Caleta Palace, de Ventorillo a Subdelegación del Gobierno

Vídeo: Recorrido por la historia del edificio 'La Caleta' realizado por el Centro de Tecnología de la Imagen de la UMA.
Víctor Heredia
VÍCTOR HEREDIAHistoriador

Hubo un tiempo en el que el nombre de La Caleta sugería en Málaga una zona apartada atravesada por un polvoriento camino y poblada de pequeñas edificaciones aisladas que servían como ventorrillos de sabor flamenco. Esos «santuarios de nocturnas expansiones», en palabras de Gustavo García-Herrera, tuvieron su época de esplendor como escenario de interminables juergas a la ribera del mar. Pero a finales del siglo XIX, y gracias a la iniciativa del ingeniero Sancha y de sus socios, se emprendió la urbanización de los terrenos comprendidos más allá de La Malagueta. Alrededor del eje del camino de Vélez, entre el mar y el monte, se fueron formando varios barrios residenciales caracterizados por lujosos hotelitos rodeados de jardines.

En aquellos años se estaba instalando en ciertos sectores de la sociedad malagueña la idea de que el turismo era una futura fuente de riqueza y que había que poner las bases para convertir nuestra ciudad en un lugar atractivo tanto por su clima –un atributo natural, al fin y al cabo- como por los servicios que ofrecía a los visitantes nacionales y extranjeros. Y entre esos servicios eran imprescindibles unos equipamientos hoteleros adecuados, bien situados y dotados de las comodidades que demandaban los potenciales y potentados turistas de principios de siglo.

Uno de aquellos ventorrillos iba a ser el protagonista de la transformación turística de las primeras décadas del siglo XX. La antigua Venta de Cayetano, ubicada al pie de la carretera junto al Arroyo de la Caleta, se convirtió a partir de 1890, bajo la gestión del soriano Epifanio García, en el Hotel-Restaurante Hernán Cortés. Ocupaba una amplia parcela ajardinada que lindaba con el arroyo –ya encauzado y con un puente desde 1899-, en la que se fueron distribuyendo, además de la construcción principal, varios pabellones destinados a comedores y una terraza-mirador.

Como café-restaurante el Hernán Cortés se convirtió en el escenario habitual de comilonas y homenajes a personalidades distinguidas, gracias a su agradable ubicación y a sus amplios jardines con vistas al mar. Por allí pasaron personalidades del mundo cultural y social del país como Unamuno, María Tubau, los hermanos Álvarez Quintero o el torero Ricardo Torres «Bombita». Además, las postales de principios de siglo permiten leer el letrero que figuraba en la fachada del edificio, con el nombre «Hernán Cortés British Pension», que sugiere una especial orientación hacia la clientela de origen británico.

Más adelante se hizo cargo de su gestión el empresario cordobés José Simón Méndez, que regentaba otros dos hoteles en la calle Larios. En 1918 se constituyó la Sociedad Anónima Caleta Palace, con un capital social de 250.000 pesetas, que luego se elevó a dos millones. El presidente del primer consejo de administración fue el senador y comerciante Félix Sáenz Calvo. Inmediatamente se acometió la reconstrucción del hotel, con un proyecto de Fernando Guerrero Strachan que ampliaba su capacidad y ofrecía una orientación que aprovechaba al máximo la luz natural y las vistas al mar. En 1929 se realizó el pabellón para comedor y servicios al sur de la parcela, y se demolió el último resto de la primitiva edificación.

El estilo del hotel, entre regionalista y colonial, permitía al turista encontrar referencias conocidas y al mismo tiempo exóticas. Respondía a una nueva concepción del negocio hotelero vinculado al incipiente turismo –de procedencia regional y nacional, pero también de origen extranjero- que buscaba el templado clima mediterráneo. Se puede decir que fue el primer hotel de sol y playa expresamente construido con este destino, el primer ejemplo verdadero de la arquitectura del relax en la Costa del Sol. De hecho, ofrecía entre sus numerosos servicios una «playa particular».

Entre los huéspedes ilustres del Hernán Cortés -que a partir de 1925 se denominó ya Caleta Palace-, estaba Federico García Lorca, cuya familia pasaba un par de semanas en el hotel al final del verano. De esta manera nació la amistad del poeta con los malagueños Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. Federico escribió a Falla en una carta con membrete del Hernán Cortés: «Málaga es maravillosa y ahora lo digo dogmáticamente. Para ser un buen andaluz hay que creer en esta ciudad, que se estiliza y desaparece ante el mar divino de nuestra sangre y nuestra música».

Pero no fue el único. La prensa nos informa de otras personalidades conocidas que descansaron en el hotel: el infante Don Jaime de Borbón, Buster Keaton, Gilbert Roland, Victoria Kent, Imperio Argentina… La publicidad del establecimiento nos lo presenta en los años treinta como un alojamiento sofisticado y moderno, especialmente orientado a una clientela anglosajona (se insistía en su «American bar» y en sus «fashionable tea-dances»), y que funcionaba como un destacado centro lúdico, escenario frecuente de fiestas y banquetes organizados por los más diversos motivos.

Pero ese ambiente festivo no permaneció ajeno a la tragedia que acechaba al país. En 1934 tuvo lugar en la puerta del Caleta Palace el atentado contra el rejoneador sevillano El Algabeño, cuyo vehículo recibió nueve disparos. Cuando estalló la guerra no dejó ser hotel, al contrario de lo que ocurrió al Hotel Miramar, que fue destinado a hospital hasta 1940.

El Caleta Palace se convirtió en una referencia para la comunidad extranjera que se mantuvo en la ciudad en los primeros meses de la guerra. Durante un tiempo un destructor británico permaneció anclado frente el hotel, que también daba cobijo a la acción del «Inglés del Cruce», George W. Grice-Hutchinson, que se dedicaba a hacer viajes en su pequeño yate «Honey Bee» entre Málaga y Gibraltar, llevando a personas perseguidas y trayendo comida y medicamentos. En el Caleta Palace se alojaron Arthur Koestler y Gerda Grepp –que mencionan a pilotos rusos en el mismo hotel- y allí estuvo brevemente recluido Sir Peter Chalmers después de la caída de la ciudad en febrero de 1937. Al año siguiente falleció en una de sus habitaciones el general Miguel Cabanellas, que estuvo al frente de la Junta de Defensa de los sublevados hasta que Franco asumió el mando supremo.

Una vez ocupada la ciudad por las tropas franquistas el hotel siguió funcionando como tal, alojando preferentemente a mandos militares. Por aquí pasó el primer grupo turístico de la ruta de guerra del sur, organizado por Luis Bolín en 1938.

Pero la reapertura del Miramar y la difícil situación del país y del mundo, en plena guerra general, debió complicar el estado financiero de la sociedad, que en febrero de 1942 anunció la venta del hotel a la Falange en millón y medio de pesetas para la instalación de un sanatorio que sería inaugurado el 7 de febrero de 1943 con la denominación oficial de «Francisco Franco», a cargo de la Obra Sindical 18 de Julio, que acabaría dándole el nombre popular.

El 15 de marzo de 1943 se produjo el primer nacimiento en sus instalaciones, siendo la madre Amalia Aranda Galacho. El hospital fue en las siguientes décadas centro de referencia de la atención sanitaria a los trabajadores malagueños y solo en sus primeros veinticinco años se atendieron más de 25.000 partos.

En la década de 1980 el sanatorio se integró en el Servicio Andaluz de Salud, dejando de prestar servicio como centro hospitalario propiamente dicho para convertirse en Centro de Salud del Limonar. En 1994 fue cerrado por deficiencias en el inmueble y poco después el SAS desafectó la finca, que fue asumida por la Consejería de Economía y Hacienda. Sometido a una profunda rehabilitación para acoger, inicialmente, la delegación provincial de la Consejería de Innovación, Ciencia y Empresa, en 2007 pasó a depender de la Administración central como parte del intercambio que liberaba la Aduana para acoger el Museo de Málaga. Desde entonces es la sede de la Subdelegación del Gobierno en la provincia.

Con diferentes denominaciones populares -Ventorrillo de Cayetano, Hernán Cortés, Caleta Palace o 18 de Julio-, pero siempre en La Caleta, este entrañable edificio va a cumplir cien años como testigo de la historia de la ciudad.