El "festival del clítoris" y otras traducciones locas de Google

El "festival del clítoris" y otras traducciones locas de Google

La traducción automática mejora, pero no sustituye a la humana. Estas herramientas no saben historia, gramática ni literatura. Son pura estadística

INÉS GALLASTEGUI

El dicho italiano ‘Traduttore, tradittore’ ( traductor, traidor) gana enteros. La idea de que pasar un escrito a otro idioma es, inevitablemente, vulnerar el sentido que quiso darle su autor se ha hecho más cierto que nunca en Santander, donde el Ayuntamiento confió la traducción de su página de turismo a Google Translate con resultados desastrosos: no es que traicionaran el espíritu de la letra, es que los textos no tenían pies ni cabeza. El servicio gratuito convirtió el Centro Botín en ‘Loot Centre’ (centro del pillaje) y el casco histórico en ‘historic helmet’, que es casco, sí, pero de moto. Igual de absurdos resultaban los pasajes en alemán, francés, italiano, portugués y polaco, y la ciudad cántabra ha hecho un ridículo planetario al transformar una web destinada a ofrecer información clara a los visitantes en un galimatías indescifrable. «Quizá llegue el día en que la traducción automática nos quite el trabajo a los profesionales, pero no es inminente. Su gran problema es el contexto: las máquinas no conocen el mundo», reflexiona Jan-Hendrik Opdenhoff, vicedecano de la Facultad de Traducción e Interpretación de Granada.

No es la primera vez –ni será la última– que este servicio gratuito mete la pata. En España, uno de los casos más sonados fue el anuncio de la celebración en As Pontes del «festival del clítoris», que hizo mundialmente famosa por unos días a la localidad pontevedresa. Al parecer, la máquina mezcló el significado oficioso de la palabra ‘grelo’ en Brasil al anunciar en la versión en inglés de la web municipal que «el clítoris es uno de los productos típicos de la cocina gallega. En Pontes se le rinde homenaje desde 1981 cada domingo de Carnaval». El jolgorio estaba servido.

«El gran problema de la traducción automática es el contexto»

Con todo, ha habido avances. Mucha gente recuerda lo risibles que resultaban las frases salidas de su recuadro cuando la aplicación se creó, hace doce años. Desde entonces, la compañía radicada en California ha invertido mucho tiempo y dinero en la inteligencia artificial que sustenta esta herramienta. En 2014 puso en marcha para ocho idiomas –incluido el castellano– un nuevo algoritmo basado en el llamado «aprendizaje profundo», la denominada Google Neural Machine Translation (GNMT), que imita el del ser humano. Tiene un enfoque estadístico, no gramatical: analiza enormes cantidades de textos y busca patrones que relacionan ciertas palabras y frases en un idioma con sus correspondientes versiones en otro. Uno de sus principales corpus de texto fueron los archivos de Naciones Unidas, unos 200.000 millones de palabras traducidas –por personas– a multitud de lenguas diferentes.

Pero los errores persisten. «La prueba es muy sencilla: mete un texto en un idioma extranjero y verás que el español que resulta no es natural, no es el que utilizaría una persona», propone Simón Suárez, profesor de Filología Eslava en la Universidad de Granada (UGR). Un ejemplo: en las traducciones del inglés a las lenguas románicas, el programa ignora los verbos en imperfecto, con frases que chirrían como ‘De niño fui al colegio andando’, en vez de ‘iba’. Y como la precisión depende del volumen de textos de los que dispone la herramienta, los resultados son peores cuanto más ‘raro’ sea el idioma fuente.

Google ya ofrece el servicio para 90 idiomas y traducción instantánea ‘online’ a partir de texto, voz, imágenes o vídeo que puede emplearse en cualquier dispositivo electrónico. Es capaz de cambiar el idioma de una web entera. Por el camino le han salido varios competidores. La traductora e intérprete Eva Pacios realizó para el blog de Superprof, la mayor comunidad de clases particulares en España, una comparativa de estas nuevas herramientas y su utilidad para los estudiantes de idiomas. Algunas tienen un enfoque más integral y otras se centran en traducir palabras, frases o fragmentos. Las hay especializadas en el inglés profesional y en el aprendizaje. Casi todas son interactivas, por lo que mejoran con el ‘feedback’ de los usuarios; a veces ofrecen varias opciones para que el cliente elija.

«Pueden ahorrar tiempo, pero la corrección es indispensable»

Google Translate sigue siendo el líder, con 200 millones de usuarios registrados, pero le plantan cara Microsoft, Facebook, Reverso y DeepL. Este último, lanzado el verano pasado, presume de que su superordenador es capaz de procesar un millón de palabras por segundo y lograr un nivel de sutileza lingüística que no alcanzan los gigantes de internet.

Las máquinas no lo pillan

Nadie pone en duda que la traducción automática es una revolución. Hace poco no podíamos ni soñar con comprender artículos o entradas publicados en medios de comunicación o blogs escritos en serbocroata, suajili o chino mandarín, o viajar a cualquier lugar del mundo y hacernos entender hablando una lengua desconocida a través del teléfono móvil.

Es fantástico, pero tiene sus límites. Puede estar bien para situaciones informales –como preguntar por un monumento o pedir unas cervezas–, pero no sustituye a un experto de carne y hueso en un ámbito profesional o público. «Es una herramienta útil para una traducción ‘a vista’, es decir, para saber de qué trata un texto», explica Simón Suárez. «No son traducciones que se puedan publicar», opina el profesor alemán.

Las máquinas no saben gramática ni historia. Han ‘leído’ libros, pero desconocen la literatura. No siempre comprenden los matices, los modismos ni las frases hechas. Carecen de ironía. Son demasiado literales. Lo tienen más fácil con las obras técnicas que con las literarias. Por ejemplo, en Canadá se creó un sistema especializado en pasar el parte meteorológico del inglés al francés y viceversa sin cometer ni un error. Eso sí: solo sabía hablar del tiempo.

«Un profesional tiene capacidad de adaptarse a un contexto, a un estilo y a un registro de la lengua, algo de lo que las máquinas están muy lejos. Estas herramientas pueden ahorrar tiempo, pero el trabajo de retoque y corrección es indispensable», concluye Pacios, responsable de la expansión internacional de Superprof.

El Ayuntamiento de Santander, que en un primer momento corrigió los errores más patentes, optó después por desactivar temporalmente el servicio. La concejal de Turismo, la ‘popular’ Miriam Díaz, se justificó alegando que muchas webs institucionales funcionan igual y precisa que no se contrató a traductores titulados por una cuestión de presupuesto.

Pero lo barato sale caro, le ha recordado la Asociación Española de Traductores, Correctores e Intérpretes. El turismo representa más del 11% del PIB de Cantabria, 1.424 millones de euros al año. La creación de la página, encargada a una empresa local, le costó al municipio 5.808 euros. La tarifa media por traducir una página de internet es de unos 12 céntimos por palabra de origen en cada idioma. «Lo de Santander es un error de principiante, porque la web es el escaparate de una empresa o una organización y, si está mal traducida, le está diciendo a sus clientes que la calidad no le preocupa», recuerda el traductor brasileño Mauro Vigiano, de la empresa especializada PlanetLingua.

Con todo, la costumbre de darle patadas al diccionario bilingüe es muy anterior a la era digital. No hay más que ver las instrucciones de algunos aparatos electrónicos o las señales en hoteles, playas y otros lugares frecuentados por extranjeros. O asomarse a las cartas de los restaurantes para turistas: algunas contienen perlas del surrealismo de una torpeza entrañable, como la traducción de ‘rape’ por ‘quick shave’ (afeitado rápido) o la de ‘tocino de cielo’ por el literal ‘sky bacon’. Por cierto, que la panceta voladora sigue siendo, a día de hoy, la traducción sugerida por Google y DeepL. Deliciosa.

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