Primavera en gris

Hay fechas en las que las añoranzas te acorralan, te persiguen como espectros al acecho en cualquier esquina

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Será por los años, por el inevitable aullido interminable con el que te empuja la vida. Será, quizá, el peaje ineludible de seguir en pie el que te despoja sin descaro pero como quien no quiere la cosa de la gente íntimamente insustituible. Lo cierto es que hay fechas en las que las añoranzas te acorralan, te persiguen como espectros al acecho en cualquier esquina, en el envés de cualquier libro, para reprocharte que sí, que es cierto que hubo un tiempo mejor. Son días de atmósfera extraña, que te enfundan sin tú quererlo el disfraz de bicho raro en medio de una felicidad ambiental que a ti no te encaja. Simplemente porque ellos no están. Y esta fiesta, claro, no es la misma de entonces.

Basta echar un vistazo a 'Visiones eternas', la magnífica obra editada por SUR sobre la Semana Santa con textos e imágenes de Antonio Garrido y Fernando González. En ese volumen está sintetizada la mirada de dos cofrades de excepción, dos malagueños únicos, dos amigos insustituibles que se fueron demasiado pronto y nos dejaron tan huérfanos que, aún hoy, hay ratos que parece mentira que ya no los vayamos a volver a ver. A Fernando, cámara al hombro en un balcón de la Trinidad frente al Cautivo; a Antonio, como ese nazareno grande que veías venir de verde Esperanza desde su entrada en la Alameda Principal. Y todavía hay días, sí, que quiero pensar que voy a encontrarme un WhatsApp de Fernando, uno de esos retos rápidos en torno a la música, cuando me mandaba dos segundos de una canción y apenas me daba tregua para acertar el tema. Y también, sí, hay veces que me parece que queda menos para otra de esas tardes apacibles con Antonio, en las que desmadejábamos la tela oculta de los mensajes que encierra la copla española, o acababámos por descifrar los códigos eróticos del pie de Ana Ozores en 'La Regenta'.

Por eso, cuando el otro día tuve en mis manos 'Visiones eternas' sentí que algo de mí había también en esas páginas. En realidad, de todos: en el relato de Antonio sobre el monólogo de la ciudad, con ese Cristo de San Pablo en el blanco y negro de Fernando. En el elogio de la curva, ay esa curva malagueña retratada por Fernando en la calle Nueva, con la voz del capataz que se eleva, y esos hombres de trono que aprietan los dientes para cuadrarlo, para que pase bonito, entre ovación y lágrimas. Y, claro, esa reflexión de Antonio sobre lo sagrado y lo profano que te deja sin defensas, con esa imagen de Antonio Banderas preparado para fundir el hombro al varal de Lágrimas y Favores, obra de Fernando.

Será por eso, sí, que a estas alturas de lunes trinitario la primavera sigue aún teñida de gris invierno. De gris tristeza.