Götze entierra fantasmas

Los alemanes celebran el gol de Götze. /
Los alemanes celebran el gol de Götze.

Tras múltiples varapalos, la genial Alemania consigue su cuarta estrella y rompe el maleficio europeo en América

JUANMA MALLOBilbao

Y apareció Götze. Y rompió el maleficio de Alemania, de una generación inmensa, tremenda, que se quedaba a las puertas de los títulos. Siempre a la sombra, penando contra España e Italia. Hasta este domingo. Hasta que surgió el rubio del Bayern de Múnich, el equipo que domina a la nueva campeona del mundo. Hasta el minuto 112, cuatro antes de que Andrés Iniesta coronase a España hace cuatro años. Consigue su cuarta estrella Alemania, por fin, después de más de dos décadas, desde que tumbó a Argentina en Italia90, entonces con una diana de Brehme de penalti en el minuto 85. La calidad de este grupo de futbolistas, en el que falta Marco Reus, ha obtenido ese premio que tanto se le ha resistido. Prometió Joachim Löw que haría una formación ganadora cuando perdió contra España en Sudáfrica... Y ha cumplido en el mejor escenario, en Maracaná. Palabra de caballero teutón. Y, de paso, destroza el oscuro pozo en el que se habían convertido las Copas del Mundo en América para los escuadras europeas. Se acabó otra leyenda: ninguna escuadra del Viejo Continente había alzado la Copa Jules Rimet en el otro lado del mundo. Hasta este domingo.

Tras el tremendo sopapo, que aún resuena, arreado a Brasil el pasado martes, Alemania partía como favorita. Por juego. Por futbolistas. Por contundencia. Por ese tiki-taken -la originalidad ha pasado a mejor vida- mostrado en algunos partidos de este Mundial; no en todos, porque parecía que, después de protagonizar una soberbia tunda contra los anfitriones, el cuadro de Joachim Löw había bordado el fútbol durante todo el campeonato. Pero no. Sufrió, por ejemplo, para tumbar a Argelia en octavos de final. Como este domingo. Padeció para romper esa barrera tejida por los albicelestes, por ese muro construido por una escuadra liderada atrás por un soberbio Mascherano, que quizá tenía que haber acabado expulsado. No entraba en acción Müller; tampoco Kroos... Los teutones lo notaban. En exceso. También -y sobre todo- por la ausencia de un Khedira lesionado en el calentamiento, sustituido por Kramer que también, fruto de un golpe en la cabeza, abandonó el campo aturdido, mareado. Entró Schürrle.

No carburó esa maquinaria. Doliente. Sin inspiración. Y apurada, porque la albiceleste, a base de velocidad -también por una nefasta cesión atrás de Kroos-, merodeó el área de Neuer en la primera mitad. La tuvo Higuaín. Pero su disparo se marchó fuera. La ausencia del centrocampista del Madrid pesaba. El juego de la Mannschaft no era ese reloj fabricado por sus vecinos suizos. Para nada. Ni la apisonadora que trituró a la Canarinha. Klose, muy solo en punta. Sin balones. Sin entradas por la banda, sólo algunos arreones por la derecha de Lahm... Casi rompe la muralla argentina Höwedes, de cabeza, por alto. El palo, no obstante, en el último instante de la primera mitad, evitó que Alemania se fuera por delante al descanso.

Empate. Había que seguir para romper esa maldición que parece agarrotar a los teutones en los grandes encuentros: perdida la final contra España en la Eurocopa de 2008, la semifinal frente La Roja, en el Mundial de 2010, y en el mismo tramo, ante Italia, en el torneo continental de 2012 y en su torneo internacional de 2006. Era el momento de destrozar el gafe, de enterrarlo. Contra otra selección latina. Pero no lo consiguió tampoco en la segunda mitad. La volvió a tener Höwedes en el último suspiro. Pero no era su día. El central se hizo un lío en el área y perdió la pelota. Tocaba la prórroga. Otra más en Brasil.

Sin vías en la trinchera

30 minutos para encontrar una vía en la trinchera ideada por un Sabella que abandona el cargo. No había un hueco, con Mascherano en plan jefazo -lo de jefecito se quedó este domingo corto-, acompañado por Biglia, entre otros. Argentina, a la expectativa. Encomendada a ese Messi que no se había guardado nada en la chistera. Corría el tiempo hacia los penaltis. Otra tanda. Pero no. No sucedió. Surgió Götze. Para tumbar a Argentina, como en Italia hace 24 años, para anotar una diana que concede un Mundial, que destroza el maleficio de una Alemania que no ganaba un gran título desde la Eurocopa de 1996 en Inglaterra. E iguala a Italia, con cuatro estrellas, a una de los anfitriones, de una Brasil que llora, que vio cómo no era Thiago Silva al que alzaba el título. Ese papel estaba reservado este domingo para Lahm. Gracias a Götze: el enterrador de fantasmas.

 

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