In memoriam: «Dios, ¿sabes una cosa?: te quiero»

In memoriam: «Dios, ¿sabes una cosa?: te quiero»
Pedro Luis Gómez
PEDRO LUIS GÓMEZ

La vida es muy corta, siempre, pero en este caso lo ha sido en exceso. A los 51 años de edad, en plena madurez, en pleno proceso creativo, en plena evolución como persona y como profesional, ha muerto Fernando González Aranda, Fefe para todos, editor gráfico y fotógrafo de SUR y profesor de la Facultad de Comunicación de Málaga.

Un maldito cáncer asomó hace apenas unos meses en la vida de Fefe, y esa terrible enfermedad, a la que siempre, antes de padecerla, combatió como colaborador entusiasta de asociaciones que luchan contra ella, se lo llevó este lunes por la mañana de la forma más traicionera que puede hacerlo: sin dejarle siquiera tiempo para despedirse de la gente, que es lo que él pedía: «Yo por mí no tengo problemas, Pedro. Para nada. Mala suerte. No quiero que me pase nada, pero… Yo lo siento por mis hijos (dos) y por mis padres, por mi familia, y porque no me puedo hacer a la idea de que no pueda despedirme de la gente a la que quiero».

Porque Fefe era de utilizar el verbo querer, pero además lo conjugaba con la sinceridad de quien sentía lo que decía. Cuando Fernandito (como lo llamábamos los que lo vimos crecer) decía «te quiero» es que le salía del alma, sin lugar a las dudas, y además utilizaba el presente a cosa hecha, para que no hubiera lugar a las dudas.

No era mérito que fuera cariñoso. Fernandito, Fefe, lo mamó desde la cuna. Su padre, Fernando González Pérez, uno de los hombres más trabajadores y más buenos que ha dado la vida, un grandioso fotógrafo al que sólo los tiempos impidieron que tuviese fama internacional, le inculcó esa virtud desde los primeros días de su existencia, al igual que su madre, Rafi, una de esas mujeres que han hecho grande a esta tierra de la forma más anónima y más ingrata que hay en el mundo, cubriendo las espaldas y cuidando a su familia desde los duros tiempos más difíciles hasta llegar a los más agradables. Allí, en el corazón de la Málaga de calle Mármoles, en la calle Diego de Vergara, se crió la familia González Aranda, con Rafi al frente de Fefe y de Sonia, mientras Fernandito padre se multiplicaba en unos horarios laborales sin fin entre la fotografía y el fotograbado de SUR, porque había que arrimar el hombro, porque había que sacar adelante a los zagales, y para nada quería, por nada del mundo, que padecieran las carencias que él, por los tiempos que le tocó en 'suerte' pasar su infancia, había vivido, en una Málaga de muchas carencias en los años 40 y 50.

Fernando González Aranda nació en 1967. Se crió en torno a tres letras, las de SUR, por lo que su vida laboral no podía tener otro horizonte posible. De la mano de Fernando padre y de Salvador Salas, otro grande, comenzó a aprender a ser fotógrafo, y a fe que los dos maestros hicieron un trabajo excepcional, porque Fefe se convirtió, desde muy pronto, en un gran profesional de la fotografía. Además, su bonhomía, su educación, su saber estar… Era el hijo y el yerno que toda madre quisiera tener… Comenzó a trabajar muy pronto, con su padre como gran mentor. Curioso, los genes y la historia tienen esas cosas, González y Salas dejaron en herencia profesional sus hijos como grandes fotógrafos.

Otra de las cosas que más me gustaban y me hacían sentirme orgulloso de aquel niño que vi crecer feliz y sano, robusto y fuerte, es que siempre quería aprender. Cuanto más mejor. No tenía fin. En 1988 entró fijo en SUR. Se lo ganó a pulso. Era ya 'fotógrafo de SUR', su periódico, pero no paraban ahí sus ambiciones personales. Cuando se inauguró la Facultad de Ciencias de la Comunicación, allá en Martiricos, Fefe decidió recuperar el tiempo perdido en sus estudios por culpa de la máquina de fotografiar y se presentó a la pruebas de acceso a la Universidad a pesar de que ya era «talludito», como le decía a Antonio Garrido Moraga (otro grande), que fue uno de sus grandes mentores universitarios, y entró por méritos, y por méritos sacó la carrera con notas excelentes, porque el Periodismo, para él, no podía tener el más mínimo secreto.

Él quería ser periodista, con título, pero sin renunciar nunca a su faceta de fotógrafo de Prensa, rama de esta profesión dignificada por gente como él, y seguir aprendiendo, siempre, por lo que tras acabar la carrera entró como profesor asociado de la facultad malagueña y posteriormente hizo el doctorado. Recuerdo su satisfacción «porque mi padre va a ver cómo me nombran doctor», su padre, su faro y su guía, siempre presente en su vida.

Todo sonreía en la vida de Fernando. En la de su familia. Sus niños eran ya grandes, y él disfrutaba con la existencia de sus padres, cosa que se valora de verdad cuando te faltan. «Todo iba demasiado bien», me comentó el día que me anunció que las pruebas de cáncer habían sido positivas. Su único mal rato, de verdad, el miedo al disgusto de los suyos, de sus hijos, de sus padres, de su familia. Curiosa reacción ante la aparición de una tremenda y traicionera enfermedad que por la mañana, apenas unas horas después de haber retuiteado la portada de 'su' SUR y de haberla compartido en Facebook, le sorprendió en su casa y se lo llevó. Era la única forma de que la propia muerte no sintiera vergüenza y asco de lo que hacía, segarle la vida a una gran persona, joven, en plena flor de la vida: no podía llegar de otra manera para arrebatarle la vida a Fefe: a escondidas, por detrás, sin avisar, cobardemente.

Hoy toda la familia de SUR llora la muerte de Fernando González Aranda. Fefe para todos. Ya no habrá cena de Navidad para que pueda comentar ante el jolgorio general las frases más extrañas del mundo que suelen producirse en las reuniones de la primera página del periódico, que él siempre apuntaba simple y llanamente para poder reproducirlas en la reunión de los redactores para celebrar loas fiestas navideñas, que él disfrutaba como pocos. Extraña pasar ahora por la Redacción y ver su mesa vacía. Y su equipo fotográfico preparado. O su ordenador encendido metiendo las fotos del Anuario… ¡Ojú, Fefe, qué mal rato más grande!

Allí arriba, los históricos de la casa que lo vieron crecer como yo, seguro que se sorprenderán por su llegada tan temprana: «¿Pero qué haces aquí?», le habrá preguntado ya Bori padre. Y Frías, su amigo el 'viejo', le estará enseñando los huecos de los Horizontes Infinitos, allá donde el mar y el cielo se unen para fabricar las almas de los hombres buenos, que serán eternos. Mientras, aquí abajo, nos formularemos muchas preguntas, entre ellas por qué la vida, tan hermosa, tan bonita, es a la vez tan injusta y traicionera como para permitir que un padre cierre los ojos de su hijo…

En homenaje a Fefe, para siempre en nuestros corazones. Un abrazo a la familia González Aranda. No duden de que Dios lo tendrá cogido por el hombro, y él ya le habrá dicho «Dios, ¿sabes una cosa?: te quiero»…

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