El Papa pide a la UE que tire los muros

El Papa Francisco se dirige a los jefes de Estado y de Gobierno de los 27 en la imponente Sala Regia del Palacio Apostólico del Vaticano. :: afp
El Papa Francisco se dirige a los jefes de Estado y de Gobierno de los 27 en la imponente Sala Regia del Palacio Apostólico del Vaticano. :: afp
  • En el 60 aniversario de la firma de los Tratados de Roma, Bergoglio apela a la solidaridad para reanimar una Unión que «corre el riesgo de morir»

roma. No es casualidad que Alemania, Francia, Italia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo eligieran la Ciudad Eterna como el lugar más adecuado para firmar el 25 de marzo de 1957 los Tratados de Roma, hito histórico en la construcción de la unidad europea. En la capital donde se pusieron las «bases políticas, jurídicas y sociales» de la civilización occidental, como dijo el entonces ministro de Asuntos Exteriores holandés, Joseph Luns, esperaba ayer a los próceres del Viejo Continente la figura que mejor representa en este momento la conciencia europea. Y eso que no nació aquí.

En el primer acto de conmemoración del 60 aniversario de la firma de aquellos históricos acuerdos, el argentino Jorge Mario Bergoglio recibió en la imponente Sala Regia del Palacio Apostólico del Vaticano a los jefes de Estado y de Gobierno de 27 países de la UE -faltaba Reino Unido, a las puertas de negociar el 'Brexit'- para animarles a que se atrevan a reencontrar la esperanza de la construcción europea pues, si continúa «la involución», al final se «corre el riesgo de morir».

Fiel a su estilo directo y siguiendo la estela de los discursos anteriores en que ha hablado de la situación del Viejo Continente, el Papa agarró el toro por los cuernos y denunció algunos de los más graves problemas que afronta hoy: el auge de los populismos, la preocupación por las normas por encima de las personas, la falta de solidaridad, la cerrazón frente a la llegada de refugiados, la escasa visión de futuro.

«Nuestra época está más dominada por el concepto de crisis», lamentó Francisco. «Está la crisis económica, que ha marcado el último decenio, la crisis de la familia y de los modelos sociales consolidados, está la difundida 'crisis de las instituciones' y la crisis de los emigrantes: tantas crisis, que esconden el miedo y la profunda desorientación del hombre contemporáneo, que exigen una nueva hermenéutica para el futuro».

Frente a este deprimente panorama, animó a volver a la idea que propició la construcción de la unidad europea: la solidaridad. La consideró el «antídoto más eficaz» contra el populismo, que nace de su antítesis, el «egoísmo». Pidió, eso sí, que la solidaridad no se quede solo en un eslogan y se materialice en «hechos y gestos concretos». De lo contrario, se deja el camino expedito para el egoísmo en el que «florecen» los populismos y en el que las sociedades acaban encerrándose «en un círculo estrecho y asfixiante» que no permite «superar la estrechez de los propios pensamientos ni 'mirar más allá'».

Habrá que esperar para comprobar si la suerte de confesión a la que se sometieron los líderes europeos por parte del obispo de Roma sirve para que Bruselas enderece el rumbo. Al menos escucharon con atención las palabras de Bergoglio, le saludaron con afecto y al final se tomaron todos juntos una fotografía en la Capilla Sixtina, el lugar donde se eligen los papas, con el imponente 'Juicio Final' de Miguel Ángel como telón de fondo. La anécdota de la cita la protagonizó el primer ministro danés, Lars Lokke Rasmussen, que llegó con cuarenta minutos de retraso por un problema con su vuelo. El presidente español, Mariano Rajoy, tenía la delegación del país escandinavo a su lado, por lo que le tocó estar junto a una silla vacía durante la mayor parte de la intervención del Pontífice. La cita también propició que intercambiaran algunas palabras la canciller alemana, Angela Merkel, con el primer ministro griego, Alexis Tsipras, quien siguió con su máxima y no se puso corbata.

La pérdida de ideales

Antes de que Bergoglio realizara su alocución, con el gesto duro que reserva para estas ocasiones, intervinieron el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, quien tuvo la deferencia de hablar en español durante unos minutos, y el primer ministro italiano, Paolo Gentiloni. Tajani aprovechó para defender que la fe cristiana es un «mínimo común denominador» de los pueblos europeos y asegurar que esta realidad «no contradice el principio de laicidad del Estado». Es un argumento que luego retomó el Pontífice. Gentiloni, por su parte, reconoció que Europa «no siempre ha mostrado su mejor cara al mundo», lamentando que se vea al diferente «como un enemigo».

Fue la mejor introducción que podía hacerle al Papa, que volvió a sacudir las conciencias de los mandatarios de la UE por su postura ante la crisis de los refugiados. Les pidió que «no levanten muros» ante las columnas de mujeres, hombres y niños que huyen de la guerra y que no vean a los refugiados como un «problema numérico, económico o de seguridad». «La cuestión migratoria plantea una pregunta más profunda, que es sobre todo cultural. ¿Qué cultura propone la Europa de hoy? El miedo que se advierte encuentra a menudo su causa más profunda en la pérdida de ideales».

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