Indecisos

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Lo único que en todo este tostón de campaña (y esperen, no se vayan todavía, aún hay más; tocan las municipales) no ha dejado de tener cierta guasa es la cara de haba que se le quedó a Pablo Casado anoche. Uno no sabe si es que no se enteran porque realmente viven en una burbuja a la que contribuimos con denuedo los periodistas o es que no encuentran el desatascador de su descrédito. No han comprendido que ya no vale eso de haber «entendido el mensaje», que no es suficiente con sembrar la resaca postelectoral de amenazas de que viene el coco, de que esto se nos va al carajo, si en los siguientes cuatro años siguen aplicando con entusiasmo la teoría y práctica del mamoneo.

Aquellos a los que Tezanos trata de escondernos debajo de la cama con el eufemismo de indecisos no somos más que los millones de rostros del desencanto, del cansancio de la partitocracia, entregada sin distinción de raza, sexo, sigla o religión al chiringuito de la corruptela, del codeo con las élites financieras, del tráfico de cuñados y amiguetes por concejalías y direcciones generales; a la reubicación de diputados en senadores, de candidatos paracaidistas en los pueblos de los que si te he visto no me acuerdo al día siguiente de las elecciones. Y, en fin, de esta gente de la política que no tiene retorno, que se come las manitas como los pulpos si mañana el partido lo deja fuera de un despacho, un escaño o una comisión.

Y así nos va. Porque no nos engañemos. ¿Qué credibilidad tiene una clase política que protagoniza el doble esperpento televisado de la pasada semana y que ha articulado su campaña sin escrúpulos sobre la crispación y el miedo en medio de una absoluta falta de propuestas? Afortunadamente ayer se impuso la moderación y quienes llegaron a esta campaña como predicadores del apocalipsis se han llevado un sonoro portazo de desconfianza.

Tampoco la euforia de acabar por encima de las siniestras expectativas debería hacerles perder la perspectiva a PSOE, Podemos e incluso Ciudadanos. Ninguna de las fuerzas políticas en el Parlamento suma más de un tercio del apoyo del censo. Siguen a años luz de seducir a quienes estamos hasta la coronilla de eslóganes de combustión rápida, de paraísos prometidos que ni siquiera ellos se creen, de programas irreales diseñados en despachos de lujo, ajenos al calor del asfalto, al olor a menudo insoportable de la calle, a la gangrena que avanza por las listas de espera, a la miseria de un salario congelado o a la amenaza constante de llegar a una vejez mendicante sin pensiones mientras vivimos cosidos a impuestos hasta cuando compramos un cepillo de dientes.

Por eso, ayer deslicé sobre la urna una papeleta en blanco. No por indeciso, no. Más bien al contrario: por la firme decisión de ejercer mi derecho al hartazgo.