Café de Chinitas: de convento a templo (del arte)

Construido sobre una antigua iglesia de la orden de San Agustín, fue el café cantante más famoso de España. Conocido por el brillo de sus artistas y clientes, también destacó por sus excesos, sus juergas y hasta por ser un burdel encubierto

Edificio que ocupó el Café de Chinitas, con el azulejo del verso de García Lorca en su fachada. /
Edificio que ocupó el Café de Chinitas, con el azulejo del verso de García Lorca en su fachada.
Ana Pérez-Bryan
ANA PÉREZ-BRYAN

Bien por su historia o bien por su singularidad urbana, como espacio semiescondido en pleno corazón del centro histórico y con un latido absolutamente propio, el Pasaje Chinitas sigue siendo hoy en día uno de los rincones con más sabor y tradición en el callejero local, una especie de isla con personalidad definida que lleva siglos invitando a turistas y vecinos a volver los pasos sobre su huella. Ese mérito ganado a pulso en la memoria colectiva tiene como responsable directo al mítico Café de Chinitas, cuya fama trascendió las fronteras locales hasta el punto de colocarse en la avanzadilla de ese concepto de café cantante que marcó el compás en la España popular de finales del XIX y principios del XX.

Ahora bien, más allá de este lugar elevado por muchos a la categoría de mito, el Pasaje Chinitas no siempre se llamó así ni su origen primero está en aquel café que abrió sus puertas en 1857 y las cerró para siempre en 1937; y con ellas una historia con tantos recovecos como las callejuelas que le dieron abrigo durante 80 años. Porque aquel templo (del arte) se levantó sobre los restos de un convento que fue testigo de la vida cotidiana y del extraordinario desarrollo de la plaza de la Constitución y sus alrededores durante más de dos siglos. En efecto, antes de que en el pasaje se tocaran las palmas y corrieran el vino, la poesía y la juerga, esa manzana urbana estuvo ocupada por el convento y la Iglesia de las Agustinas Descalzas, una orden monástica que desembarcó en Málaga en 1628 gracias a la devoción -y al pago de 21.500 ducados- de la viuda de Melchor Zorrilla, que fue durante muchos años regidor de la ciudad. De hecho, el pórtico de entrada tallado en piedra por el que hoy se accede al pasaje a través de la plaza de la Constitución es en realidad la puerta de acceso a la iglesia de las Agustinas, aunque en aquella época con otra de madera tallada más pequeña e incorporada perfectamente al conjunto para regular la entrada y salida de fieles. Sobre sus dimensiones, es fácil intuir la importancia que tuvo en la Málaga de la época si se tiene en cuenta que las cuatro fachadas del convento-iglesia daban a la plaza de la Constitución, a la calle Santa María, a la calle Fresca y a la calle del Toril, que luego se convertiría en la calle Larios y que se llamaba así porque durante años fue el lugar por el que salían los toros que luego se lidiaban en la céntrica plaza.

La Campana, uno de los locales con más sabor del Pasaje de Chinitas, y que ya cerró sus puertas. Abajo. Dibujo del interior del Café de Chinitas. Y detalle del azulejo que recoge el verso de García Lorca dedicado al Café de Chinitas y que está en la fachada que ocupó el local

Sin embargo, la historia del convento terminó con el proceso de desamortización de Mendizábal (1836), que en primer lugar expropió el edificio y todos los bienes de la Orden de San Agustín y posteriormente exclaustró a las monjas. El destino de aquel enorme inmueble fue común al de otros muchos que también quedaron en manos del Estado: subasta al mejor postor y piqueta. Y aquello fue el germen del pasaje que hoy conocemos como Pasaje Chinitas. Una vez en manos del Estado, el edificio le fue adjudicado a Antonio María Álvarez de Quindós y Gutiérrez de Aragón, un acaudalado prohombre que además había sido gobernador civil y militar de Málaga, quien comenzó a acariciar la idea de reformar el espacio con la apertura de un pasaje. Según recoge el periodista Julián Sesmero Ruiz en el libro editado por SUR 'Los barrios de Málaga', el proyecto original data de 1852 y llevaba la firma de Diego Clavero. Tras los correspondientes trámites, el derribo del convento y la iglesia comenzó el 3 de abril de 1854.

Con aquella obra comenzó a surgir la nueva fisonomía del pasaje, que recibió el nombre de su impulsor (pasaje de Álvarez). Los primeros comercios y negocios se asentaron entre sus callejuelas, aunque fue la idea de Antonio María Álvarez de construir «un teatrillo para uso particular y una reducida corte de amigos» lo que terminaría por darle fama al nuevo escenario urbano. El gobernador eligió para ello una planta interior para disimular su estructura, ya que la experiencia de otros cafés cantantes que ya existían en la ciudad habían generado considerables revuelos entre los vecinos y las autoridades de la época no estaban dispuestas a tolerar más escándalos. Por eso se explica la ubicación poco convencional del local, un humilde espacio ganado a los bajos de un patio de vecinos al que llegaba la luz a través de un ojo de patio. Sesmero recuerda que «el escenario era de modestas dimensiones y a sus lados se abrían seis palcos, en realidad verdaderos reservados para gentes con ganas de nocturna jarana con presencia femenina. Carecía de camerinos y los artistas, hombres o mujeres, tenían que ataviarse y desvestirse amparados por un sistema de cortinas y lonas que nadie custodiaba (…). El piano quedaba a pie de escenario y el público se acomodaba en veladores situados de manera que, por sus estrechos pasillos, pudieran transitar activos camareros de grandes y redondas bandejas, largas patillas y engomados bigotes».

Aquel fue el germen del popular Café de Chinitas, ubicado en el Pasaje de Álvarez, 71. Ahora bien, ¿de dónde procede el nombre? Las crónicas de la época se refieren a las actuaciones relativamente habituales y muy aplaudidas del actor Gabriel López, conocido como 'El Chinitas', que terminó uniendo su nombre a la denominación popular por la que todo el mundo acabaría conociendo ese lugar para el cante, el baile y la juerga. Sin embargo, pocas veces se llamó así de manera oficial, ya que a lo largo de los años el café impulsado por Antonio María Álvarez tuvo los nombres de Café Casino Malagueño, Café-Teatro Casino Malagueño, Salón Teatro Chinitas o Gran Café Variedades, entre otros. Sobre esa denominación popular, otras crónicas recogen que sin embargo el Café Chinitas pudo recibir ese nombre por las chinitas o pequeños cantos rodados que decoraban el pasaje.

Pórtico de entrada al Pasaje de Chinitas, que coincide con la entrada al convento e iglesia de las Agustinas
Pórtico de entrada al Pasaje de Chinitas, que coincide con la entrada al convento e iglesia de las Agustinas

En cualquier caso, con la apertura de este café teatro comenzó una leyenda que se prolongó durante 80 años y que ha llegado hasta nuestros días. El escueto local pronto extendió su fama y se convirtió en el más conocido de España. Aunque su plato fuerte era el flamenco; la zarzuela, el teatro y hasta la magia se combinaban sobre el escenario. Todo aquel que fuera alguien en el arte y en el cante de principios del siglo XX pasaba por allí: Juan Breva, Antonio Chacón, La Macarena, La Juana, La Trini, El Petrolo, El Porrilla, las hermanas Navarro, Estrellita Castro, Lucrecia Torralba, Manuel Torres, Pastora y Tomás Pavón, Manolo Caracol, Cojo de Málaga, Palanca y el mismísimo Juanito Valderrama, entre una interminable lista de figuras, dejaron allí su arte. Al otro lado del escenario, en sus veladores y reservados, la presencia de personalidades como Federico García Lorca, La Argentinita, Picasso, Salvador Dalí o Vicente Aleixandre terminaron por redondear el éxito del Café de Chinitas. El vínculo de unos y otros con el local fue tal que incluso García Lorca terminó por dedicarle un verso que ha quedado para la historia y que hoy luce en un pequeño azulejo en la fachada del edificio que ocupó el café cantante: «En el Café de Chinitas dijo Paquiro a su hermano: Soy más valiente que tú, más torero y más gitano». Como curiosidad, y pesar de que desde el punto de vista poético el verso es incontestable, parece que la historia no permitió la coincidencia de ambos protagonistas y dejó sólo en leyenda el enfrentamiento a muerte entre Paquiro y su hermano, ya que el primero murió seis años antes de que se abriera el café y además en otras crónicas históricas se recuerda que Paquiro no tuvo hermanos.

Pero si el Café de Chinitas fue conocido en la época por sus ilustres artistas y visitantes, también lo fue por sus escándalos: sus responsables no pudieron evitar el férreo control de las autoridades locales; y sus juergas, peleas y excesos estuvieron detrás de varios cierres (y posteriores aperturas) a lo largo de los años. De hecho, en alguna ocasión los dueños intentaron darle un giro a al local para impulsar un cambio de imagen e incluso de nombre -llegó a denominarse 'Salón Royal' durante una época-, pero sus files insistían en mantener el sabor que lo habían elevado al olimpo de la noche malagueña. Algunas crónicas constatan incluso que el Café de Chinitas funcionó como un burdel encubierto durante años, y no era un secreto que algunos de sus espectáculos superaban ampliamente los límites de la férrea moral de la época. De nuevo el periodista Julián Sesmero rescata uno de esos espectáculos 'picantes': «De los años diez al veinte del presente siglo (siglo XX), descolocadas damitas devolvieron al local su antiguo sabor a burdel con gran contento de los parroquianos. De tan lejanos años se recuerda, en tiempo de carnaval, la actuación de alguna 'inocente' artista que cantaba con un plátano en la mano, y preguntando al final de su actuación por qué oquedad de su anatomía deseaba el respetable que se lo introdujera, obecedía entre aplausos de aprobación general».

Pero todo lugar mítico tiene su ocaso, y el Café de Chinitas no fue una excepción: la programación fue decayendo, la trifulca acabó imponiéndose al arte y las autoridades locales decretaron su cierre definitivo en el año 1937, en plena guerra civil. Sin embargo, el local no fue pasto del olvido, y Málaga siguió recordándolo como un reducto brillante de una época de profundos cambios sociales, económicos y culturales. No en vano, más de dos décadas después de su cierre, en los años 60 y con la llegada a la alcaldía de Málaga de Francisco García Grana, el primer edil publicó en la prensa local un edicto para dar a conocer la decisión oficial de que el hasta el momento Pasaje de Álvarez pasara a llamarse Pasaje Chinitas. Con este gesto se recuperó parte de la historia sentimental que latió entre sus callejones, aunque el relato del Chinitas aún no ha puesto su punto y final: el pasado mes de abril la cadena malagueña Soho Boutique Hotels y un inversor ecuatoriano adquirían el edificio que durante 80 años albergó el local, y los responsables del proyecto avanzaron entonces que no sólo construirán doce apartamentos turísticos -santo y seña de los nuevos tiempos- sino que harán un guiño a ese pasado mítico con la recuperación, en los bajos del inmueble, del Café de Chinitas. Y con él, de una memoria que se ha mantenido intacta durante más de un siglo y medio.

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