Diario Sur

Melania, desnuda y discreta

Donald Trump sube al escenario con su familia en la noche electoral. :: afp
Donald Trump sube al escenario con su familia en la noche electoral. :: afp
  • La tercera esposa de Trump, nacida en Eslovenia, aspira a recuperar el modelo tradicional de primera dama

A Melania Trump la hemos visto en situaciones insólitas, para las que resulta inútil buscar precedentes entre las primeras damas de Estados Unidos. Por ejemplo, desnuda sobre una manta de piel a bordo de un jet privado, con la muñeca izquierda esposada a un misterioso maletín. O más desnuda todavía -es decir, sin los brazaletes ni la gargantilla de brillantes- sobre un lecho de aire menos aristocrático, mientras otra mujer -desnuda, esto se vuelve reiterativo- la abrazaba por detrás. Más allá de los reportajes fotográficos, también conocemos de ella declaraciones atípicas, como las de aquella entrevista por teléfono que le hizo el locutor Howard Stern, en la que comentó algunos pormenores de su relación con Donald Trump: «Tenemos sexo increíble al menos una vez al día», comunicó Melania al mundo. Por la radio no se veía, claro, pero también en aquella ocasión admitió que no llevaba encima mucha ropa.

Y sin embargo, a pesar de tanta desnudez y tanta exhibición, no parece que nadie tenga muy claro cómo es realmente Melania. La tercera esposa de Trump, veinticuatro años más joven que él, es una persona extrañamente opaca, que prefiere mantenerse en segundo plano y rara vez se aventura fuera de los guiones establecidos. Durante la campaña, ha cedido buena parte del protagonismo a Ivanka, hija del primer matrimonio de Donald, y todo apunta a que su papel como primera dama supondrá un retorno al modelo clásico, hogareño, sumiso, sin la hiperactividad política de una Hillary Clinton ni la visibilidad continua y divertida de una Michelle Obama. De Melania, desde luego, nadie espera bromas ni sentido del humor, porque siempre se esfuerza en aparecer como una mujer formal hasta la exageración, y tampoco destaca precisamente como heroína de la igualdad entre sexos: «Sabemos nuestros roles -ha dicho de su matrimonio con Donald Trump-. No quise que él le cambiase los pañales a Barron ni que lo metiese en la cama».

Melania, entonces Melanija Knavs, nació en la pequeña localidad de Sevnica, en los tiempos en los que Eslovenia formaba parte de Yugoslavia. Ayer, para celebrar el triunfo de Donald Trump, que nunca ha visitado el pueblo, se izó una bandera de EE UU en la plaza y la pizzería Rondo sirvió un dulce especial de fresas bautizado como Melania. La biografía de la nueva primera dama se suele presentar como un cuento de hadas contemporáneo, que arranca en los hoscos bloques de hormigón del comunismo y concluye en la Casa Blanca, pero hay matices que atenúan ese violento contraste. La familia de Melania llevaba una vida más desahogada que la de la mayoría de sus convecinos: el padre era chófer y miembro del partido, mientras que la madre trabajaba para una fábrica textil de propiedad estatal y a veces viajaba a otros países, de donde volvía con revistas de moda y pinturas de colores vivos para animar su hogar. Los Knavs veraneaban en el extranjero e incluso acabaron trasladándose a una casa unifamiliar.

Los Clinton, invitados

Melania, una alumna aplicada que no bebía y no se metía en política, empezó a estudiar Arquitectura, pero para entonces ya había debutado en la moda, después de que un fotógrafo se prendase de su belleza sin envaramiento y sus ojos de otro mundo. La Eslovenia independiente se le quedaba muy pequeña, así que saltó a Milán, a París, a Nueva York, y fue allí, en una fiesta, donde su camino se cruzó con el de Donald Trump. El magnate esperó a que su acompañante fuese al baño -ella era una noruega heredera de un imperio cosmético- y abordó a Melania, que se negó a darle su número de teléfono. Se casaron en 2005: la novia lució un vestido de Galliano de más de cien mil dólares y entre los invitados a Mar-a-Lago, la mansión de 118 habitaciones que Trump posee en Palm Beach, estuvieron Bill y Hillary Clinton.

De alguna manera, pese a su respaldo incondicional y devoto a su marido, Melania parece diseñada para evidenciar las contradicciones y los defectos de Donald Trump. Es la esposa inmigrante del hombre que critica ferozmente la inmigración: ella siempre insiste en que su llegada a EE UU fue completamente legal, pero algunas investigaciones han demostrado que trabajó de modelo con su primer visado de turista. Y, de hecho, su marido aboga por poner coto al «abuso incontrolado» del visado que después le permitió asentarse en el país, el H-1B, reservado a 'trabajadores cualificados'. También sus intereses como primera dama parecen elegidos adrede para poner en evidencia a Trump: su plan es concienciar al país sobre el ciberacoso. «Nunca está bien que se burlen de un chico o una chica de 12 años, lo hostiguen o lo ataquen. Es terrible cuando ocurre en el recreo y absolutamente inaceptable si lo hace alguien sin nombre escondido en internet», declaró en una entrevista. Seguro que, en lo que tardó en completar esa frase tan larga, el sanguíneo Donald ya había arremetido contra alguien a través de un tuit.

Melania no va a ser la primera esposa extranjera de un presidente de EE UU, pero casi: el precedente, de la primera mitad del siglo XIX, es la mujer de John Quincy Adams, inglesa hija de americanos. Tampoco será la primera modelo, porque se adelantaron Betty Ford y Pat Nixon. Sí parece que ninguna antes ha hablado cinco idiomas: ella domina el esloveno, el serbocroata, el alemán, el francés y el inglés, aunque su fuerte acento fascina a los imitadores. Una de sus primeras tareas consistirá en transformar la Casa Blanca en un hogar a su gusto, ayudada por un equipo de decoradores y por los responsables de preservar el edificio: quizá proceda recordar aquí que, en la casi centenaria Mar-a-lago, Donald Trump arruinó unos tapices flamencos del siglo XVI al exponerlos a la luz solar y convirtió la biblioteca (con sus valiosas primeras ediciones) en un bar, decorado con un retrato suyo en deportivas blancas. ¿Quedará bien una manta de piel en el Despacho Oval?