La época dorada de Torremolinos

En Barbarela, una de las primeras salas de fiesta del municipio, llegó a cantar Tom Jones./
En Barbarela, una de las primeras salas de fiesta del municipio, llegó a cantar Tom Jones.

La apertura de la sala El Mañana descorchó aquella intensa etapa en lo que, por entonces, era una barriada que acabó convertida en todo un referente del ocio nacional por la visita de estrellas y el ambiente de sus discotecas y bares

ALBERTO GÓMEZ

No todas las noches eran de boda, como suplica Sabina, pero sí hubo un tiempo en que todos los días eran una fiesta en la Costa del Sol. Decenas de salas nocturnas comenzaron a trufar el horizonte gris de algunos municipios costeros aún en pleno franquismo y en la década de 1950 abrieron locales míticos como El Mañana en Torremolinos, con un recordado jardín de arbustos y magnolias. Espectáculos diarios, orquestas y dos pistas de baile servían de gancho para llenar de público sus 600 metros cuadrados. Aquella sala fue el primer local de ocio destacado de la costa malagueña, que consiguió abrirse hueco como referente festivo internacional pese al yugo de la dictadura.

Ya en los sesenta fue inaugurada Barbarela, llamada así en honor al famoso personaje de cómic encarnado en el cine por una galáctica Jane Fonda. La estética espacial había llegado a Torremolinos, por donde empezaron a verse los primeros bikinis plateados. Un joven pero ya exitoso Tom Jones amenizó alguna que otra velada en esta sala psicodélica y futurista que cerró en 1972. Otro de los lugares más frecuentados aquellas noches que podían prolongarse durante días era Cleopatra, situada en la avenida Carlota Alessandri y que se convirtió en todo un emblema de la época. Allí se realizaron los primeros stripteases del país. Y también comenzó el reparto de flyers, aunque por entonces los anglicismos aún no habían atiborrado hasta el cólico nuestro lenguaje y aquello se llamaba simplemente publicidad. Todo un séquito egipcio, con cuadriga, reina y esclavos incluidos, patearon las playas de Torremolinos para anunciar la apertura del local, enmoquetado en color rojo y coronado por una gigante reproducción de la cabeza de Cleopatra.

Mach One descorchó la época ye-ye con suelos metalizados, asientos distribuidos en gradas, una boutique y una cabina espacial para el programador musical. A unos pasos estaba la discoteca Galaxy. También en el entorno de la actual plaza Costa del Sol había clubes como el Scotch, regentado por Steffano Capriatti, padre de la tenista Jenniffer Capriatti. El Jockey Club y la discoteca Le Bilboquet convivían con tabernas flamencas y bares castizos como el Central. También la música alternativa tenía hueco en espacios como Bettys Bar o Blue Note, especializados en jazz y cuyos pianos de cola servían como barra. Las salas de fiesta El Tabarín y Le Fiacre sirvieron como germen de la macrodiscoteca Pippers, donde las lentejuelas, los tacones y los colores vivos imponían su ley: Prohibido prohibir.

Pedros, The Red Lion, Wendys, Holanda Bar, Moby Dick, Bossanova, Franser Bar, Serafino, El Refugio, Mi Bohío o Los Rumberos son otros de los nombres escritos con letras de oro en la breve pero intensa etapa de Torremolinos como referente de ocio. A la entonces barriada malagueña acudían estrellas como Frank Sinatra, Ava Gardner, Jean Cocteau, Brigitte Bardot, Keith Richards, Raquel Welch, Grace Kelly o Elizabeth Taylor, que cenó y bailó hasta agotarse en El Mañana. Los grupos de pop no faltaban a su cita con Top Ten, El Groto o Top Twenty y los amantes de la cultura francesa encontraban un refugio en Caf Conç, un cabaret con espectáculos a diario.

Uno de los testigos de aquella época es Miguel Sánchez, fundador de MS Hoteles, que en la actualidad cuenta con establecimientos como Amaragua, Tropicana, Aguamarina, Maestranza o Fuente Las Piedras. Pero antes de convertirse en uno de los empresarios turísticos más poderosos de la provincia, Sánchez fue barman en el Hotel Alay, hoy de su propiedad. «Había orquestas, dúos y música en vivo todas las noches y durante todo el año. Torremolinos no cerraba nunca». Sánchez asegura que estas discotecas «formaban parte del producto turístico de la zona, y para completar la oferta actual es necesario recuperar ese ambiente». Reconoce que mientras el espacio dedicado a la gastronomía «se ha mantenido e incluso crecido», el ocio ha quedado reducido a lo anecdótico: «Eran sitios de lujo en cuanto a decoración y servicio. Venían artistas, empresarios, políticos y deportistas. Recuerdo salas como El Metro, que estaba llena todos los días del año, y bares de copas con piano». Siempre con música en directo, algo impensable en la actualidad.

José Luis Cabrera, funcionario malagueño nacido en Casablanca, y Lutz Petry, fotógrafo de origen alemán, también rescatan desde hace más de una década imágenes, postales y anécdotas de esos años. Lo hacen en su página web (www.torremolinoschic.com), y también a través de una exposición titulada Hijos de Torremolinos. En ella reviven la época dorada de la localidad, que estrenó las bolas de espejos y los sensuales bailes de las gogós en locales como Tiffanys, que hoy engrosan el recuerdo de unos lustros en los que cada noche era una fiesta.

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