Diario Sur

Elisa: 104 años y sólo dos pastillas al día para controlar la tensión

Elisa Cebrián muestra sus manos, con las uñas pintadas, rodeada de retratos familiares.
Elisa Cebrián muestra sus manos, con las uñas pintadas, rodeada de retratos familiares. / Ñito Salas
  • Esta madrileña que vive desde hace más de cuatro décadas en Málaga es la segunda mujer más longeva de la capital

Nació el 2 de mayo de 1912 en Madrid, y por delante de sus ojos ha visto pasar (casi) de todo: los primeros compases del siglo XX y el salto al XXI, una Guerra Civil en la que «pasaron cosas muy malas» y en la que perdió a un hermano, el nacimiento de sus dos hijos y la muerte de uno de ellos, o la llegada de sus cuatro nietos y cinco biznietos. Elisa Joaquina Cebrián García tiene mucho vivido como para hacer memoria. Ésa es la buena noticia: que mantiene esa facultad casi intacta a pesar de sus 104 años y de ser la segunda persona más longeva en la capital, sólo por detrás de otra mujer que en la actualidad tiene 105 años y la salud más mermada que la suya.

Aunque lleva dos años sin levantarse por una rotura de fémur que a estas alturas es un peligro intervenir, Elisa no pierde ni la sonrisa ni la coquetería: recibe a SUR con la cama oliendo a limpio, la piel suave como la de un bebé y las uñas perfectamente pintadas en rojo. Se nota que esos cuidados no son una excepción. «Es que también lo de hoy es una fiesta», dice refiriéndose a la visita y acercándose mucho a ella para que la escuche su hija Carmen, de 77 años, su cuidadora fiel y entregada desde que su madre quedara viuda hace 30 años. «Tengo buena naturaleza», admite Elisa aferrada a un álbum de fotos y dibujos que recorre su vida de más de 100 y que le regaló el marido de su nieta cuando sopló esa cifra redonda. Carmen constata el diagnóstico de su madre señalando con el dedo las cajitas apiladas: «Mira, aquí todas tomamos mil pastillas; menos ella, que sólo tiene dos para controlar la tensión porque es hipertensa de toda la vida». «Ni colesterol, ni azúcar, ni nada», celebra su hija, viuda desde hace cuatro años y metida también ya de lleno en el numeroso grupo de los mayores de 65. A ella tampoco le fallan las fuerzas.

Elisa la mira y sonríe: «Mira, al lado mía tengo su foto, para que me la pongan aquí –se señala el pecho– cuando...». Y no termina: no hay ganas de nombrar ese momento. Tampoco motivos: esta mañana (por ayer) ha tenido una pequeña crisis que ha quedado en falsa alarma tras la visita del médico. «Tengo ganas de vivir...», susurra Elisa. Ahí está el secreto.