explosivo y cerebralmente explotado, un asteroide 6032 que orbita alrededor del Sol, y un cráter de impacto en la cara oculta de la Luna, al borde de una gran falda de materiales eyectados y vecino de oscura lunidad del cráter Mees dedicado al científico de la compañía fotográfica Kodak, de la concavidad correspondiente al astrónomo norteamericano Pease y del hoyo selénico que homenajea a Elvey, el primer geofísico en estudiar las auroras boreales. Y borealmente adjö, como diría el sueco Nobel.

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