El sexo del lenguaje

Lalia González
LALIA GONZÁLEZ

En el principio, fue el verbo. Las palabras crean la realidad. Lo que no se nombra no existe. Por eso resulta tan interesante todo lo que concierne a la filosofía del lenguaje, la manera en que muchas veces las palabras dicen lo contrario de lo que significan, o se usan para incomunicar, o trasladan una concepción del mundo parcial e interesada, una discriminación. Cuenta Steiner que en el norte de Siberia y en el Sudeste asiático hay un lenguaje para las mujeres y otro para los hombres. Las mujeres en esas zonas no pueden usar ciertas formas sintácticas pero deben conocer el lenguaje masculino para enseñárselo a sus hijos. Aunque en realidad lo que al sabio humanista le interesa es el eros del lenguaje, cómo se ama en idiomas distintos, el tema es sugerente en sí, por cuanto marca los extremos de una fractura que está en el fondo del fondo del debate de género. Durante siglos, las mujeres no han participado de las discusiones públicas, fueran políticas o teológicas, y hasta no hace mucho abandonaban el salón, en Oxford y en Cambridge, lo cuenta el propio Steiner, cuando terminaba la cena, para que ellos conversaran sobre las grandes cuestiones. Hoy no es raro que en las reuniones de grupo todas las chicas se sienten en un extremo y sus parejas, en el contrario.

En este contexto, las mujeres hemos hablado entre nosotras y creado como un 'jardín secreto', un marco de referencias propio. La sororidad, sin duda, tiene razones profundas. Ellos miran a veces, cuando se interesan, como tras un cristal. Y concluye el autor de 'Lenguaje y silencio': «En el fondo nos comprendemos muy poco, todas las bromas idiotas y vulgares tienen una base semiológica». Agrega su convicción de que «en muchos hombres se da un resentimiento profundo ante el lenguaje femenino que tiene cada vez más pujanza. El ascenso de las mujeres tal vez traiga un discurso político y sociológico totalmente nuevo. ¡Será una gran aventura!» ('Un largo sábado', conversaciones con Laure Adler, Ed. Siruela)

Estaba inquieta con esto cuando me llega noticia de un cierto euskera, en vías de extinción, el 'euskera hika', donde las palabras varían según el sexo de quien las pronuncia y el de a quien se refiere. Quien me lo cuenta piensa usarlo para crear un lazo único con su futura hija. Me ratifico en la idea de que la relación entre los padres y las hijas es el paraíso perdido.

Más complejidad, pues, a la cuestión central. Si las palabras nos crean y su uso es diferente en función del género, si las mujeres comparten un territorio propio, diferente del masculino y si éste es el que se impone ¿cómo revertir la desigualdad? ¿cómo hacer para que el mundo se cuente también en función de la mirada del 50% hasta ahora relegado? ¿quién traduce?

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