Balcones con vistas al Supremo por 400 euros al día

Vídeo: Los 'efectos secundarios' del juicio del procés en el barrio. / Virginia Carrasco

Algunos vecinos subastaron sus ventanas pero los comerciantes próximos al Supremo estiman poco impacto en sus ventas habituales

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Las mejores vistas al Supremo están en la calle del General Castaños. A las fincas con los números 7 y 9 llegaron los telediarios para improvisar una subasta por el telefonillo. La oferta partió en 300 euros, según una fuente de uno de los edificios. Los vecinos del 7 rechazaron la propuesta. «Yo no alquilo, no», respondió ofendido un hombre elegante que salía a caminar ayudado por su bastón.

En el portal de al lado sí mostraron interés. Así que comenzó la puja. El primero en alzar la mano, dicen los vecinos, fue La Sexta por 400 euros el día. Otros dos lograron ese medio metro cuadrado para su trípode: RTVE y un canal británico, aseguraban. El lunes, tres cámaras y ayer, una sola en la segunda planta. «A los demás vecinos les molesta que estén subiendo y bajando por las escaleras», dijo uno. «Había más gente cuando vinieron los Jordis. Ahora estamos cansados de todo esto. Por aquí sólo se habla de lo que costará el juicio».

Estos tres propietarios de los balcones fueron los únicos comerciantes de la zona claramente beneficiados por el juicio del procés. El bar más conocido de los habituales al tribunal se llama, como no podía ser de otra forma, El Supremo. Allí las ventas no aumentaron significativamente, asegura el encargado. El bar está en una calle, la del Marqués de la Ensenada, bloqueada por las barreras policiales. A su lado, la librería Lex Nova. Su mesa de novedades se alzaba en la acera vacía. «Han cortado los dos accesos y no circulan los clientes», advertía Ester Vallejo, la librera. «Los comercios pequeños lo notamos mucho. Lo podemos asumir un día o dos, pero esto va para largo».

Virginia Carrasco

Poco amarillo

Los miembros de la plataforma Silenci se detuvieron frente a un policía que custodiaba un acceso. Querían pasar para hablar con la «secretaria de Llarena». Eran cuatro y venían de Tarragona, donde cada día realizaban una «acción para que jueces y fiscales de rebelen», contó Luis Pastrana, su líder. Sus bufandas amarillas y los carteles enrollados en sus manos eran la única pincelada de color que había por los predios del Supremo.

El grupo instaló su «acto de silencio estricto» en el Paseo de Recoletos. «No ha venido más gente de Cataluña porque trabajamos pero supongo que el 16 de marzo sí se moverán», afirmó Paqui Fernández, una de las únicas activistas pro-independencia catalana que persistían en las inmediaciones del Tribunal Supremo. En la estrecha calle una furgoneta de reparto tuvo que esquivarlos. Por la ventanilla se oyó el reclamo: «...cojones...». «Estamos acostumbrados», se encogió de hombros Paqui.

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Los 'efectos secundarios' del juicio del procés

Más allá, en sentido contrario al de los pasos de los miembros de Silenci, las puertas del bar Genium, frente a la plaza de las Salesas, se abrían y cerraban sin parar. Allí sí aumentaron los clientes. Sobre todo policías y parte de los 200 periodistas -de los 600 acreditados- que pasaron por la sede del tribunal, según cálculos veloces en la puerta. «Abrimos a las 6:30.h y desde primera hora había multitud de gente, un continuo todo el día», afirmó Gema, la encargada. «Sabíamos que habría más clientes por la televisión, y nos preparamos con más género». Lo más pedido fue el pincho de tortilla y el café para llevar. «Un poco más de clientes», coincidieron en el Época, también cercado estos dos días.

La onda expansiva, sin embargo, no llegó unos metros más allá, hasta el Dávila. «Los habituales», dijo Janeth, que tiene ocho años al frente del bar. Las mesas estaban ocupadas por obreros de la zona, algunos con los trajes llenos de polvo y pintura. Bebían su café con churros, bromeaban, veían la televisión pero no hablaban de política.

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