La ciudad redimida

Me gusta que adquieran protagonismo y notoriedad los rincones olvidados, lo mismo que me ocurre con los suburbios y las personas

La ciudad redimida
Sr. García .
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .Ilustración

De pronto, precisamente en vísperas de la Semana Santa, la ciudad ha cambiado de sitio. Adonde quiera que vaya he de tomar una calle por la que antes apenas pasaba nunca. Ando entre el gentío con la sensación de ir a contracorriente. Como si alguien hubiera dictado sentencia y nos mandara transitar por calles, plazas y pasajes anónimos, que raramente pisábamos. Doblo por una esquina y me encuentro con un edificio que he visto en innumerables ocasiones pero que al descubrirlo desde otra perspectiva cobra una vida distinta. Aquellos hoteles y balcones que hasta hace sólo unos meses eran considerados sitios excepcionales para contemplar las procesiones, ahora no valen nada. Por el contrario, hay otros hoteles ubicados en calles que quedaban a trasmano y actualmente alcanzan un interés insólito. Me gusta que adquieran protagonismo y notoriedad los rincones olvidados, lo mismo que me ocurre con los suburbios y las personas; aunque también he de confesar que me entristece comprobar cómo aquellos lugares extraordinarios hace tan sólo un año, hoy caen en el olvido. Así es la vida de imprevisible y caprichosa. Una cuestión de fortuna.

Algo sucede bajo la piel de asfalto de la ciudad. Hay quienes dicen que son las obras del metro las que han cambiado los itinerarios habituales. Sin embargo, yo creo que el metro es una mera excusa. La realidad es que hay un tesoro escondido y las autoridades han ordenado escavar hasta encontrarlo. Hay que conseguirlo a cualquier precio, aunque para ello sea preciso llegar al centro de la Tierra. Esta anécdota urbana me recuerda la ciudad fantástica de Castroforte de Baralla que fundó Gonzalo Torrente Ballester. Una ciudad que en circunstancias concretas ascendía por los aires con todos sus habitantes. Málaga también arranca las tuberías subterráneas de agua y gas para levitar en Semana Santa con todos nosotros dentro. Hasta que pasan los días de celebración y casi todo vuelva a su sitio, digo 'casi' porque en realidad nadie sabe lo que puede acontecer en el futuro, quizás este año nos quedemos colgados en el aire para siempre. No olvidemos tampoco que las ciudades poseen vida propia y no podemos hurgar en sus entrañas como si no pasara nada. Me produce un profundo temor el hecho de que a Málaga se le revuelvan las tripas y vomite todo aquello que le ha sentado mal. No quiero ni imaginar que esta ciudad acogedora y tranquila entre de repente en erupción. Sería terrible que los inofensivos boquerones se convirtieran en prehistóricas lampreas, esos peces más antiguos que los dinosaurios que se alimentan de sangre.

Últimamente me identifico con los turistas que vienen a ver la Semana Santa sin saber que el recorrido habitual está vuelto del revés. Soy un extranjero en mi propia ciudad. Salgo a la calle y no sé por dónde comenzar el viacrucis de la vida cotidiana. Lo peor de todo es que no existe ningún plano de la ciudad en construcción. Al pasear por la Alameda Principal regreso al pasado y me traslado a la Semana de Pasión que aconteció en Jerusalén hace más de dos mil años. Enseguida descubro que no hace falta montar ninguna escenografía en el Centro de Málaga, simplemente hay que dejar el camino de arena y tierra entre los escombros. La ciudad en obras. Ando despacio por la Alameda como si caminara por la Vía Dolorosa de Jerusalén hace 2020 años. Imagino a la chiquillería la mañana del Domingo de Ramos desfilando con sus palmas y palmones tras la imagen de Jesús. Imagino los pasos lentos del hombre cautivo, lo imagino con la corona de espinas arrastrando la cruz. Y también lo imagino muerto y sepultado en la ciudad oscura. Imagino el dolor de los seres queridos. El arrepentimiento de los culpables. Y lo vuelvo a imaginar caminando radiante en contrasentido el próximo Domingo de Resurrección por estas mismas calles de la ciudad redimida.