Ágatha Ruiz de la Prada: «Si un traje mío vale más de 70 euros no se vende; si vale 40 arrasa»

Ágatha Ruiz de la Prada, en el Thyssen. /Migue Fernández
Ágatha Ruiz de la Prada, en el Thyssen. / Migue Fernández

«Quien no entiende el arte contemporáneo, no entiende por qué hago estas cosas tan raras», asegura la diseñadora en un encuentro organizado por la Térmica y el Thyssen

Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

Hizo una entrada muy 'a lo Ágatha': en silla de ruedas, con su tobillo roto envuelto en una funda rojo pasión a juego con el corazón de su vestido. Como ella dijo en un momento de su intervención: hay gente «que le gusta o que detesta» su estilo, pero «todos lo reconocen». Ágatha Ruiz de la Prada clausuró esta mañana el ciclo de conferencias 'La moda en el arte', organizado por la Térmica y el Museo Thyssen, escenario del encuentro. Durante una hora y media de charla, la diseñadora habló de sus orígenes aristocráticos, detalló su estrecha relación con el arte contemporáneo y analizó su intensa y exitosa faceta comercial. «¿Cuántas personas de aquí han tenido algo mío, aunque sea un bolígrafo?», preguntó. Solo una persona, en un auditorio al completo, no levantó la mano. Ahora bien, todo tiene un precio: «Si un traje mío vale más de 70 euros no se vende; si vale 40 arrasa», admitió al hilo de la democratización de la moda y los hábitos de consumo.

Para entender por qué hace vestidos con aro y dibuja flores, hay que ir al principio, a su educación en una familia de la alta sociedad y cultivada. «Mis antepasados por parte de padre eran grandes mecenas de Goya; y por parte de mi madre, de Gaudí. Desde siempre tengo la experiencia de que el arte es una cosa muy superior», declaró en una charla moderada por Patricia Soley, especialista en sociología del cuerpo. Su padre le regalaba por su cumpleaños joyas diseñadas por Berrocal y una de sus mayores diversiones era acompañarle a exposiciones donde su progenitor, «con un ojo extraordinario», adquiría una nueva pieza para su colección. Siempre estuvo muy cerca del escultor malagueño, del Equipo Crónica, del Grupo de Cuenca, de El Paso… Cuenta que en selectividad le preguntaron por el arte moderno en España: «No pude tener más suerte, era como hablar de mi calle».

Migue Fernández

Todas esas formas, esos trazos y esos colores forjaron su estilo. «Por eso, quien no entiende el arte contemporáneo no entiende por qué hago estas cosas tan raras». Si a eso se une su vocación de «arquitecta frustrada» (la profesión de su padre), se llega a esos volúmenes casi imposibles que definen sus trajes. Y si se conoce su afición por la pintura desde niña, se comprende su «lenguaje gráfico» basado en corazones, flores, gotas, estrellas, nubes… que ella imprime a cualquier objeto que se le ocurra. «Me he pasado toda mi vida haciendo las mismas cosas siempre», admitió. Y funciona. El año pasado hizo 74 desfiles y recibió 28 premios, un ritmo de vida y de trabajo que ahora le deja poco tiempo para «desear», su impulso para la creación. «Ahora voy llevada por los acontecimientos, cuando antes soñaba los acontecimientos», dijo.

La Movida madrileña le dio «el espaldarazo» para ser conocida internacionalmente, y El Corte Inglés le abrió las puertas de las ventas masivas en todo tipo de formatos. «Siempre me ha gustado muchísimo vender, se te pone la adrenalina a tope», admitió. Está convencida de que la alta costura «es una cursilada» y por eso apuesta por «productos bonitos y repetibles, cuanto más mejor». Ropa para adultos, niños y recién nacidos, sábanas, azulejos, braguitas, relojes, sillas, zapatillas, cajitas, sartenes, cuchillos, lavabos, cortinas, perfume… Y todo, absolutamente todo, lo usa ella misma. «Nunca me pongo nada de otro diseñador».