Palabras con mucha historia

El académico Juan Gil revisa en un libro el origen y los avatares de tres centenares de vocablos y cómo cambia su significado y su uso

MIGUEL LORENCIMadrid

¿Sabía que guiri procede del euskera? ¿Que capicúa es una traducción literal de la expresión catalana cap i cua, cabeza y cola?¿Que la palabra condón no viene del doctor Comdom, a quien se atribuye la invención del artilugio y que el interfecto quizá no existiera? ¿Qué retrete procede del occitano, inmolar de la costumbre de echar harina salada a las víctimas del sacrifico o dólar de de la palabra germana tálero? Son sólo algunos de los ejemplos de 300 historias de palabras (Espasa), un libro dirigido por el académico Juan Gil, titular del sillón e minúscula en la Real Academia Española (RAE), y que se propone enseñar divirtiendo. Desvelando las maravillosas, insólitas y a menudo muy desconocidas historias que encierran el origen y el uso de tres centenares de vocablos.

El español está lleno de préstamos del latín, el griego y el árabe, además del francés o en inglés, pero también hay palabras procedentes del japonés, del vasco o del catalán que se han adaptado en su forma y muchas veces también en su significado, explica el catedrático y filólogo. El léxico es un volcán y está en constante ebullición y su continua renovación se debe a infinidad de causas, agrega. Evoluciona la mentalidad del hablante, sus circunstancias, sus costumbres y modos; las formas vulgares alternan y conviven con las cultas; se crean nuevas palabras, ya sea por interpretación equivocada o de manera deliberada, y su éxito dependerá de la aceptación que tengan entre los hablantes, señala el académico y catedrático durante más de tres décadas en la Universidad de Sevilla y miembro de la RAE desde 2011.

La lengua es la democracia perfecta. Crear una nueva palabra está al alcance de cualquiera, pero el éxito final dependerá de la mayor o menor aceptación que ésta tenga dentro de la colectividad. Las palabras, como lo seres vivos que son, nacen, se desarrollan y mueren, explica Gil Fernández, investigador de latín clásico, el latín del Renacimiento, la lingüística indoeuropea en los textos antiguos griegos y neogriegos, las minorías religiosas y la escatología, entre otros campos.

El libro que ha coordinado y dirigido junto a Fernando de la Orden es de lectura tan entretenida como provechosa. Desvela curiosidades como que adefesio proviene del latín, de la corrupción de Ad Ephesios, a los efesios, la célebre epístola de San Pablo que se leía en las bodas; que la palabra siesta procede del latín y alude la sexta hora, la del mediodía, que las muy femeninas bragas es una palabra de origen masculino y denominaba a los calzones, o que tanga es un vocablo de la lengua tupí y alude a los nativos de la costa brasileña que, a la llegada de los portugueses, cubrían sus genitales con una especie de taparrabos.

El lenguaje cambia y lo hace velocidad de vértigo, como la vida, dice el filólogo convencido de la buena salud de nuestra lengua. El idioma es indestructible y si se habla mal aquí no pasa nada, porque seguro que en otros lugares se habla de maravilla, estima Juan Gil. Tampoco cree que los jóvenes, a quienes se crítica por su supuesta penosa manera de hablar no hablan hoy peor que los de hace 40 o 50 años. Eso sí, lamenta que los políticos y la corrección política nos cubran de eufemismo, llevados de su mezquino afán de disfrazar las coas y no llamar nunca al pan, pan y al vino, vino.