Héroes

Estamos rodeados de héroes, corazones abiertos sin capa ni foco

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Le sufragaron su entierro, lo subían cada día porque en su bloque no había un ascensor ni su vivienda tenía las condiciones propias para vivir con el cáncer que se lo acabó llevando. Era un niño, se llamaba Benjamín y los bomberos de Marbella le hicieron la vida más fácil durante los meses que sobrevivió a la enfermedad. Su madre se quedó sin trabajo en diciembre pasado y la ayuda de la Ley de Dependencia que solicitó aún no había llegado porque nuestros políticos andan muy atareados con el hocico metido en el reparto del pastel, a ver quién coge las mejores mesas del chiringuito donde nosotros les ponemos la mesa, les invitamos a comer y encima les fregamos los platos. Y mientras todo esto se nos llena de esta tropa superflua y advenediza, la vida continúa con sus héroes anónimos; el ying y yang de nuestras contradicciones. Nosotros en estado puro, capaces de lo mejor y lo peor. De un lado, la imagen ruidosa de quienes negocian sus ambiciones a costa del dinero de todos. De otra, esa gente que pasa sin amplificador por la vida pero deja impresa una huella que hace el camino mucho más transitable a los que venimos por detrás.

Héroes, corazones abiertos sin capa ni foco. Como Juani, ese ídolo de El Palo al que el otro día le dedicaron una plaza en su barrio, en cuyas playas se dejó la vida hace ahora casi cuarenta años en el rescate de una niña que se ahogaba. Y el que se ahogó fue él. Y El Palo no lo olvida, aunque muchos hayamos conocido su historia ahora, entre los temblores de Merkel y el menudeo de ministerios en La Moncloa o el asiento caliente para políticos en paro en empresas municipales y consejos de administración de televisiones públicas. Y, en fin, eso, la vida misma. Con su gente imprescindible, que lo mismo coge del brazo al desvalido o al ciego en el semáforo donde un jovenzuelo tiene prisa con el muñeco intermitente, que regala una sonrisa en la cuarta planta del Materno. Nosotros, los mismos que odiamos de manera formidable en las redes y al mismo tiempo nos quedamos con el rezagado de la clase después del timbre. Las luces y sombras de nuestra condición, que lo mismo nos hace indignarnos con un penalti el domingo de Liga mientras aquí hay barrios marginales, a unos pocos kilómetros de casa, donde la vida es un infierno, que nos permite tender la mano a quien tiembla.

Bomberos de Marbella, Juani, o ese chico de AVOI que le gana algunas batallas a la tristeza; o ese voluntario que hidrata el dolor en la piel del enfermo de alzhéimer. Y es que para ser un héroe no hay que lucirse mucho ni darse al postureo con el dedito estéril en el Twitter. Basta con dejar cada día algo de ti por los demás. Y hay muchos que así lo hacen. Aunque sin tanto ruido.