La noche en que las llamas devoraron la Aduana

Imagen del incendio
Imagen del incendio / Fuente: ABC
  • En la madrugada del 25 al 26 de abril de 1922 se desencadenó una de las peores tragedias que se recuerdan en la Málaga del siglo XX: el fuego arrasó las buhardillas del edificio, dejando 28 muertos y familias enteras desaparecidas. La historia cumple 95 años, pero muchos aún no la han olvidado

La madrugada aquélla en la que las campanas de la Catedral doblaron para despertar a los malagueños pocos imaginaban la escena que estaba a punto de descubrirse ante sus ojos. Ni siquiera los vecinos del centro, incluso de los barrios más cercanos, que habían visto durante toda la noche cómo el fuego devoraba la cubierta y la parte superior de la cercana Aduana, fueron conscientes de la magnitud de la tragedia hasta que no se acercaron a verlo por sí mismos. Porque la noche del 25 al 26 de abril de 1922 quedará escrita en la historia de la ciudad como una de las más trágicas del siglo XX en Málaga. Qué es si no que 28 personas murieran en ese incendio y que las llamas se tragaran de un plumazo a familias enteras, incapaces de escapar de la zona de las buhardillas, construidas en madera y convertidas en auténticas ratoneras.

De aquel episodio negro acaban de cumplirse 95 años, pero aún son muchos malagueños que han escuchado cómo en sus casas se contaba la historia de aquella noche en la Aduana. Los que la vivieron en primera persona probablemente no la habrán olvidado nunca, bien porque se echaron a la calle a ayudar con los pocos medios que tenían a su alcance o bien porque fueron testigos de cómo las víctimas, convencidas de que no tenían escapatoria, se arrojaban por las ventanas del edificio que hoy, con el paso de los años, se ha convertido en una de las joyas de la corona de la nueva Málaga cultural.

La noche en que las llamas devoraron la Aduana

Estado en el que quedó el edificio tras el fuego.

/ ABC

Porque la Aduana ha tenido varios usos antes de ser celebrada como museo: inaugurada en 1829, su primer destino fue el de una fábrica de tabaco y diez años después cambió de uso para albergar primero las dependencias de la Hacienda Pública y sumar después las oficinas de la Diputación Provincial y del Gobierno Civil, además de la Comandancia de Carabineros. De hecho, el edificio albergaba numerosas dependencias administrativas cuando se desencadenó el incendio que no sólo conmocionó a la ciudad, sino que fue noticia en el resto del país; y sus buhardillas estaban destinadas a las familias de los funcionarios que prestaban sus servicios en el imponente edificio. Era el caso de los porteros, de los guardias civiles o de los empleados públicos de rangos intermedios, que tenían habilitada la parte superior de la Aduana; mientras que los superiores como el Gobernador Civil o el delegado de Hacienda vivían directamente en la parte noble de este enclave que también se conoce en la ciudad como Palacio de la Aduana. Estas últimas viviendas estaban autorizadas y tenían condiciones de habitabilidad, pero la zona de las buhardillas no estaban sujetas al mismo control e incluso muchos achacan a esa falta de mantenimiento la rápida propagación de las llamas: tal y como se recoge en el escrito que firma Manuela Fernández Escorial, del Archivo Histórico Provincial de Málaga, en un libro publicado por la Junta de Andalucía sobre el Gobierno Civil, la planta de la buhardilla “se encontraba dividida en numerosas habitaciones separadas por tabiques, en algunas ocasiones de lona. Estas residencias estaban ocupadas de manera casi encubierta por los funcionarios de las diferentes administraciones (…). También improvisaban cocinas sin la suficiente evacuación de humos, incluso las conexiones de electricidad estaban hechas de manera fraudulenta”.

Más vecinos de la cuenta

Estas circunstancias, unidas al hecho de que esas habitaciones albergaban a muchas más personas de las que oficialmente figuraban como vecinos (alrededor de unos 70) y a que el fuego se inició junto al ángulo de la única escalera que bajaba de la buhardilla terminó de perfilar todos los ángulos de la tragedia. Aunque el origen del devastador fuego sigue siendo una incógnita -algunos apuntaban a que pudo estar en la vivienda 9, ocupada por un subalterno de la delegación de Hacienda cuya familia sí se salvó- todas las crónicas de la época coinciden en señalar que las llaman comenzaron a devorarlo todo a una velocidad vertiginosa en torno a la una de la mañana. A esa hora la mayoría de los que habitaban esta zona dormían, pero rápidamente se desató el pánico entre los que intentaron buscar vías de escape. Según recoge el periódico 'ABC' en su crónica del 28 de abril de 1922, el número “aterrador” de víctimas no sólo sumó a las que murieron carbonizadas o por el derrumbamiento del techo, sino a las que se arrojaron por las ventanas viendo ahí la única salida: “El pánico nació de la creencia general entre los vecinos de las buhardillas de que el fuego venía de abajo, de los almacenes de la Aduana. Esto hizo que todos huyeran de asomarse al patio y se dirigieran a los ventanucos que dan a las calles que rodean el edificio, cuya altura es enorme, quedando allí aprisionados por el fuego y carbonizados los que en su terror no se arrojaron a la calle (…). En los momentos de mayor angustia, un portero gritaba : “¡Por aquí podemos salvarnos!”, pero no le oyeron los compañeros aterrados (...)”.

La dantesca escena también queda recogida en las páginas del diario 'La Unión Mercantil' que se hacía eco de la tragedia: “Horrible catástrofe del siniestro más espantoso que conmueve en estos momentos Málaga entera, cuya visión pesa tanto en el ánimo del reportero hasta el punto de impedirle coordinar ideas (…). Comienzan a aparecer cadáveres carbonizados, así como los que se arrojan por las ventanas huyendo del fuego”. A las llamas se unieron además una serie de explosiones ocasionadas por las municiones que se encontraban en la Comandancia de Carabineros y que también desataron el pánico entre las personas que intentaban ayudar desde fuera.

Los supervivientes, “enloquecidos”

El resultado: 28 muertos, entre ellos familias enteras. Fue el caso de Andrés Arce, portero de la Diputación, que falleció junto con su esposa Ana, sus seis hijos, su cuñada y la hija de ésta; o de Diego Peña, portero de Hacienda, que cayó víctima del fuego con su mujer Isabel y sus tres hijos. Las crónicas de los diarios de la época se llenaron los días siguientes de los testimonios de los supervivientes, muchos de ellos “enloquecidos” por la experiencia; o de aquéllas que recogieron los entierros de las víctimas. Los sepelios tuvieron lugar en el Cementerio de San Miguel, que concentró a miles de malagueños que quisieron despedirse de sus vecinos. Tal y como recoge la página web del camposanto en el relato de aquella jornada de luto, “los cadáveres, que estaban el depósito judicial, fueron trasladados al cementerio en una impresionante manifestación de duelo. En la puerta la policía tuvo que poner orden porque era imposible el acceso de los féretros. Para dar sepultura a las víctimas se abrieron 30 zanjas en el patio de San Gregorio”.

Monumento a las victimas del incendio de la Aduana (1922) (Francisco Palma Garcia).

Monumento a las victimas del incendio de la Aduana (1922) (Francisco Palma Garcia). / Fuente Cementerio Histórico San Miguel

Tiempo después, el escultor Francisco Palma García recibió el encargo de hacer un boceto para levantar un 'Monumento a las víctimas del incendio de la Aduana', aunque la idea se ejecutó y quedó en el olvido. No así la indignación de los malagueños, que rápidamente culparon a las autoridades de la época de la tragedia por su falta de previsión y por una asombrosa escasez de medios. De hecho, desde las páginas de 'La Unión Mercantil' se denunció la “incapacidad de los bomberos”, cuyo parque se ubicaba a apenas cien metros de la Aduana pero que no fue todo lo eficaz que la situación exigía porque las bombas no arrojaban el agua suficiente, las mangueras estaban picadas y las escalas no se desplegaban. De hecho, el incendio tardó en extinguirse.

La indignación de la ciudad

En medio de la conmoción generalizada, y de los pésames y manifestaciones de dolor que llegaban de todos los rincones -caso de Ortega y Gasset o de la princesa de Kapurthala, Anita Delgado, desde París- el alcalde de la ciudad, Narciso Briales Franquelo, no sólo tuvo que enviar un telegrama a los medios defendiéndose de las acusaciones –“Este Ayuntamiento, condolido, ruega a la prensa abra un compás de espera para demostrar plenamente su irresponsabilidad en la magnitud de la catástrofe”, rezaba el escrito- sino que convocó un pleno municipal para adoptar medidas urgentes y así calmar los ánimos de la población. Los acuerdos, además de una investigación sobre la tragedia, incluían también el pago de los enterramientos de las víctimas, la apertura de una suscripción pública para ayudar a las familias afectadas y la promesa de un presupuesto extraordinario para mejorar las condiciones de los bomberos de la ciudad.

La reconstrucción de la Aduana se iniciaría poco después con la certeza de que el coste económico y humano para lograrlo iba a ser enorme y de que el edificio quedaría marcado para siempre por aquella tragedia. Y aunque el paso de los años ha terminado por mitigar el dolor de aquellos días, en el Palacio de la Aduana de hoy, reconvertido en museo, queda la huella del imponente cuadro '¡Y tenía corazón!', de Simonet, como metáfora (quizás) de ese otro corazón del edificio que paró de latir para siempre en la madrugada del 26 de abril de 1922.

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