Mal café

LORENZO SILVA

Un alto ejecutivo del grupo empresarial propietario de las marcas de café Saimaza y Marcilla, ambas con una estimable cuota de mercado en España, se permitió el otro día colgar en su perfil de una red social un mensaje en el que calificaba al Estado español de fascista. Podría ser un episodio más de inconsciencia en el uso de las redes, si no fuera por el perfil del autor y por la ambigua respuesta de la compañía, que se desvinculó del feroz exabrupto de su empleado de aquella manera, con una alusión vaga al entendimiento que se produce en torno a un café.

Yendo por partes, raya en la incomprensión supina de la realidad en su más amplio sentido que un tipo que pretende venderle a alguien un producto para el que existe competencia se permita orinarle en la pechera como el personaje en cuestión lo ha hecho con todos los que se sienten españoles. Y no dice mucho de la sensibilidad a las catástrofes de su empleador que lejos de tomar firme, inmediata y contundente distancia de tan estrafalario comportamiento se limite a ponerse de perfil y a irse por los cerros cafeteros de Úbeda. Como era de esperar, y no puede sorprender a nadie, la respuesta que una y otra actitud han cosechado en las mismas redes en las que el ejecutivo soltó su improperio es de un rechazo sin paliativos, agravado con un aluvión de declaraciones de consumidores de Saimaza y Marcilla dispuestos a cambiar de forma inmediata de marca de café.

¿Boicot ilegítimo? ¿Respuesta exagerada? Para empezar uno puede comprar el café que le dé la gana, y hacerlo por el motivo que tenga por conveniente. Para continuar, quien quiere ser el elegido en una decisión libre ha de saber ganárselo, y ni el grupo empresarial ni su vitriólico asalariado han hecho ni de lejos los deberes para ganarse el aprecio de los cafeteros españoles.

Cuestión aparte es la imperiosa necesidad que parece tener este pésimo vendedor y atrabiliario ciudadano de declarar, en público y contra su más elemental conveniencia, su veredicto severísimo acerca de la condición del Estado español -con el que todos entendemos que alude a España, al presumir, como es de rigor en los de su cuerda, que pronunciar esa palabra podría llegar a producirle una hemorragia cerebral-. Llega a maravillar ese imperativo categórico que parece operar como un fusible en las mentes embargadas por la pasión independentista, y que las empuja a sumarse sin reservas a cualquier exceso hispanófobo que la llamada de la tribu estipule como reglamentario.

Para curar semejante arrebato, podría probar a exponérsele a un sistema que de verdad respondiera al adjetivo «fascista», que de manera tan ligera y obtusa despacha sobre el país que le reconoce, entre otros, el derecho a insultarlo. Quizá entonces se guardara de exhibir en público su mal café.

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