La Granizada

Pierre Grandidier: «Los rumores agravan el ébola»

Cuando no trabaja en el otro extremo del mundo, Pierre vive en Granada. /ALFREDO AGUILAR
Cuando no trabaja en el otro extremo del mundo, Pierre vive en Granada. / ALFREDO AGUILAR

Se enroló en una misión de Cruz Roja para enterrar muertos y combatir los bulos sobre la epidemia en República Democrática del Congo

INÉS GALLASTEGUI

La mayor parte del tiempo, Pierre Grandidier (Metz, Francia, 1975) lleva una vida tranquila en Granada, donde trabaja como consultor autónomo, toca la guitarra eléctrica y corre por las montañas. Pero, dos o tres veces al año, se enrola como delegado humanitario de los equipos de respuesta en urgencia (ERU) de la Federación Internacional de Cruz Roja para ayudar a víctimas de desastres naturales. El tifón 'Haiyan' en Filipinas en 2013, las inundaciones en Burundi en 2014, el terremoto de Nepal en 2015 y el huracán 'Matthew' de Haití en 2016 son algunas de las crisis en las que ha trabajado. Su última misión, en octubre, fue viajar a la República Democrática del Congo (RDC), donde la organización da sepultura a víctimas del ébola. La OMS ha declarado emergencia sanitaria internacional el último brote de esa fiebre hemorrágica con un 50% de mortalidad en el país africano, cinco veces más grande que España.

- ¿Enterró cadáveres con sus propias manos?

- No. Lo hacían voluntarios locales con especialistas que ya estuvieron en el brote de 2014 en África occidental, en el que murieron 11.000 personas. Mi trabajo en Beni, en la provincia de Kivu Norte, era coordinar la recolección de datos y la gestión de la información sobre los fallecidos. El problema es que las familias quieren lavar los cuerpos, ya que forma parte del ritual funerario, pero es muy peligroso porque son extremadamente contagiosos. Médicos sin Fronteras gestiona los Centros de Tratamiento del Ébola (CTE) y Cruz Roja, el enterramiento digno y sano: hay que poner los cuerpos en fundas estancas, descontaminar todo lo que haya tocado el enfermo e inhumarlo en un cementerio especial. Los posibles contactos son objeto de seguimiento.

- ¿Hay resistencia de la población a estas medidas?

- Sí, por eso es tan importante explicar a la población lo que hacemos y recibir sus quejas y sugerencias. En esta crisis, los rumores hacen mucho daño. Hay un conflicto armado desde hace más de veinte años y la gente no confía en las autoridades. Creen que el ébola es un invento del Gobierno o de los extranjeros, que lo envían desde satélites, que es brujería... Tenemos que desmontar esos bulos porque, si no, la gente no se protege ni se trata. Cuando aparecen los síntomas, van a ver a un curandero. Para cuando llegan al hospital, están tan enfermos que muchos ya no salen nunca. Eso retroalimenta la idea de que los CTE son centros de exterminio. A veces los voluntarios son recibidos con violencia.

Al detalle

Formación
Nacido en Metz (Francia) en 1975, estudió ADE y se dedicó a la gestión empresarial. Habla francés, español, inglés y alemán.
En unas vacaciones
en Madagascar con su pareja, Jordane, fue testigo de la pobreza extrema de la población. En 2012 empezaron a trabajar como delegados humanitarios a través de Cruz Roja Benelux.
Participa
en equipos de respuesta de urgencia y trabaja en casa en el desarrollo de un método de formación a distancia para personal de Cruz Roja.

- En otras emergencias, la población agradece la ayuda...

- Es que para nosotros es una emergencia, pero ellos no lo ven así. La situación guarda similitudes con 'La peste' de Albert Camus: en la novela hay ratas muertas en la calle, personas con bultos o tosiendo sangre, pero la población de Orán se resiste a creer que hay una epidemia y a aceptar medidas de precaución. Las 'fake news' hacen mucho daño. Hay que cuidar las fuentes de información porque, si no, somos presas fáciles de las teorías de la conspiración, caemos en miedos sin fundamento.

Sin contacto

- Debió de ser duro...

- A los delegados nos relevan cada uno o dos meses, porque es un trabajo muy exigente: doce o catorce horas al día, con toque de queda, tiroteos por las noches... Es una operación sin contacto; durante semanas, no puedes tocar absolutamente a nadie y hay que desinfectarse las manos todo el rato.

- Cuando salió de allí, ¿tuvo miedo de haber contraído el virus?

- Vacunarse era optativo y yo no lo hice, porque no quería estar diez días de mi estancia debilitado. Vivíamos y trabajábamos en un hotel de Beni unos 30 delegados. Pero había muchas reuniones con otras ONG, con las autoridades, la OMS... Durante mi estancia, el fontanero de la OMS se contagió. Una vez de vuelta, si no has tenido ningún incidente de posible contagio, solo tienes que tomarte la temperatura dos veces al día durante tres semanas. Estuve en contacto con el Ministerio de Sanidad, pero no pasó nada.

- A la vuelta, ¿cómo reaccionó su entorno al saber que había estado en una zona con ébola?

- No sé si sería coincidencia, pero la verdad es que durante esas primeras semanas no vi a mucha gente... No quieren oír cosas tan duras: te escuchan cinco minutos y luego pasan a hablar de la próxima fiesta, la siguiente carrera... La vida sigue.

- ¿Es optimista sobre el brote?

- Cuando yo me fui, había 400 muertos y hoy son más de 1.700. El de 2014 fue un brote en tres países, hubo contagios en Estados Unidos, Reino Unido y España, y al final se consiguió frenar. La Cruz Roja y otras organizaciones están haciendo un papel muy importante. El problema en la RDC es que, tras veinte años de guerra, la población ya no tiene esperanza en la vida. Después de haber estado en todos esos sitios, pienso qué suerte tenemos de vivir aquí. No entiendo a la gente que se queja, a los que dicen que España no funciona... No lo acepto.