Sevilla, 15 ene (EFE).- El poeta Rafael Adolfo Téllez (Palma del Río, Córdoba, 1957) ha publicado en la colección de antologías de Renacimiento, sello especializado en poesía, "La soledad del aguacero", una obra culminada con la creencia de que "el poeta tiene todos los privilegios menos el de mentir".

"La poesía no se aprende en la universidad; el artista -y digo esto con todas las matizaciones- es un salvaje que con la ayuda de su instinto y de su fuerza es capaz de encontrar las palabras verdaderas; esas palabras que son puro hueso", ha dicho a Efe el poeta.

Andrés Trapiello, en el prólogo a esta antología, afirma que en los poemas de Téllez "hay algo muy verdadero y hondo. La suya es una voz que no se parece a ninguna otra de la poesía española, ni ninguna otra se parece a la suya", y añade:

"Se dirían poemas escritos muy lejos de todo, en una especie de pueblo en ninguna parte, en la ladera de un monte, sin río, sólo piedras y casas abandonadas, con las ventanas clavadas, y por la noche, estrellas y el horizonte de los perros, hablando también ellos entre sí, de valle a valle, de una manera íntima".

Sobre los temas de su poesía, Téllez afirma que no le gusta "hablar de poesía rural, y también me parece absurdo hablar de poesía urbana; la poesía es o no es; es buena o mala; eso de poesía nueva, urbana, rural es una etiqueta propia de supermercados y por lo que oigo últimamente de políticos; no se trata de vender nada; yo escribo desde la derrota; me gusta esa expresión de Leonard Cohen: 'Los hermosos vencidos'".

Aunque como señala el también poeta José Julio Cabanillas en el epílogo de esta edición, Téllez llevó durante años una vida bohemia y tarambana, ha asegurado que la poesía le ha sido de utilidad para alejarse de todo aquello "con cierta dignidad", además de para "salir medio vivo de un desamor".

En esa lejanía ha incluido al "alter-ego" de sus poemas, ese pastor llamado Joseph Uber sobre el que ha dicho que "es muy difícil ser pastor en estos tiempos ruidosos llenos de máquinas; añoro oír sólo pisadas de carros, cantos de pájaros, sonido de viento; el sonido del viento o el de las aguas, ya lo sabía don Antonio Machado, dice más a veces que las palabras de los sabios".

"En mis paseos por los campos a veces converso con alguno de esos pocos pastores que quedan, les digo mi deseo de haber sido pastor y no entienden nada", ha admitido.

También ha señalado que en sus poemas aparecen recuerdos que son anteriores a él: "Todavía hoy sueño a ratos haber compartido el chozo, ser uno más, sobre uno de los montes de Fuente Palmera donde mi abuelo y mi padre dormían en las noches tras haber sacado al campo al rebaño de cabras"

"Pienso -continúa- que oyendo a la tierra se aprende casi todo; todo tiene habla: el árbol, la piedra, el arroyo; detente un momento a pensar cuánto dice el sol rojo del ocaso; más que muchos libros; yo aprendí a escribir leyendo libros pero también oyendo a la tierra".

Sobre el tono inconfundible de su poesía, ha añadido: "Yo siempre quise quedarme; nunca quise irme; por eso soy un elegiaco y por esa razón celebro en mis poemas la hermosura de este mundo".

De ahí que no todo sea desolación en sus poemas: "La mayor parte son una celebración de las cosas que suceden; quizás el más grande milagro -y por ello de dudosa existencia- sea el amor; en mi caso los poemas de amor y los poemas a la tierra son una misma cosa".

"Nada como el cuerpo desnudo de una mujer recuerda el origen del mundo; el caso es que las separaciones amorosas te dejan, como mínimo, una temporada en el infierno; las separaciones te dejan sin porvenir, pero también, y esto es lo peor, sin pasado; uno acaba preguntándose aquello de Machado '¿Tú eres de verdad o no?'", concluye Téllez.