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Optimismo, la receta de Luis Rojas Marcos contra la depresión
El prestigioso psiquiatra ofrecerá hoy una conferencia en el Palacio Autonómico, dentro del programa de mayores de La Caixa
18.07.07 -
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Optimismo, la receta de Luis Rojas Marcos contra la depresión
CONFERENCIA. Rojas Marcos ofrece hoy una charla en Ceuta. / SUR
La depresión tiene vacuna: el optimismo. Esa es la sencilla receta del prestigioso psiquiatra Luis Rojas Marcos (Sevilla, 1943) para prevenir una enfermedad por la que han pasado alguna vez uno de cada diez seres humanos. «El optimismo es una actitud», explica a SUR Rojas Marcos, «como dicen los chinos, en cada crisis hay una oportunidad». El que fuera el máximo responsable de los los 16 hospitales públicos y la red de ambulatorios de la ciudad de Nueva York visita hoy Ceuta para dar la receta contra la soledad y la depresión en una conferencia que pronunciará en el Palacio Autonómico desde las 11.30 horas, charla enmarcada en el programa de mayores de La Caixa.

Pero, ¿cómo ser optimista? «El optimista nace pero también se hace, podemos aprender a estimular el temperamento optimista», asegura Rojas Marcos. Y es que «el optimismo tiene que ver con el pasado, con nuestra autobiografía, con cómo nos vemos; con el futuro, es decir, con nuestras esperanzas e ilusiones, pero también con el presente, con nuestra forma de explicar lo que sucede a nuestro alrededor». Pero, en el fondo, todo se resume en la voluntad de ser feliz: «Lo más importante es estar decidido a ser optimista».

Mientras tanto, Rojas Marcos aconseja luchar contra esos «pensamientos automáticos» que nos empujan a creer que todo está fatal». Un fatalismo que, advierte, nos deja indefensos ante la depresión, la enfermedad del siglo XXI. El optimismo no cura pero nos protege: «Cuando vengo de Nueva York en avión prefiero que el piloto sea optimista, porque si no funciona un botón pensará, 'vamos a salir de esta' y buscará una solución; un piloto pesimista tiraría la toalla», ejemplifica.

Hablar cura

«Está demostrado que las personas optimistas tiene más resistencia a la depresión», señala recordando que el pesimista suele ser introvertido mientras el optimista es extrovertido y sociable. «Mi amigo el cardiólogo Valentín Fuster dice que hablar es bueno para el corazón y en castellano tenemos una palabra que me gusta mucho: desahogarse», cita Rojas Marcos, que recomienda a sus pacientes que hablen, aunque sea por teléfono, al menos con seis personas cada día. Y es que ser optimista previene, hablar cura.

Conversar, una costumbre muy española. Tal vez por eso, España es el segundo país con mayor esperanza de vida después de Japón. «Hablar ayuda a rebajar la presión y reduce la posibilidades de padecer una depresión», aconseja el psiquiatra.

Un problema que empieza a afectar también a los jóvenes. «En primer lugar se diagnostica más», matiza Rojas Marcos. «Cuando llegué a Nueva York en 1968 se creía que los jóvenes no podían estar deprimidos y los niños mucho menos». Hace cuarenta años la educación y la vida que disfrutan hoy los jóvenes eran privilegios impensables para una época, la juventud, que acababa antes de llegar a los 15 años, con la incorporación al mercado laboral. Hoy el choque entre aspiraciones y oportunidades pone a los jóvenes al borde de la ansiedad. Pero todo depende de la autoestima de cada cada uno, de su optimismo. «Según las encuestas, muchos jóvenes españoles echan de menos una vivienda o un empleo que le permita independizarse, pero no lo ven como un problema personal», considera el psiquiatra, que acaba de publicar un ensayo sobre la depresión.

Contra los tópicos

Rojas Marcos se ha propuesto desmontar los tópicos en torno a la depresión. Esta tristeza profunda no es un rasgo temperamental, sólo la tercera parte de nuestra personalidad viene condicionada por la genética, el resto lo moldean las circunstancias que nos rodean en los primeros veinte años de vida, cuenta el psiquiatra.

El otro tópico contra el que lucha el reputado psiquiatra es la creencia que vincula la tristeza a la creatividad. Para Rojas Marcos esto no es sino un prejuicio anclado en la religión que señala el sufrimiento como en el único camino hacia la felicidad. Una creencia que la filosofía tradujo vinculando optimismo con ignorancia.
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