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Casco corintio de bronce encontrado en 2012 en la tumba de un guerreo del siglo VI a. C / Fernando González

Arqueología: recorrido por el Museo de Málaga

  • El legado de los marqueses de Casa Loring introduce una colección que cuenta la historia más antigua de la provincia

El discurso expositivo del Museo de Málaga solo rompe con su estricto orden cronológico justo en el punto de partida. La colección Loringiana aparece aparentemente descontextualizada en el inicio del recorrido, pero esto es así porque la sala sirve de entrada al relato de la exposición permanente del palacio de la Aduana. El legado de los marqueses de Casa Loring es el origen del museo, y como tal sus piezas más importantes son las que deben recibir al visitante. Ya lo hace la Dama de la Aduana en la planta baja, y también el fauno y la Venus puditicia de mármol que flanquean la entrada a la habitación del segundo piso en la que comienza un paseo por la historia más antigua del arte en la provincia.

En el pasillo donde aguardan estas esculturas, las paredes recrean el paisaje de la finca de La Concepción, el lugar en el que estuvieron expuestas durante tantos años, al gusto de sus dueños. Una vez pasado el umbral, sentada en su trono, la pieza más grande de las conocidas 'matronas sedentes' de Cártama da la bienvenida a la primera de las salas, amplia y blanca. La tríada de diosas, fechada en el siglo II y encontrada en la localidad malagueña a mediados del siglo XVIII, se completa con otras dos esculturas más pequeñas, situadas a la izquierda de la anterior. Cada una está partida en dos, y su instalación, por su volumen, fue uno de los mayores retos que tuvo que superar el proyecto museográfico de Juan Pablo Rodríguez Frade. A la espalda de las matronas descansan otras piezas del legado Loringiano, muchas de ellas procedentes de Córdoba, ya que los marqueses adquirieron la colección del anticuario de la ciudad califal Pedro Leonardo de Villacevallos. Siete cabezas de mármol, entre las que están representados el filósofo Epicuro y la diosa Minerva, comparten espacio con hallazgos de la época del Califato de Córdoba y los reinos de taifas. La restauración del Instituto del Patrimonio Cultural ha dado una nueva vida al legado Loringiano, en especial a obras como la placa con inscripción romana procedente de Cártama, que fue despojada de su marco y sus piezas montadas de nuevo a modo de puzle sobre un soporte casi invisible.

El espíritu pedagógico del Museo de Málaga queda patente nada más entrar a la sección de Arqueología, una vez se ha dejado atrás la sala Loringiana: un enorme mural dibuja una línea de tiempo en la que se sitúa en la historia cada una de las siete secciones que dividen el recorrido por la segunda planta. También se señalan cronológicamente los tesoros de una visita que comienza por el principio: la Prehistoria en las cuevas malagueñas. Un pequeño texto y un mapa con los principales yacimientos adelantan cada uno de los siete temas de la colección arqueológica, así como una vitrina titulada 'Primeras interpretaciones' en la que se muestra al visitante un resumen del relato inicial que se hizo de los diferentes hallazgos. En este primer tramo destacan las piezas donadas por la Sociedad Malagueña de Ciencias, que a mediados del siglo XIX ya tuvo la intención de formar un museo arqueológico.

Restos prehistóricos

Entre los cientos de restos, ocupan un lugar especial la mandíbula y el fémur de neandertal del Boquete de Zafarraya, así como el collar hecho de más de 8.000 cuentas circulares de caliza encontrado en la Cueva del Hoyo de la Mina y la Venus de la Cueva de la Pileta, en Benaoján. Al final de cada capítulo, el visitante encuentra un recurso especial, que en este caso es un montaje audiovisual en el que conviven las pinturas paleolíticas de las tres grandes cuevas -Nerja, Ardales y La Pileta- en una animación muy conseguida y de la que se ha encargado la empresa Empty, responsable de la ejecución del proyecto expositivo.

En el siguiente tema, el paisaje megalítico, las primeras interpretaciones surgen de los Dólmenes de Antequera y de la necrópolis de Alcaide. De esta zona se exhibe una sencilla pero impactante maqueta que, mediante un juego de luces y espejos, muestra el exterior y el interior de las 18 cámaras que componen el hipogeo. La tercera sección está dedicada a los fenicios y su relación con los indígenas, una investigación que en la provincia comenzó gracias al Instituto Arqueológico Alemán y su descubrimiento del yacimiento de Toscanos.

La maqueta de la necrópolis de Trayamar -donde se encontró un medallón de oro que ahora es uno de los tesoros de la colección- se sitúa en el centro de uno de los dos espacios que el museo dedica a la colonización fenicia de Málaga. En el otro, la tumba de pozo de la necrópolis de Chorreras, cuya singularidad reside en su particular tipología, con el alabastrón en el centro y una doble caja de piedra que se sella con plomo. A su alrededor, otros hallazgos funerarios como el Alabastrón de Lagos, una vasija ovalada que contenía las cenizas de un varón que vivió a finales del siglo VII antes de Cristo.

Los veinte años que ha durado la espera para que el Palacio de la Aduana albergase el Museo de Málaga han servido para que se siguieran incluyendo piezas que se han ido encontrando en yacimientos como el de las calles Jinetes y Refino de la capital. La tumba del siglo VI a. C. que allí se encontró en 2012 ocupa un lugar especial y elevado a la salida de la primera parte del recorrido de Arqueología. De hecho, hubo que remodelar la sala ya en obras para acoger la cámara mortuoria y los objetos que acompañaban al cuerpo: un colgante y armamento -casco corintio de bronce y punta de lanza de hierro- propios de un guerrero griego. Es la hipótesis más apoyada: que se tratara de un mercenario griego que trajese su propio equipamiento militar. También se contempla que fuese un fenicio de prestigio que habría comprado un ajuar heleno.

Un pasillo lleva a la otra sala dedicada a la colección de Arqueología. Antes de entrar, el visitante ya puede sentir que se ha dado otro paso adelante en la historia y está a punto de adentrarse en la época romana gracias al mosaico de Príapo, hijo de los dioses Baco y Venus, que lo recibe de frente. Hallada en Bobadilla en 1891, la divinidad romana se encontraba en una villa que fue descubierta por don Antonio Aguilar y Correa. El museo también permite su recorrido a través de los personajes que han contribuido de alguna forma a ampliar o documentar la colección de Arqueología y Bellas Artes. Unos pequeños libros situados en diversos puntos de la visita ofrecen una breve biografía y una explicación de la relación de cada uno con el Museo de Málaga, como ocurre con los historiadores Manuel Rodríguez de Berlanga, Cristóbal Medina Conde y Herrera y el Marqués de Valdeflores en esta parte de la exposición.

Las joyas de la época romana

Los paneles ilustrados con acuarelas que decoran algunos tramos del museo reconstruyen paisajes históricos de la provincia, y en la sección romana no podía faltar una vista de Lacipo (Casares), rodeada de ánforas de cerámica y de una jarra de bronce hallada en la excavación en ese mismo municipio malagueño en 1975. Se presta, además, especial atención al Teatro Romano de Málaga, de cuyas excavaciones en 1960 procede una pátera de plata fechada entre los siglos II y VI d. C. También de bronce, pero procedente de Serrato, es la cabeza de Baco que protege una vitrina de cristal, como corresponde a las joyas de la colección. Junto a esta se despliega inmenso el mosaico del 'Nacimiento de Venus', que se piensa que fue el suelo de un antiguo edificio termal de finales del siglo II. Fue descubierto a mediados de los años 50 del siglo XX en Cártama, donde también se ubicó una importante ciudad del sur de la Bética: Cartima. El nacimiento de los municipios tras la conquista en Málaga es el eje temático de este capítulo del discurso museográfico, antes de pasar al final de la Malaca romana en los hasta hace poco conocidos como 'siglos oscuros'. De esta etapa se conservan reliquias como una hebilla hispanovisigoda de bronce y diversas placas de terracota con inscripciones cristianas. Fue precisamente el interés de la Iglesia por conocer su historia desde los tiempos apostólicos lo que motivó el estudio del periodo en el siglo XVIII.

Entre las primeras interpretaciones de aquellos descubrimientos hay espacio para una historia curiosa: la de las piezas visigodas de un cementerio de Segovia que han acabado en el Museo de Málaga. La visita del oficial nazi Heinrich Himmler a España en 1940 motivó la búsqueda del origen ario del pueblo español para agradar al III Reich. Para ello, el régimen franquista ordenó a José Pérez de Barradas, jefe del Servicio Arqueológico del Estado, excavar las necrópolis visigodas de Segovia. Finalizado el viaje del máximo dirigente de las SS, el Museo Arqueológico Nacional repartió los ajuares de Castiltierra por todos los museos arqueológicos de España con la obligación de exponerlos. La voluntad de incluir este episodio en su discurso no es sino una prueba de que el museo, a pesar de su fuerte identidad malagueña, arrastra y consigue contar al mismo tiempo la historia de las piezas que componen su colección y la de la propia institución.

También se comparte con el visitante la posible teoría de que Malaca fuese en el siglo VI la capital del Imperio de Oriente en Spania. A esta hipótesis contribuyen los hallazgos realizados en la plaza del Obispo, el Teatro Echegaray y la calle Alcazabilla. La ciudad estuvo entre visigodos y bizantinos desde el siglo V, por ello existen dudas a la hora de catalogar algunos asentamientos y necrópolis del norte de la provincia.

La figura de Umar ibn Hafsun abre las dos últimas secciones del recorrido de Arqueología del Museo de Málaga: las que parten de la islamización de al-Ándalus tras la conquista a comienzos del siglo VIII. Ibn Hafsun fue un musulmán que controlaba como reyezuelo toda la zona que actualmente ocupa Ardales. Cuando se establece el poder omeya, él se convierte y se alía con los cristianos para enfrentarse al poder musulmán, que lo desplazó en el cobro de sus impuestos. Su territorio empezó a ganar terreno y se quedó a las puertas de Córdoba, a punto de dar un golpe de estado. Entonces crea su ciudad, Bobastro, en la que se construyen tres iglesias y un alcázar, y que ahora constituye un importante testimonio arqueológico. La historia de Ibn Hafsun representa bien una época convulsa de conflictos y rebeliones contra el poder de la dinastía Omeya. La vitrina que acompaña el relato está repleta de restos cerámicos de Bobastro y Marmuyas (en el término municipal de Comares).

El séptimo y último tramo de la exposición está dedicado a la medina de Malaqa, la ciudad musulmana que encontraron los cristianos tras la reconquista, y a la rehabilitación, ya en el siglo XX, de la Alcazaba, con el consiguiente hallazgo de un tesoro de valor incalculable. La fortaleza tuvo diversos usos que la fueron modificando una vez pasó a manos cristianas. Su estado en el siglo XIX era de abandono absoluto, tanto que se temía por su desaparición. Sin embargo, el inicio del nuevo siglo trajo consigo un renovado interés por recuperar la Alcazaba, especialmente por parte de Ricardo Orueta desde la Dirección General de Bellas Artes. A la iniciativa se sumaron arquitectos como Leopoldo Torres Balbás, Antonio Palacios y Fernando Guerrero Strachan, así como el erudito Juan Temboury. Este último jugó un papel muy importante en la conservación y documentación de las impresionante colección de cerámicas que aparece en la reconstrucción, que provocó el estudio de las diferentes tipologías -loza dorada y cuerda seca, principalmente-. En su taller de yesería, Temboury fue restaurando piezas y generando un pequeño museo arqueológico en 1939.

El tesoro de la Alcazaba

En el pasillo que dirige al final del recorrido por la segunda planta, el visitante está acompañado por una larga vitrina que contiene un nutrido grupo de piezas de cerámica realizadas con distintas técnicas y procedentes de las excavaciones llevadas a cabo en la Alcazaba para su rehabilitación a partir de los años 30, especialmente del entorno de la torre del homenaje. Sobresale la Orza de los leones en una esquina, un azucarero vidriado en azul y blanco y una pila de abluciones de una mezquita, fechados entre los siglos XI y XV. Enfrente, la pared está repleta de fragmentos de madera ornamentada de la Alcazaba y de la Mezquita Mayor, que se trasladó desde la fortaleza al lugar que hoy ocupa la Catedral de Málaga.

Durante las últimas décadas, la aparición de restos de la medina de Malaqa en las labores de arqueología urbana ha sido constante. Los hallazgos han permitido identificar las construcciones de la ciudad, delimitada por una importante muralla y con un entorno en el que se situaban los barrios conocidos como arrabales.

La reconstrucción de la Alcazaba cierra de forma perfecta el discurso del Museo de Málaga en su sección de Arqueología, iniciado con el primer coleccionismo de los Loring y finalizado con el impulso que supone la recuperación de los tesoros islámicos para la creación del Museo Arqueológico Provincial de Málaga en 1947.

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