Hitchcock, el maestro del suspense sexual

Grace Kelly, la preferida de Hitchcock, en una escena de 'La ventana indiscreta'./
Grace Kelly, la preferida de Hitchcock, en una escena de 'La ventana indiscreta'.

Un libro revisa la obsesión del cineasta por las actrices rubias. Grace Kelly fue su preferida y Kim Novak y Tippi Hendren, las que más lo sufrieron

FRANCISCO GRIÑÁNMálaga

Antes de que existieran las chicas Bond o las mujeres Almodóvar al borde de un ataque de nervios-, la mitología femenina asociada a una marca de cine fueron sin duda las rubias de Hitchcock. Don Alfredo las mimaba y las elevaba al altar de la mitología, aunque sin ocultar su misoginia. Ahora, Serge Koster acaba de publicar en España Las fascinantes rubias de Alfred Hitcthcok, un ensayo sobre los iconos sexuales en la obra del cineasta y la vertiente erótica de sus protagonistas. Desde la mimada, Grace Kelly, que le puso los cuernos y lo abandonó cuando aceptó el papel permanente de princesa monegasca, hasta la fugaz sustituta Kim Novak, demasiado voluptuosa para el perfil que le gustaba al director británico. Junto a ellas, el volumen revista a dos artistas que lograron con el cineasta sus mejores interpretaciones, Eva Marie Saint y Tippi Hedren. Un cuarteto que completa el repaso de este curioso volumen en el que Koster (re)ubautiza al autor de El hombre que sabía demasiado (1956) o Los pájaros (1963) como el maestro del suspense sexual.

Grace Kelly, la preferida

Y es que para este escritor francés, el misterio no es el gran hallazgo de las películas de Alfred Hitchcock, sino su capacidad para hechizar a los espectadores con sus actrices fetiches y para crear una constelación estética y erótica sin par. Si hay un enigma en las películas de Hitchcock, es el gran enigma que provoca el sexo femenino, argumenta Koster que admite también la construcción de algún personaje discutible en la filmografía del británico como la sofisticada chica encarnada por su actriz fectiche, Grace Kelly, en Atrapa un ladrón (1955), cuyo único cometido es el matrimonio con el escurridizo Cary Grant.

Precisamente, la vida conyugal es una de las obsesiones de Hitchcock y la puso especialmente en práctica con Grace Kelly, a la que atormentó por adúltera en Crimen perfecto (1954) con ese inquietante marido encarnado por Ray Milland. Pero la culminación de ambos, Grace & Alfred, fue La ventana indiscreta (1954), esa supuesta metáfora del cine con un James Stewart impedido y voyeur que espía a todo el vecindario desde su cuarto como si estuviera en un patio de butacas, pero que para Koster tiene como tema central el matrimonio: el vecino que supuestamente descuartiza a su pareja y la amiga del incapacitado protagonista que se arriesga por él para descubrir al asesino y, a la vez, ir atrapando al inválido bajo el influjo de su cabellera rubia. Esa era Grace Kelly.

Kim Novak, la sustituta

Koster también hace justicia con Kim Novak, la denostada protagonista de Vértigo (1958). La elegida para la película fue Vera Miles, pero un embarazo la dejó fuera de juego y el estudio impuso a la actriz de Picnic (1955). La explicación freudiana es que Novak se jactaba de sus pechos, pero el maestro inglés en lo que se fijaba era en los culos. Pese a ello, la actriz supo estar a la altura de esta historia en la que no se distinguen la trama policiaca, la angustia efectiva y la indagación metafísica, asegura el autor de libro que encuentra un llamativo paralelismo entre el protagonista y el propio director: Es extraño que el maestro no se diera cuenta de la analogía de las situaciones: se esfuerza por modelar a la actriz de acuerdo con su idea del personaje del mismo modo que James Stewart se empeña en recrear una mujer a partir de la imagen de una muerta. Una papelón para Novak, de la que salió triunfante. Es difícil imaginar Vértigo con otra protagonista.

Eva Marie Saint y Tippi Hedren, las rubias fugaces

De Eva Marie Saint, Koster destaca que frente a su silueta ingrata y anodina en La ley del deseo (1954) pasó a integrar la banda sublime de rubias aduladas por Hitchcock en Con la muerte en los talones (1959), mientras que de Tippi Hedren realiza una reivindicación de la actriz como intérprete y presencia omnipresente en Los pájaros (1963) y Marnie, la ladrona (1964), y achaca el desdén con el que la trató el mago del suspense sexual a los rumores que decían que la protagonista se negó a atender ciertos requerimientos del director más allá de la pantalla. Verdad o leyenda, lo cierto es que Hitchcock se comportó con Hedren como un pretendiente rechazado.

Ingrid Bergman, el beso de la morena

Y aunque son cuatro rubias las que protagonizan este libro breve, conciso, divertido, psicoanalista y con su punto perverso, la obra del genio británico también admite excepciones, como la cabellera morena de Ingrid Bergman en Encadenados (1946) que ha dejado para la historia uno de los besos más largos, lentos y lujuriosos de la historia del cine. Todos estos nombres, asegura el autor del ensayo, forman parte de una época irrepetible en el que las actrices y los actores alimentaron una fascinante mitología ya desaparecida frente al mediocre estatus de artista al que el cine actual reduce a sus protagonistas más notorias.

 

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