Padres

Una casualidad quiso que el 19 de marzo me encontrara con una cajita donde guardo las cosas de mi padre cuando buscaba un marcapáginas para el libro que me regalaron mis hijos

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

En una de esas circunstancias que por azar o quién sabe por qué acaba en casualidad me fui a topar el 19 de marzo con una caja con los viejos objetos que conservo de mi padre. Rebuscaba en un cajón un marcapáginas para 'Una historia de España', de Pérez-Reverte, que recibí de mis hijos precisamente por el Día del Padre, cuando di con ese último vínculo físico que me queda del genial don Antonio, el abuelo Nono de sus nietos. He de admitir que, preso de la melancolía, anduve hurgando un rato en aquellas pequeñas cosas que, como en la canción de Serrat, nos dejó un «tiempo de rosas»: sus gafas, el carné ajado del Colegio de Licenciados en Filosofía y Letras, la foto de mi madre antes de caer en el vacío del alzhéimer para siempre, un crucifijo, un breve cuaderno de anotaciones... en fin, lo último tangible que me queda de él desde que se fue en 2015.

Así que yo, que siempre descreí de las declaraciones oficiales del 'Día de...' me vi envuelto justo esa mañana en una vorágine de recuerdos. Y no porque no lo tenga presente siempre. Más bien al contrario, no hay un solo día en el que no haya un minuto, un segundo, en el que una ráfaga de memoria me devuelva a su compañía, a su habilidad para convertirme en transparente a sus ojos, a la sagacidad de sus silencios, a la ternura de sus palabras cuando los espejos me empujaban sin piedad a los abismos, los propios y los ajenos. Lo que ese amanecer del martes emergió, quizá como nunca antes lo había hecho, fue la admiración por la facilidad aparente con la que ejerció siempre su condición; la sencillez y el foco con los que afrontó ese juego perverso al que a mí siempre me parece que le están cambiando las reglas a cada momento. Sin subir el tono, con aplomo, con una autoridad y un respeto que, francamente, nunca supe de dónde los sacó para oficiar su paternidad. Sobre todo cuando tuvo que enfrentarse a la fiera de mi adolescencia, tan indómita como 'hormonalmente' ridícula, y que ahora me toca lidiar a mí con los míos sin la templanza ni el horizonte que él tuvo.

Y, en fin, pude de verdad certificar a través de la visión que me proporcionaron aquellos objetos la sabiduría y el amor que me concedió sin pedir nada a cambio, más allá de un «¿cómo estás, papá?» de vez en cuando y, eso sí, ya cuando la edad nos acercó como adultos, algunas risas en torno a un buen tinto mientras arreglábamos el mundo o hablábamos, qué paradoja, de la dificultad de ser padres.

Así que cerré la cajita y volví a depositarla en el fondo del cajón, ese rincón íntimo de casa al que vuelvo cada vez que necesito el tacto cálido de la nostalgia. Y pensé que es cierto, que sigue aquí de muchas formas, en sus recuerdos y en la memoria que a veces me desempolvan otros que lo conocieron. Tan cierto como la falta que me hace.