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Málaga

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De la filoxera a los años del hambre
Las obras públicas supusieron un balón de oxígeno frente al fuerte paro. /SUR
SI el desempleo es el problema que más preocupa y acucia a los malagueños, buceando en las crónicas y en la documentación histórica se encuentran etapas de crisis tan graves o incluso peores que la actual. Desde la caída de la industria siderúrgica, el ocaso de la textil -con el perjuicio para el comercio- y la plaga de filoxera, que arrasó las vides a finales del siglo XIX, hasta los llamados años del hambre, tras la guerra civil, el panorama de Málaga fue muy complicado. La población atravesó por una etapa de penalidades, en la que la pobreza fue el detonante de revueltas obreras y de que la emigración al continente americano se viese como la única salida para miles de familias condenadas a malvivir en una Málaga cada vez más hundida.
La depresión económica surgió en el último tercio de la centuria decimonónica cuando comenzó a resquebrajarse la boyante industria siderúrgica malagueña, que llegó a competir en importancia con los altos hornos de Bilbao. El problema radicó en el elevado coste que pagaban las fundiciones malagueñas por el carbón que arribaba al puerto desde la cornisa cantábrica o Inglaterra. En el primer caso, el transporte encarecía el precio y en el segundo lo hacían los gravámenes de los aranceles. Los ferreteros intentaron bajar ese importe, pero fracasaron. Mientras que una tonelada de hierro afinado costaba en Málaga 1.117 reales, en Oviedo salía por 652 reales. Así no se podía competir.
La industria textil malagueña, la más importante junto a la catalana, también se debilitó en las últimas décadas del XIX. Igual le sucedió al comercio, que tan pingües beneficios había dado a la burguesía de la ciudad. La puntilla para que Málaga entrase en una recesión que condenó al paro y a la miseria a decenas de miles de personas fue la plaga de filoxera. Este insecto acabó con casi todos los cultivos de vides y desarticuló la estructura agraria. La presencia de la enfermedad se descubrió por primera vez en julio de 1878 en La Indiana (Moclinejo), a unos veinte kilómetros de Málaga. De ahí se propagó con suma facilidad, asolando sin remedio la mayoría de las cosechas.
Efectos negativos
El campo se arruinó. Esa pérdida arrastró consigo a otros sectores. Como dice el historiador Juan Antonio Lacomba, la filoxera supuso la caída de la producción vitícola, la disminución de las operaciones comerciales, la contracción del mercado, el descenso general de la demanda y del consumo, y el aumento del paro y de la emigración. En definitiva, una depresión de gran calado.
Los más perjudicados por esa situación fueron los jornaleros agrícolas, los pequeños campesinos y los obreros de las industrias. El hambre y las penurias fueron un caldo de cultivo que favoreció la conflictividad laboral y las protestas de los trabajadores, que se sentían explotados, en caso de tener empleo, o carecían de ingresos si formaban parte de las largas colas de gente sin trabajo.
A tal grado llegó la miseria que muchas personas se vieron obligadas a vender las pocas pertenencias que poseían o fueron desalojadas de sus modestas casas por no poder pagarlas. Los periódicos de finales del siglo XIX y principios del XX abundaban en informaciones en las que se hacía un llamamiento a la caridad para auxiliar a familias que se morían de hambre. En 1889 se creó la Liga para el Socorro de Indigentes. Su actividad equivaldría a la que hacen ahora los bancos alimentos.
Escasez de comida
La situación no cambió con la llegada del siglo XX. Los malagueños siguieron inmersos en la escasez de comida, empleo, viviendas y recursos. La neutralidad española en la primera guerra mundial supuso una ligera reactivación de la economía, pero no fue más que un espejismo.
Los años que precedieron a la guerra civil fueron duros y desencadenaron en el conflicto fratricida. A su término, Málaga entró en lo que se denomina los años del hambre. La población estaba exhausta, empobrecida, sin capacidad de acceder a la comida y viviendo en corralones insalubres donde al hacinamiento se unían la enfermedad y la desnutrición. Fue la etapa de la autarquía económica, un periodo de los más duros a los que se han enfrentado nunca los malagueños. Se implantaron las cartillas de racionamiento ante la falta de alimentos, mientras que hubo desaprensivos que lograron importantes ingresos gracias al estraperlo (venta de productos en el mercado negro).
La década de los sesenta, la del desarrollismo, supuso un alivio. Hubo una reactivación en muchos ámbitos y la vida mejoró. Sin embargo, esta mejora se diluyó con la crisis del petróleo (1972-73). Otro golpe para la ciudad fue el adiós, en 1970, de la Industria Malagueña tras 130 años de existencia en el sector textil. En 1975 desaparecieron los talleres metalúrgicos de la Vers y en 1990 Ercros liquidó la fábrica de Amoniaco. El tejido industrial se resintió con esos cierres, que enviaron al paro a muchos obreros.
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