BLANCA Y RADIANTE VA LA NOVIA

Francisco Moyano
FRANCISCO MOYANO

POCOS asuntos resultan tan mediáticos como las bodas que tienen como protagonistas a famosos de la realeza, del cine o de la televisión. Desde que en 1961 el cantante chileno Antonio Prieto convirtiese en universal una canción compuesta por su hermano Joaquín, con el título de 'la Novia', la imagen más difundida es la de la novia 'blanca y radiante', seguida de un 'novio amante'. En aquella España en la que Antonio Prieto triunfó rotundamente el recorrido era hacia el altar, al encuentro con el sacerdote, intermediario entre las instancias humana y divina, de manera que lo que 'Dios une' no puede separarlo el hombre. Presuntamente. Entonces como ahora, es la base sacramental del matrimonio canónico. Pero desde hace muchos años, en un país sin credo religioso oficial, lo eclesiástico y lo civil conviven muy bien avenidos. Es un hecho que se trata de un momento ceremonial al tiempo que legal, en el que todos los contrayentes son los «famosos» de su enlace, aunque no sin la limitación de no poder comerciar con exclusivas de ningún tipo. En torno a las bodas, tradicionalmente se ha movido un sector comercial extraordinariamente próspero. Parece que, cada vez más, en cualquier boda que se precie aumenta el número de detalles que comienzan a ser imprescindibles. Lejos de tender a acortar los acontecimientos, sucede todo lo contrario. Se lleva la degustación gastronómica de la 'pre boda' y tras la cena otra cita culinaria en la 'recena', tras un prudencial espacio para la barra libre. Junto al fotógrafo tradicional y el vídeo, unos cuantos barridos cenitales con un dron cuando la celebración es al aire libre. También es frecuente la contratación de un 'fotomatón' y un 'videomatón'; los resultados una serie de fotos, ataviados con más o menos extravagancia, que sirven de recuerdo del enlace y cúmulo de saludos de los invitados. Multitud de pequeños recuerdos de la fiesta complementan el acontecimiento festivo. Todo enfocado para conseguir un acontecimiento único e inolvidable, lo que está muy bien a pesar de un detalle que no es menor: en una boda todo cuesta mucho, monetariamente hablando. Menos mal que son pocas veces en la vida. Los ayuntamientos hace tiempo que se percataron de que convertir los municipios en destinos nupciales, puede resultar algo muy rentable, empezando por las despedidas de solteras y solteros, fase previa, desmadrada en los últimos años y que ha obligado a que los poderes públicos hayan tenido que intervenir para evitar vacíos legales. Hace años que en Marbella la Delegación de Turismo abrió una 'oficina de bodas' que, dada la tendencia a denominar a todo en inglés, se llamó 'wedding office'. Parece que el destino Marbella está en auge y el movimiento económico es importante. Vienen contrayentes desde las Islas Británicas y los países nórdicos, sobre todo. Son clientes con un respetable poder adquisitivo y son buena fuente de ingresos para los grandes hoteles donde transcurren las celebraciones. Para la población doméstica de la ciudad, el servicio de Protocolo y Relaciones Públicas del Ayuntamiento (un departamento de extrema amabilidad en su atención al público), se encarga de la tramitación y organización, siendo una de las joyas de nuestro patrimonio histórico el lugar de las ceremonias: el Centro Cultural Cortijo Miraflores. Ya hubo en la primavera de 1995, en la época de gobierno del GIL, un intento por atraer a Marbella el turismo nupcial. El auditorio del Parque de la Constitución acogió una boda colectiva de seis parejas que fueron unidas por el regidor de entonces Jesús Gregorio Gil y Gil, el mismo que en las últimas semanas vemos en buena parte de los expositores publicitarios de la ciudad bajo la denominación de 'el pionero'. Hubo una asistencia multitudinaria, en torno a un millar de personas que además disfrutaron de un cóctel, ofrecido por el ayuntamiento, cuyo coste nunca se hizo público. Fueron utilizadas seis limusinas y calesas con la escolta del batallón a caballo de la Policía Local. Como banda sonora musical se contó con el compositor y pianista Felipe Campuzano, la soprano Kimera, el tenor Toni Dalli y la Banda Municipal de Música. Sin duda, aquella puesta en escena, con profusos adornos florales en el auditorio, tuvo repercusión en todos los medios del país y representó una publicidad innegable, aunque nunca nadie aclaró si el coste compensó. No hubo ningún enlace entre personas del mismo sexo. Signo de los tiempos en que un reconocimiento de ese derecho era algo todavía impensable.