El Picasso estrena su alianza con la Tate con una gran muestra en torno a Freud y Bacon

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/ Salvador Salas

  • El museo malagueño reúne 90 piezas, muchas de ellas emblemáticas, de una decena de artistas de la Escuela de Londres

Tardó tres años en pintarlas. Las hojas marrones más secas, la luz reflejándose en las palmeras verdes, la quietud. Se había mudado a un nuevo estudio, la escena estaba a la vista y aquella fue su manera de identificarse con aquel nuevo rincón, de rumiarlo a diario, de apropiarse del lugar, de hacerlo familiar. Suyo.

Las ‘Dos plantas’ (1977-1980) de Lucian Freud reposan ahora en una esquina del Museo Picasso Málaga (MPM) y en su aparente docilidad se agazapa una manera de entender el arte a tumba abierta. «La misma visceralidad que dedica al cuerpo humano está volcada aquí, la misma mirada intensa. Se trata de recoger el paso del tiempo con la misma pasión en el medio natural que en la vida humana», reflexiona Elena Crippa, comisaria de ‘Bacon, Freud y la Escuela de Londres’, la ambiciosa exposición que inaugura la alianza estratégica entre el MPM y la Tate.

De la institución británica proceden las 90 piezas que hasta el próximo 17 de septiembre ponen ante los ojos de los visitantes al MPM uno de los capítulos más vibrantes de la Historia del Arte occidental del último siglo. Porque hasta ocho décadas cubren las obras del nuevo proyecto de la pinacoteca malagueña, que suma una importante muesca en su presencia internacional.

Tras firmar proyectos con el Metropolitan neoyorquino (2007), con el Moderna Museet sueco (2013) y con el MoMA (2016-2017), entre otras instituciones, el museo malagueño estrecha ahora una alianza que promete más alegrías en el futuro. «Esta es nuestra primera y ambiciosa colaboración con el Museo Picasso Málaga. (…) Al igual que a nosotros nos encanta prestar obras de nuestra colección, nos gusta aprovechar los conocimientos de nuestros colegas europeos y también pedimos obras. Esto es parte de una herencia de colaboración común en la cual todos nos beneficiamos», resumía ayer la directora de Programas Nacionales e Internacionales de la Tate de Londres, Judith Nesbitt. Y, por si quedaba alguna duda ante la puesta en marcha del ‘Brexit’, la responsable de la institución británica remataba: «No hay duda de que la Tate va a seguir comprometida con la colaboración de instituciones europeas».

«La exposición –acotaba Nesbitt– se centra en un grupo de artistas que trabajaron en Londres y cuyas biografías nos muestran la deuda que tiene nuestro arte con los hijos de los emigrantes». Unos «refugiados culturales», en palabras del director artístico del MPM José Lebrero, que abrieron su propia senda en el arte occidental del primer tercio del siglo XX en adelante. «Esta es una exposición dedicada obsesivamente a la pintura», esgrimía Lebrero sobre una de las principales señas de identidad del grupo, volcado con especial intensidad en la representación de la figura humana y del paisaje cuando la corriente dominante iba por los derroteros del expresionismo abstracto de Jackson Pollock, Mark Rothko y compañía.

«Pintura aquí –sostenía Lebrero– no es imagen, es presencia. Se nos ha ido acostumbrando a alejarnos de las cosas, acérquense a los cuadros». Porque conviene pegar la nariz hasta donde manden las medidas de seguridad a la pincelada untosa de Freud, a la carnalidad salvaje de Bacon, a la paleta rebosante de Kossof, al cromatismo rabioso de Ronald B. Kitaj, a la delicadeza de Michael Andrews, a los desnudos ¿sangrantes? de Euan Uglow y a la silenciosa subversión de Paula Rego.

El cuerpo y el paisaje

Porque conviene no apresurarse en la nueva exposición del MPM. Paladear los encuentros con William Coldstream y David Bomberg. Detenerse en la primera cita con Bacon y ‘Figura en un paisaje’ (1945). Dejarse caer en el abismo de los retratos de Frank Auerbach y Leon Kossof para girarse luego a la inquietante ‘Muchacha con gato’ (1947) de Freud colgada junto a su ‘Muchacha con perro blanco’ (1950-51).

El paisaje, el retrato, el cuerpo humano, la ciudad de Londres. Ejes sobre los que giran obras muy diversas entre sí de autores aquí representados en toda la amplitud –también cronológica– de sus trayectorias. Sin ir más lejos, los dos protagonistas. De Freud ofrece el montaje obras con medio siglo de distancia hasta su ‘David y Eli’ (2003-2004), pasando por ‘Muchacha con pijama a rayas’ (1983-87) y ‘Leigh Bowary’ (1991). Y respecto a Bacon, más de tres décadas median entre su ‘Figura en un paisaje’ (1945) y su ‘Tríptico Agosto de 1972’, acompañado por su ‘Segunda versión de Tríptico 1944’ (1988), dos de las piezas de mayor potencia visual de la muestra.

«La idea de escuela se basa en su compromiso con la figura humana, que explica la relación artística y humana que mantuvieron los autores entre sí durante tanto tiempo. Cuando hablamos de la Escuela de Londres nos hemos centrado mucho en Freud y aquí queremos hacer ver que había muchos otros», defendía la comisaria.

Porque, junto a los popes de la escena londinense, el proyecto patrocinado por Caixabank brinda en su discurso el feliz protagonismo de Paula Rego. La única artista de la muestra firma otro tríptico subyugante: ‘Los esponsales: El naufragio, según el ‘Matrimonio a la moda’ de Hogarth’ (1999). Ecos de ‘Las Meninas’ de Velázquez junto a la mirada dura de las mujeres. El escorzo ausente y doloroso de su ‘Novia’ (1994). Los férreos roles sociales que esconde la aparente felicidad de ‘El baile’ (1988).

Y a modo de epílogo, los dibujos. La misma carne, el mismo desasosiego, la misma obsesión para convertir dos plantas en una pintura infinita después de tres años.

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