Blade Runner

Hay demasiada prisa por llegar a ningún lado. Entre tanto, los paseantes corremos serios riesgos

Blade Runner
Sr. García .
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .(Ilustración)

L a ciudad va sobre ruedas. No es fácil pasear en medio de tanto ajetreo. Miro a un lado y otro antes de salir del portal de un edificio o cambiar de acera. Me pego a la pared y camino con precaución. Los vehículos se cruzan veloces por todas partes. Vehículos a dos ruedas, tres, cuatro, ocho. Ando con precaución cada vez que piso la calle. No me atrae la velocidad, salvo la de los aviones que vuelan lentos por el cielo. El otro día vi un grupo de turistas haciendo footing tras un guía que encabezaba la marcha sin detenerse mientras iba señalando la catedral a su derecha y supongo que después haría lo mismo con los lugares más relevantes que hay repartidos por la ciudad. Era mediodía y hacía un calor inmenso. Los turistas corrían sudorosos con su botellín de agua. Seguían al guía y volvían la cara un instante para ver el monumento que acababan de dejar atrás. La ciudad descubierta a toda marcha, como si estuvieran decididos a abandonarla sin apenas haberla conocido.

Yo continúo andando pegado a las fachadas de los edificios hasta refugiarme en un bar. Las compras domésticas suelo hacerlas a primera hora de la mañana, cuando abren las tiendas y todavía no hay demasiados vehículos circulando por la calles. Apenas cojo el coche, únicamente para recorrer la larga distancia que separa el sitio apartado en el que vivo del barrio más próximo de la ciudad. Voy con cuidado cuando conduzco por el Centro y me cruzo con los autobuses turísticos que son los amos del asfalto. La ciudad se queda más tranquila cuando cae la tarde y los turistas se encaminan al puerto para subir a las otras ciudades flotantes que se alejan lentamente.

A veces tengo la sensación de vivir rodeado de niños traviesos. Hubo un tiempo en el que yo también iba en patinete, triciclo, bicicleta. Quizá la gente mayor echa de menos el pasado y por eso alquila algunos vehículos como los de entonces. Hasta que se cansan de jugar y lo dejan aparcado en cualquier esquina de la ciudad. Me dan lástima los patinetes abandonados y las bicicletas impersonales que pasan las noches a solas en aparcamientos públicos. El mundo está organizado para la vida rodada. La gente no anda, no da paseos, la mayoría de los turistas prefieren ir de pie sobre los segway, manteniendo el equilibrio, avanzando sin moverse, sin tan siquiera impulsar con una pierna el patinete y dejarse llevar por los impulsos. Hay demasiada prisa por llegar a ningún lado. Entre tanto, los paseantes corremos serios riesgos. El peligro acecha en las aceras y en los pasos de peatones. Las calles peatonales son mentira.

Antes de que llegara la invasión de vehículos, yo paseaba por el Paseo Marítimo con una amiga que iba con patines. Ella se alejaba y volvía a mi encuentro. Hacía piruetas, era una artista. Hoy la patinadora sólo muestra su destreza en pistas de hielo. Me dijo que había ganado premios, ahora ya no es tan feliz. Yo evito el peligro de la calle paseando de un lado a otro del pasillo de casa. Me compré una cinta corredera y una bicicleta estática, pero enseguida me aburrió pedalear y caminar viendo siempre el mismo paisaje. Mirando la distancia recorrida en el cuentakilómetros, la velocidad, sin hablar con nadie. Le dije a mi amiga que viniera a visitarme y jugábamos juntos. Le hizo gracia. Respondió que dentro de casa no había suficiente espacio para patinar, que el pasillo era corto y estrecho. Añadió que las demás habitaciones tenían demasiados muebles.

Estoy sentado en la terraza mirando la señal que dejan los aviones por el cielo infinito. Me gustan los que vuelan solos, sin piloto, sin pasajeros, sin nadie dentro. A lo mejor algún día iremos volando todos por la ciudad buscando nuestro lugar en el aire como el cazarecompensas de la película.